Dulce venganza

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Mi nombre es Matilda, tengo 12 años.

L.a historia de mi vida puede ser difícil de entender y más cuando han matado a tu familia y no tienes a donde ir; empiezas a pensar que la vida seguirá siendo así, sin importar que seas un niño, no encuentras un motivo para levantarte cada mañana…no puedes disfrutar, como lo haría una niña de mi edad. Lo único que tienes claro es que ahora vives para encontrar el responsable de que en tu niñez parecieras tener 30 años, que a los 12 tu sangre hierva cuando tienes un arma en las manos y que encuentres en un hombre el amor y el apoyo que nunca tuviste. Empiezas a sentir deseo hacia él; y te preguntas cada vez que lo ves ¿Será amor o un simple capricho?

Hoy tengo 20 años, lo que soy ahora no tiene mucha importancia, pero todavía tengo vivo el recuerdo del principio de mi pesadilla, del momento en el que mi vida cambió para siempre.

Es la mañana del 20 de febrero del 2004, miro el reloj con los ojos entre abiertos, son las 7:00 a.m., mi hermano menor me hace levantar pegando brincos en la cama, no quiero despertar, pero se vuelve tan insistente que lentamente pongo mis pies en el piso frío. Sus abrazos me hacen volver a vivir mientras escucho a mi papá gritando desde la sala, - ¡Matilda!-. Recuerdo enseguida que tengo que ir por el desayuno de esa mañana, así que beso a mi hermanito en la frente y salgo de la habitación.

Me estrello con mi madrastra que revolotea por todo el apartamento con  su maquillaje en la mano y su perfume barato que entra por mi nariz y me deja aturdida. Paso a la sala por mi chaqueta y veo a mi hermana parada frente al televisor, siguiendo los movimientos de una extraña rutina de ejercicios con su licra y su banda fucsia sosteniendo su capul.

Mi hermano, que está detrás de mí me toma de la mano insistiendo que lo lleve conmigo, pero no tengo el permiso para hacerlo, así que tomo el control, lo siento en la sala y cambio el canal. Mi hermana llena de ira, arranca su banda fucsia de su cabeza y la veo corriendo en cámara lenta detrás de mí gritándome sin piedad. Intento protegerme de sus golpes encerrándome en el baño pero mi papá está adentro. Recibo varios puños de mi hermana en la cara pero no dejo de correr hasta salir del apartamento.

Me tropiezo con León, mi vecino, alto y acuerpado, con unas tirantas que le sostienen sus pantalones. Trato de no ponerme nerviosa, mientras que me mira esperando a que una palabra salga de mi boca. Me ofrezco a traerle dos litros de leche para verme amable e intentar coquetearle.

Llego a la tienda y caminó directamente a la nevera para buscar la leche. Tomo el cereal favorito de mi hermano, pan, y algunas barras energéticas para mi hermana. Pago, salgo y camino con afán hacia el apartamento. Llego a mi piso y al fondo del pasillo veo un hombre vestido de negro mirándome con odio parado frente a la puerta de mi apartamento que se encuentra abierta.

Los brazos me tiemblan y las bolsas se sienten cada vez más pesadas. Camino lento hacia el apartamento de León mientras miro de reojo y logro ver a mi papá tirado en el suelo y al fondo veo los cuerpos de mis dos hermanos sin vida.

Me paro frente a la puerta de León, mientras lloro desconsolada. Abre la puerta, y la luz que entra por su ventana me ciega, doy tres pasos y estoy adentro. Él cierra la puerta y yo corro botando las bolsas al suelo buscando un rincón para sentirme refugiada. León, no me mira, no me habla, no menciona ninguna palabra.

Ese día me di cuenta de que estaba completamente sola, me habían arrebatado a las personas que más quería, me comencé a refugiar en León, quien me enseñó todo lo que sabía a cambio de estar con él. Aún no sé si él me considera una simple hija, o me ve como algo más, yo aún sigo con él, mientras busco los culpables que me quitaron mi felicidad, mi familia. Desde ese día mi vida no descansa…

Nota: Luisa Fda Pardo Bernal es estudiante de cine y televisión de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. @luisapardo012 cierre