Rodrigo D decide vivir

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Cuando Rodrigo D. se estrenó en las salas de cine colombianas en 1990, para escandalizar con su caudal de “malas” palabras y con sus imágenes de lugares nunca antes mostrados por el cine, yo tenía la misma edad del personaje, y una desazón parecida ante un futuro incierto y desolador. 

A.sí que yo hubiera podido ser ese joven que sube el ascensor hasta el piso veinte de un edificio en el centro de Medellín, para arrojarme al vacío. Pero quizá las “buenas” palabras de un amigo o la aparición inexplicable de un ángel benévolo, me salvaron de ese destino de sombras y silencio.

Hoy quiero imaginar que Rodrigo –ese corazón roto por la ausencia de su madre, ese joven sensible que durante 93 minutos busca tejer una red de afectos, conseguir una batería, armar una banda, gritar su rabia– también encontró su rescate de último minuto que le permitió vivir.

Ese Rodrigo –o tal vez sea yo, que he asumido su destino–, impresionado por la inmensidad de la nada, retrocede sus pasos, desanda el ascensor, enfrenta las hostiles calles del centro de Medellín y sube extrañamente fortalecido la cuesta que lo conduce de regreso a su barrio. Nada ha cambiado: las esquinas de siempre, el rumor de las muertes cercanas, el odio en las miradas.

Una vez en su casa, en un intervalo de soledad que le deja el permanente asedio de su padre y sus hermanos, Rodrigo desenfunda la vieja fotografía de su madre, la mira intensamente, la acaricia y llora. Acepta que ella ya no está más y que debe cargar esa pérdida para siempre. Pero también entiende que muerta es más suya que nunca, que está completa, que por lo menos ella ya nunca lo traicionará, que no dirá una palabra de más ni hará un gesto que sobre. Esa noche, por fin, después de largos meses, le llega un sueño dulce y tranquilo. Pero con el amanecer vienen las urgencias de siempre: en qué invertir las largas horas del día, cómo lidiar con el desprecio de los demás, en dónde poner  su interés.  

Entonces Rodrigo decide caminar. Sin plata para hacer un largo viaje, subirse a un avión, coger un bus, tomar un barco, aprovecha que tiene unos pies jóvenes y emprende largas derivas todos los días que lo llevan a barrios extraños, al mundo de los otros. Casi siempre lo miran con desdén o con miedo porque lo perciben como un “extranjero”, un sospechoso. Pero Rodrigo decide, además, no escupir cada que siente el aguijón del desprecio ajeno.

En sus recorridos sin destino fijo, a veces, muy pocas veces, Rodrigo encuentra gestos amables. Alguna mujer joven con la que tiene un sexo anónimo y consolador; o un grupo de muchachos que, sin razón aparente, lo integran a una conversación o le ofrecen una cerveza. Lenta y dolorosamente Rodrigo empieza a salir de sí mismo.

Meses después, quizá incluso años, en una cronología sin tiempo, Rodrigo se despierta una mañana  y el dolor por la muerte de su madre se ha silenciado en su cuerpo. Incluso, se ve con ánimos de nuevo y se siente con la voluntad para ser parte de algo. Pero en el barrio la muerte es una rutina. No hay trabajo, no hay futuro. La realidad es tan terca como Rodrigo.

Aún así, Rodrigo arma su banda, graba un demo, se presenta en cuatro o cinco eventos. Para ser sinceros, no pasa mucho con esta pandilla. Con el tiempo, de ella sólo quedan buenos recuerdos, unas cuantas fotos desenfocadas y un casete que ya no reproduce ningún equipo. Después vienen los trabajos y los días. Rodrigo hereda el negocio de su padre e invierte sus horas atendiéndolo. Una mujer del barrio le ofrece un sexo con nombre. Se enamora y empieza a pensar que tal vez la vida no es un desperdicio inútil de tiempo.

Con el sexo y el amor, viene un hijo. Rodrigo y su mujer no lo han planeado, simplemente sucede. Si en el barrio la muerte es una rutina, la vida también lo es. Navidades, cumpleaños, entierros y nacimientos se suceden sin tregua. Y hay cierta dulzura en no pensar en nada.

Pero de pronto, sin estar invitado, algún ángel malevo se pasea muy cerca de Rodrigo y proyecta una sombra siniestra. Y retorna por breves instantes la parálisis y el miedo. Lo rodea el fantasma de viejas ausencias, lo corroe la certeza de las pérdidas. Entonces Rodrigo le planta cara a ese enemigo, echa mano de su mejor par de zapatos y se entrega de nuevo a lo que le ofrece el camino.

La ciudad de su juventud ya no existe; el sexo es cada vez más escaso y los grupos de muchachos se han disuelto en mil puntos de fuga. Agotado, Rodrigo regresa a su casa, muy arriba, entrada la madrugada. Se sorprende de que la llave que carga en el bolsillo abra alguna puerta. Entra sin hacer ruido. Su mujer y su hijo duermen el sueño alterado de los que esperan. Rodrigo se quita la ropa y se acurruca al lado de ella. Se arropa en el calor de esta otra madre y duerme. Al otro día, la vida continuará indiferente. O tal vez el verdadero Rodrigo sí se arrojó al vacío desde un piso veinte de un edificio en el centro de Medellín y este que ve la luz de la mañana es apenas un fantasma. 

Nota: Pedro Adrián Zuluaga es docente de cine colombiano en la Universidad de los Andes y en la Universidad Javeriana. También es jurado y crítico de cine. @pedroazuluaga cierre