Nuevas coordenadas

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Sé que a finales del año pasado prometí una columna sobre los trasplantes de órganos. Empecé el año con promesas fallidas. No quiero ya escribir sobre el asunto.

Tal vez más adelante. Me referiré, más bien, a unos hechos recientes que me parecen fundamentales para entender lo que está sucediendo en la actualidad: el ataque de Wall Street en el 2008 y los movimientos de emancipación subsiguientes en el mundo entero.

El capitalismo globalizado especuló en las bolsas de valores, en el sector inmobiliario, en los préstamos hipotecarios, y desde los años ochenta quería atracar el erario, apoderarse de los dineros públicos, del dinero de los impuestos. Es lo que el profesor Chomsky llama del capitalismo salvaje al capitalismo depredador: no hay dinero para las madres cabeza de familia, para la educación pública, para la salud, pero sí hay dinero para las grandes corporaciones y los bancos. Una desfachatez. Y, en efecto, cometieron el atraco. Como muy bien dicen las pancartas en distintos continentes: sí hay dinero, pero sobran ladrones.

Lo que no calcularon los banqueros, los prestamistas y los agiotistas de este nuevo capitalismo depredador es que en un pequeño pueblito de Túnez un vendedor de frutas y de verduras, Mohamed Bouazizi, se iba a inmolar en señal de protesta. Ese sacrificio produjo la Revolución de los Jazmines y la caída del dictador Ben Alí. Luego, por contagio, los países cercanos empezaron a salir a la calle a protestar y nació entonces la Primavera Árabe, que tumbó a dictadores regalados a los intereses internacionales como Mubarak en Egipto y Gadafi en Libia. Este último terminó escondido entre las cañerías y asesinado por un muchacho recién llegado a la mayoría de edad. Y la cosa aún no se detiene: la junta militar egipcia, el presidente sirio y otros gobernantes de la zona continúan contra las cuerdas.

Enseguida, un antiguo sobreviviente de los campos de concentración alemanes, Stephane Hessel, generó en revuelo en la juventud mundial al preguntarles por qué no se indignaban con lo que estaba sucediendo. Este abuelo de más de noventa años publicó un panfleto, Indignaos, y la gente, que ya veía cómo se estaban cayendo las economías de Grecia y de Irlanda, y cómo tambaleaban las de Portugal, España e Italia, decidieron acudir al llamado de Hessel y salir a la calle a demostrar su indignación y su descontento. Durante este 2011 ha quedado claro que lo que usualmente veníamos llamando democracia no es así: es un simulacro de democracia. Los políticos de oficio no responden a los intereses populares, de los votantes, de la gente del común que creyó en sus promesas de campaña. No, tienen una agenda secreta y responden a los intereses de una clase dirigente que paga las campañas y que sostiene a esos mismos partidos políticos para que precisamente obedezcan a sus proyectos y a sus planes de expansión. Es una farsa política en la que la enorme mayoría de la sociedad es timada y luego robada y dejada en la calle.

Sin embargo, en el 2011 los jóvenes de muchos países salieron a las calles de distintas ciudades del mundo a demostrar su capacidad de lucha y de resistencia. Y ese gesto, sin duda, inaugura unas nuevas coordenadas. El mundo cambió para siempre, y no sé si nos hemos dado cuenta de ello.