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Paraíso de burbujas

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EN SUS MARCAS

En un mundo en el que el desasosiego es una constante –por la violencia, la algarabía o la monotonía–, el buceo debería ser medicina para calmar el espíritu.

Lo miró a los ojos. Él está seguro de que lo miró a los ojos y presiente que en ese momento fue testigo de una revelación mística. A 13 kilómetros de profundidad, en medio del océano y a una hora de la isla de Providencia, Miguel Roldán tuvo un encuentro inesperado con una tortuga marina. El diámetro de su caparazón era de unos 90 centímetros, sus movimientos eran pausados e hipnóticos, y sus aletas parecían alas que la transportaban en cámara lenta por ese cielo de agua. Pasó serena, volteó la cabeza y en una mirada intentó comunicarle a Miguel los misterios del universo. O al menos eso sintió él.

Era la tercera inmersión de ese buzo primíparo de 23 años que sabía que el mundo subacuático lo haría sentir como un astronauta, pero sin salir de la Tierra. Y así fue. Al alejarse de la superficie conoció un universo que nunca habría podido imaginar. “Cada detalle es impactante: como se ven los colores, como se oyen los sonidos, como se mueven las cosas –explica Miguel–. Fue sorprendente sentir que volaba en medio de ese montón de vida y que encajaba en ese espacio en el que todo fluye y siempre hay armonía”. Fue amor a primera vista, por eso asegura que ha sido la mejor inversión que ha hecho (un curso básico con certificado cuesta alrededor de 600.000 pesos).

El buceo es un deporte tan apasionante que para muchos es casi una adicción. Por eso, el instructor sanandresano Felipe Cabeza empieza sus clases con la siguiente frase: “Bucea ahora, trabaja después”. Hace 20 años él hace caso estricto a su lema. 

Primeros pasos

Parece fácil, pero en un principio no lo es. A 10 metros de la superficie y durante su primera experiencia en la profundidad del océano, María Isabel López levanta la mirada y es consciente de que el aire y el sol están allá arriba. Lejos. Claro, ella lleva oxígeno en su tanque, pero intuye que es poco y que cada inhalación es una amenaza, por eso se convence de que es necesario ahorrar y decide dejar de aspirar lo que le queda. Entonces llega el dolor de cabeza y esa urgencia por escapar del fondo. Pide ayuda a su instructor, regresa a su hábitat natural y toma una enorme bocanada de aire. Acostumbrarse a la idea de respirar a tanta distancia de la superficie, y por la boca, no es fácil para todos, hay que controlar la mente y el cuerpo.

Existen dos lugares para aprender a bucear: las aguas controladas –piscinas– y las aguas abiertas –océanos–, pero al final, cualquiera que aspire convertirse en buzo debe pasar por el mar y conocer las reglas básicas del deporte: despresurizar los oídos antes de que duelan, respirar siempre –de manera pausada y profunda–, lanzarse al agua con al menos dos personas más y mantener la calma frente a la fauna marina.

También es necesario conocer el equipo: traje seco, chaleco, aletas, careta, lastre –cinturón de peso– y tanque de oxígeno con cuatro mangueras; dos por las que circula el aire, una para inflar el chaleco y otra en la que se lleva el registro de la profundidad y del oxígeno que queda.

Al agua patos

Con estos conocimientos, el aspirante a buzo puede dar el primer salto en aguas abiertas –por lo general desde una lancha, sentado y de espaldas–. Cuando todo el grupo está en el agua, el chaleco se desinfla y el cuerpo empieza a sumergirse impulsado por el lastre. En ese descenso, el control de la presión es clave –tapándose la nariz y soplando–, pues, de no hacerlo, los pulmones pueden llenarse de burbujas de nitrógeno. Luego, se debe ubicar el cuerpo horizontalmente en un perfecto equilibrio. Es fundamental respirar con calma, de lo contrario se corre el riesgo de que el aire se introduzca en el flujo sanguíneo y obstruya la circulación.

Si todo lo anterior se hace bien, ya no queda sino disfrutar ese paraíso marítimo repleto de animales y plantas de todos los colores. En la profundidad, el nitrógeno dentro del tanque de oxígeno produce un efecto embriagante y eso, unido a un ambiente hipnótico, hace que los buzos no quieran volver a la tierra.

Quienes buscan recibir la certificación para bucear en aguas abiertas deben hacer cinco inmersiones similares a esta. Cuando ya se tiene el certificado hay que seguir buceando y así cumplir con los requisitos que se exigen para realizar cursos más avanzados, pensados para llegar más lejos; hacer rescates, bucear de noche, visitar barcos que naufragaron…la sorpresa que despierta el buceo es infinita, por eso el instructor Felipe Cabeza todavía espera el día en que el océano dejará de asombrarlo. Seguramente se quedará esperando.

¿Dónde aprender en Colombia?

San Andrés y Providencia
Felipe Diving Center
312 521 7503

Sitio Web


Gorgona
Centro de Buceo Asturias
57 2 24 15370

Sitio Web

Taganga
Poseidon Dive Center
314 889 2687

Sitio Web

Bogotá
Escuela de Buceo Cruz del Mar
(57-1) 290 2152

Sitio Web

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Los lugares más bacánikos en el mundo para bucear

ϖ    Islas Caimán.
ϖ    Isla turneffe o arrecife ligthouse en Belice.
ϖ    Hanauma Bay, Kelalakekua Bay, Kahaluu Beach, en Hawai.
ϖ    Parque Marino Oficial de Bonaire.
ϖ    Islas Biminis, Abacos, Eleuthera, Cat Island, San Salvador y Inagua en la Bahamas.
ϖ    Mar de Bismarck en las costas de Papua, Nueva Guinea.
ϖ    El archipiélago de las Islas Galápagos.
ϖ    Costa de Rangiroa, Tahití.
ϖ    Riviera Maya, México.
ϖ    Gran Barrera de Coral, Australia.
ϖ    Bikini Atoll, Islas Marshall

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