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Mariana Pajón: La leyenda en bicicleta

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EN SUS MARCASCon una caricia anaranjada y guiños violetas, la tarde se despide del Valle de Aburrá. Abajo, las áridas curvas de la pista de bicicross de la Unidad Deportiva de Belén, en Medellín, se llenan de cascos y bicicletas infantiles que dan los primeros tumbos de la jornada. 

En la cima del primer descenso (el partidor), ella –porque no hay duda de que es ella ataviada con el traje de piloto- emprende la primera carrera del entrenamiento y a su paso corta el viento, delgada, veloz, suave, como el ala de un halcón acechando. Las ruedas rastrillan, el pedaleo constante se enfurece, el cabello recogido vuela fuera del casco, la figura de niña grande ondula, sube, baja, salta, levanta nubecillas de arena que pisotean, con segundos de distancia, una caravana de bicicletas retrasadas, desesperadas. Alcanza la meta. Y otra vez, al partidor.

La mirada de todos se pierde en su rapidez habitual: la de la mejor piloto que ha dado este escenario. Es Mariana Pajón, 20 años, hija de Claudia y Carlos Mario, hermana de Miguel y Daniel y, entre otras cosas, la actual campeona mundial de bicicross: una leyenda viva del deporte en Colombia. A ratos, se detiene frente a la tribuna y se ríe. “Salió mejor”, “¿Viste?”, “¡Horrible!” dice con la voz atrapada en la acústica del casco.

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Hoy estrenó bicicleta, una de 24 pulgadas, marco nuevo, hecha a medida. Lleva dos días en la ciudad y lo único que ha hecho es entrenar. Acaba de llegar de Oldsmar, Estados Unidos. Allí, compitió con otras que ya había vencido, que vencía por primera vez, que espera vencer en el futuro. Eran mujeres de todas las latitudes: rusas, francesas, holandesas, estadounidenses, chinas. Y se trajo su primer triunfo del año, otro más de la colección: el Campeonato Continental UCI Norteamericano de Bicicross.

La última vez que los contó –hace ya algunos años-, Mariana tenía más de 600 trofeos en su casa, recogidos en 32 países diferentes. Catorce son de títulos mundiales, nueve latinoamericanos y diez panamericanos. El que más le gusta es el del título mundial en Copenaghe 2011, que ganó con una lesión en el cuádriceps, a pesar de las advertencias de los médicos. Ahora, se prepara para los Juegos Olímpicos de Londres, sus primeras olimpiadas. La próxima semana parte de nuevo, en una ruta pre-olímpica que pasa por Noruega, Estados Unidos, Holanda, Francia y Colombia.

     - Me dijeron que no querés ganarte una, sino tres olimpiadas.
     - Bueno –se ríe- voy a participar en tres ciclos olímpicos. Puedo ganarme hasta cinco medallas. Una en Londres, dos en Río, y otras dos en Madrid. Esa es la idea. Vamos a ver.

Entrena siete u ocho horas diarias desde sus últimos años de estudio en el colegio Sagrado Corazón Montemayor. La mitad de su vida se la ha pasado viajando con una de sus bicicletas que ella misma arma y desarma, visitando pistas de todo el mundo. Por eso, no ha empezado a estudiar Medicina, como tanto quisiera, y pasa poco tiempo en Medellín, a lo sumo 15 días al mes, en los que se entrega enteramente a la bicicleta. “Es el estilo de vida que elegí. Y me gusta”, asevera.

Con el tiempo que le queda, Mariana hace lo cotidianamente mundano -come, duerme, juega con sus mascotas- y, sobre todo, ve películas, ya sea en un avión o en una sala de cine. ‘Winter’ fue la última película que vio, en el vuelo de regreso a Colombia. “Me encantó, muy linda” –con mirada de peluche, ríe-. No ve mucha televisión, no hay mucho tiempo para seguirle el hilo a un programa.

-       Pero ¿al menos veías Rocket Power?

-       Sí –a carcajadas- cuando era pequeña lo veía. Ahora, algunas series. ‘Dr. House’ me gusta mucho.

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En el resto del mundo, el bicicross ya no es bicicross. Se llama Supercross BMX y consiste en una versión más extrema de lo que conocemos por bicicross. Desde que se hizo deporte olímpico, en 2008, en el resto del mundo –Estados Unidos, Francia, Holanda, Australia- nació una oleada de clones de las pistas olímpicas para la formación de sus pilotos. En esos países, normalmente, un escenario de Supercross BMX consiste en una pista con un partidor de ocho metros de altura y un primer ascenso de trece.

Para ser la reina del bicicross y una prometedora aspirante al oro olímpico, Mariana emprendió una escalada a pedalazos desde el momento en que supo lo que era una bicicleta. “Eso fue charrísimo” recuerda Carlos Mario Pajón, su padre, administrador de empresas, la piel con los rasgos veteranos del deporte, sentado en el sillón de su casa.

Estaban en la finca de la familia, en La Ceja, Antioquia. En el tercer diciembre de su vida, la niña de la casa se obsesionó con la idea de aprender a montar. La sentaron en el sillín donde había aprendido su hermano, y su tía, y tantos otros de su familia. Cuando dominó el manubrio y los pedales, el papá sacó las ruedas auxiliares. Mariana siguió pedaleando como si eso fuera una cosa tan natural. Mientras Miguel, aprendía a patinar con el regalo que le había traído el niño Dios, la nena practicaba empedernida. De un momento a otro, desapareció. “¡Tatica! ¡¿Dónde estás, Tata?!” gritaba Carlos Mario. A unos pasos, en un lodazal hediondo, yacía Mariana, con todo y bicicleta, hecha una criatura de pantano. “Ese día me entré llorando –se ríe Mariana- pero aprendí a montar. Lo recuerdo demasiado”.

Desde entonces, niña y bicicleta no se separaron. Con el tiempo vendrían peores caídas: la primera asistida por un médico, en el partidor y se abrió la pierna. A los cinco años se fracturó la clavícula. En 2008, en China, cuando ganó uno de sus títulos mundiales, se lesionó la mano izquierda fraccionándosela en ocho partes. Le dijeron que no podría volver a montar. De nuevo, contra todo pronóstico, se recuperó. En 2011, en Londres, sufrió un hematoma en un riñón. Pero siguió. Y sigue.

“Yo me atrevo a decir que el caso de Mariana es único y excepcional. Es difícil que en Colombia volvamos a tener una Mariana Pajón. Tiene aptitudes y cualidades especiales para el deporte. Es una campeona de la vida de por sí: es disciplinada, entregada, ama el deporte. No cuestiona el plan de entrenamiento, siempre hay que darle más cuerda y quiere ser campeona”, describe Martín Posadas, gerente de la Comisión Antioqueña de Bicicross.

Mariana causaba conmoción desde los primeros días, lo hizo desde que ganó su primera competencia, el mismo día  que tuvo su primera bicicleta. Tenía cuatro años y, tímida –callada- como era, se inscribió a escondidas en un torneo continental cuya sede sería Medellín. Ese domingo, a la pista solo habían llegado varoncitos. Entonces, le dijeron que no podía participar. La familia insistió. Entonces, accedieron, y dijeron “sí”. En ese momento, su mamá emprendió otra carrera: ir a comprar una bicicleta para la niña. Y, en efecto, volvió con una bicicleta para niñas: toda rosada con motivos de la Barbie.

Y ganó. La bicicleta apenas estrenada, fue también la ganadora, la única niña le ganó a todos sus rivales. Mariana comenzó a ser noticia y la llamaban ‘la Barbie del bicicross’. No recuerda cómo celebró ese día. “Creo que me fui para mi casa”, dice. Los días del apodo pasaron, sin embargo, la bicicleta sigue ocupando un rincón de su casa al lado de otras piezas que conforman una especie de museo de todos sus méritos.

“Ese día supimos que lo del bicicross era en serio”, dice Claudia Londoño, su mamá, licenciada en educación preescolar; dueña de una mirada verde como una laguna, con la que custodia las prácticas de Mariana desde la tribuna, ultima detalles laborales, habla con otros padres que van a ver a sus hijos y a Mariana. “Ella nació en las pistas prácticamente” dice la madre, otrora practicante de voleibol y equitación, recordando los días de su segundo embarazo, cuando recorría pistas con su esposo acompañando a Miguel, que ya practicaba el deporte.

Al saber que el bicicross no sería un pasatiempo y que la niña decía en serio que quería ser campeona mundial y olímpica, los Pajón se empeñaron –se empeñan- en cumplir los deseos de Mariana. Hasta los diez u once años, todavía competía con hombres, a los que seguía venciendo metódicamente, pues solo podía enfrentarse con niñas fuera del país. “Yo creo que ese enfrentamiento con hombres ha ayudado a que Mariana se forme mejor”, asegura Miguel, su hermano, quien practicó el bicicross hasta los doce años al sufrir un accidente en la pista del que todavía no se ha recuperado totalmente. Ahora estudia Derecho en EAFIT y es el asesor jurídico de la carrera de su hermana.

Los primeros pasos internacionales de Mariana fueron subsidiados por su familia. Por esos días, el bicicross no recibía tanta atención como ahora; sin embargo la atención no es suficiente. Actualmente, un piloto de alto rendimiento debe hacer inversiones bastante grandes. De acuerdo con Martín Posadas, para ser un selección Colombia y ser convocado por el Comité Olímpico Colombiano (COC), el deportista debe salir a varios eventos en el exterior –Estados Unidos, generalmente-, mostrarse, lucirse, ganar o por lo menos clasificar en las finales de cada torneo. Todo eso, hasta los dieciocho años.

A esa edad, el aspirante, si se ha destacado en la categoría élite, será llamado por la Federación Colombiana de Ciclismo, la Comisión Nacional de Bicicross y el COC, para integrar la Selección Colombia. Hasta ese momento “un padre, mal calculado, ya ha invertido, mal calculado –insiste- unos 150 millones de pesos. Mal calculado”, dice Martín Posadas.

A sus 15 años, Mariana comenzó a ser categoría Junior y, en 2008, en el campeonato mundial de bicicross en China, a pesar de su lesión, venció a las de su categoría y a las que irían a los Olímpicos, certamen al que no pudo ir por su edad. Sin embargo, obtuvo el patrocinio de G4S, empresa inglesa de seguros a nivel mundial, que decidió apoyarla desde que la vieron en acción. Luego, RedBull se unió a la causa. Más adelante, vinieron el COC, Indeportes, y todos los que faltaban. “Ahora ya no hay que desajustar el mercado para que Mariana pueda hacer sus viajes. Tampoco sobra. Pero ya no hace falta”, dice Carlos Mario.

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Con todo. Con patrocinadores, con entrenador, con amigos, con su bicicleta, con sus padres. Con todo eso irá Mariana a Londres 2012.

-       Obviamente, quiero ganar. Hay muchas mujeres persiguiendo el mismo sueño que yo tengo. Un deportista debe pensar siempre en oro.

-       Y ¿Qué tan alcanzable está ese oro?

Preguntar si lo puede lograr lanza un rocío de tensión en el ambiente: en su casa, en la pista, en la oficina de Martín Posadas, en este cuartito donde ella sigue estirando. Los labios se fruncen. Todos responden, palabras más, palabras menos, lo mismo: que es muy posible y también muy difícil. Que no hablan mucho del tema, pero lo tienen presente. Que hay buena energía por parte de la gente, pero que no quieren ponerse la medalla sin haber competido.

-       Es simplemente vivir con eso. –responde Mariana, como lanzándose desde el partidor- Si no lo logro, no voy a atormentarme por eso. Seguiré intentándolo. De todos modos, hago lo que me gusta.

Entonces, su rutina sigue siendo la misma. Madrugadas, doble jornada de entrenamiento, viajes. Cantar en la casa, hacer chistes. Algunas películas, salidas esporádicas con amigos, cenas con los padres, sus hermanos, Martín –su perro-, Emilio –su gato-. Todo igual. Con cada tarde sobre Medellín, el sol se ahoga tras las montañas con una caricia anaranjada y guiños violetas. Las luces de neón se encienden sobre la pista. Y Mariana sigue brillando con cada vuelta.