Ella, Marla

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El cuarto de Marla Singer es el último del largo pasillo de la casa pero desde la entrada se adivina que es el suyo por el olor a cigarrillo y la música alta. Las cobijas estan como hojas arrugadas en el piso y por la cortina a medio abrir entra una luz grisácea.

E.lla está en su habitación, sentada en una esquina de la cama con la frente estrellada contra las rodillas. Al otro lado estoy yo, en la misma posición. Tiene un camisón de satín roído y de color rosa pálido, casi igual a su piel tan pálida. Se para, de repente, y empieza a buscar en el armario qué ponerse mientras se chupa un cigarrillo. Es áspera en el trato y en el movimiento. Viste casi siempre de negro, como si se guardara luto a sí misma. Se pone color gris en los párpados; usa el pelo corto y revolcado como un nido de pájaros.

-       ¿Por qué te vistes así, Marla?

-       Porque el negro me va, es como yo; no necesito verme más delgada.

-       ¿A dónde vas?

-       Por ahí, a algún lado, no quiero estar aquí.

-       ¿Tienes una cita?

-       …

Yo prefiero quedarme en el cuarto, como siempre. Marla es la que sale, la que va a las citas, la que pone la cara. La prisa que llevan sus pasos es la calma con que yo camino. Ella habla lo que me guardo, camina por donde no me atrevo, besa a el que yo observo, hace lo que yo quisiera y escribe lo que yo no logro decir. Ella es mi anhelo.

***

Ella es una pobre chica que quiere mil cosas pero es demasiado pusilánime. Tiene sus mañas, se complica la vida.  No contesta al teléfono jamás, piensa que es desesperante, lo puede dejar sonar todo el día; dice que la interrumpe, así no esté haciendo nada. Incumple las citas sin dar aviso, es una cobarde. No pregunta nada en las tiendas y se puede quedar todo el día echada en la cama viendo películas que ya vio. Es nostálgica de cosas que no vivió. Ni qué decir cuando está cerca un chico que le gusta, desaparece. Para esas cosas estoy yo; no es que me diga: Marla habla por mí. No. Simplemente intervengo; me da pesar. Ni siquiera estoy segura si realmente sabe quién soy. A veces, cuando está pensativa, se queda viéndome con una mirada oscura como si supiera que somos la misma pero enseguida se horroriza y se pone a hacer otra cosa.

-       ¿Has pensado a veces en tu propia muerte?

-       Sí, a veces imagino que me atropella un carro, es terrible. Pero siempre pienso en cómo ejecutarla yo misma, en el método ¿Tú piensas en eso, Marla?

-       Yo creo que puedes morir en cualquier momento, la tragedia sería que no lo hicieras. No me preocupa cómo ocurra, no le temo a perder la vida.

-       A mí me afecta la idea de morir sin haber hecho un nombre, pasar como si nada, sólo cumplir con permanecer ¿Me entiendes?

-       Entiendo, pero a mí me da igual, el reconocimiento y eso de dejar obra me importa un pito. Eso implica trabajo y yo no quiero trabajar, yo sólo quiero…

-       No, yo tampoco, es decir, me parece triste pasar la vida en un cubículo, pero es hacer algo que disfrutes ¿No te gusta hacer algo? ¿No te interesa nada?

-       Fumar. Pero no puedo hacer nada con eso, es sólo un placer que se arruinaría si pudiera hacer dinero con eso. 

 

***     

Las conversaciones con Marla se daban siempre en la noche tardía. Me quitaban el sueño, eran la causa del insomnio; la dejaba de escuchar cuando conseguía dormirme, pero seguro ella seguía hablando. Me asombra lo que dice, su sincero desapego a la existencia. A veces se llena el estómago de píldoras, de licor o de humo pero no es porque quiera suicidarse es más bien una llamada de socorro, dice. Ella es mi tumor.

Últimamente, a Marla le ha dado por a hacer en las tardes rondas por toda clase de sociedades y grupos anónimos de Bogotá, entre más curioso mejor, es experta en encontrar rarezas en lo común, en lo ordinario, lo normal. Por ejemplo, los martes y jueves de 3:00 a 5:00 p.m. va un grupo de coleccionistas de ceniceros; los miércoles a las 7:00 p.m. va al club de los gritos, en el que cada persona pega un alarido diciendo lo que le venga en gana, lo graban en audio y luego hacen mezclas de música, dice que en su mayoría asisten oficinistas jóvenes. Los sábados en la mañana va a las reuniones de los paranóicos a que hablen mal a sus espaldas.

Tiene una costumbre que le da inmenso placer, le gusta buscar conversación con extraños, cualquiera, realmente cualquiera, si le cayó bien o lo encontró interesante se desparrama a contar cosas íntimas, a decir que se siente desdichada, que no tiene talento para ninguna cosa, que honestamente le duele más el sufrimiento de un animal que el de otra persona, que… Entonces el otro tambíen se suelta y avienta sus guardados que, casi siempre, la deslumbran. Jamás intercambia teléfonos o datos por más que quiera volver a charlar con cierta persona porque se volverían conocidos y las cosas serían sentimentales, prefiere el desahogo con un fulano o faulana que no vuelva a ver y no dañar la sensacion de plenitud que eso le dejaba con vergüenzas, reproches e incomodidades  posteriores.  

***

Recuerdo bien el día en que vi a Marla por primera vez. Tenía tristeza, sin motivo concreto, como a veces me pasaba, sentía el pecho hundido. Había caminado por el centro de la ciudad por largo rato así que me senté en un muro, estaba sola; yo siempre prefería estar sola aunque eso no impidiera que buscara y disfrutara inmensamente una conversación con un amigo. Ella se sentó a mi lado y me preguntó qué hacía; yo no quería hablar, así que le contesté con desgano que nada. Me pareció bella y misteriosa.

-       ¿No haces nada para ganarte la vida?, dijo.

-        Ah, sí. Soy periodista, trabajo en un diario.

-       ¿Te gusta?

-       A veces. ¿y tú qué haces?

-       Nada. Es decir, no tengo profesión ni trabajo fijo. He sido repartidora de comida, maquilladora, a veces pido ropa y luego la vendo; hago un trabajo hasta que me aburro y cambio, no es fácil, con tanto desempleo, pero siempre encuentro alguien que me da una mano. No deseo mucho dinero.

Me asombró su estilo de vida y su seguridad. No dijo más y se fue caminando rápidamente, pasó la avenida sin mirar los carros que venían, se ganó insultos espantosos pero ella siguió. Luego supe que la habían atropellado levemente varias veces. Nos empezamos a ver con frecuencia.

Salimos, conversamos, cuando no tiene trabajo se queda en mi casa y otras veces desaparece.  Nos gusta el tinto (el café y el vino), los rincones y los días de poca luz, no creemos en Dios, pero, en general, somos muy diferentes. A Marla no le gustan para nada las actividades culturales, no lee, le da mareo en los museos; tampoco le agrada la compañía de gente arrogante y pretenciosa, empieza a ser insolente e irónica. Detesta el campo, prefiere el ruido y ver el cielo con edificios, el tráfico grosero y la gente intransigente, prefiere Bogotá. Ella es un reclamo a mi mentira.

Me di cuenta de que somos la misma persona hace ocho meses por las confusiones de mucha gente y porque hacía cosas que no recordaba; fue aterrador, por unos días no la volví a ver y fueron días angustiantes, pero apareció de nuevo y me aferré. Cada vez más me fui dejando ser Marla. Ella piensa que no sé lo que pasa y no quiero decirle, creo que eso sería el fin. Actuo normalmente con ella, sólo que salgo menos, la espero para conversar en las noches, y veo únicamente a tres personas con las que sigo siendo yo, con las nuevas me presento como Marla. La gente se acomoda a los cambios del individuo, tengo conocidos que he visto comportarse diferente en casa, con su familia, que simplemente deciden jugar a ser otros. cierre

Nota: Diana Prada es periodista de la revista Bacánika.com.co.