Buscando a Charlotte

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Charlotte: Es que no sé qué se supone que tengo que ser.
Bob: Ya lo sabrás. Mientras más claro tienes quién eres y qué quieres, menos dejas que las cosas te afecten.

Y.o también fui Charlotte, por pensar que buscar mi lugar en el mundo era estar en crisis. Pero lo que ella no sabe, y que no le diría para no quitarle la emoción de darse cuenta, es que está a punto de hacer un gran descubrimiento hacia la felicidad. O tal vez ya lo hizo, pero no lo ve: no quiere estar casada con un tipo que se echa cosas en el pelo. Algo tan simple, que le transmite en una llamada a su amiga que está tan desconectada al otro lado de la línea, es el resumen de su crisis. Charlotte, perdida en Tokio, se encuentra a través de otro perdido: Bob. Juntos, desencontrados, ausentes de sus vidas en Estados Unidos, llegan a un lugar para reflexionar qué es lo que verdaderamente los hace felices.

Charlotte, la que no llora ante la majestuosidad de los templos en Tokio pero se desdobla en el karaoke y amanece contemplando desde su cuarto de hotel-jaula de cristal- la imponencia de una ciudad lejana en su lejanía, se está encontrando con su alma. La ve por primera vez, posiblemente, gracias a un tipo mucho mayor que ella, pero que vive una experiencia de vacío. Los dos quieren escapar de sus vidas.

Charlotte vive la fantasía romántica más anti romántica del cine, pero es la fantasía más realizable a la vez.

Charlotte. Esa que camina llorando y riéndose luego del susurro de Bob, que la persiguió entre la multitud para decirle un secreto al oído.

No le cambiaría nada. Tal vez que en lugar de llorar, saltara de alegría porque lo que Bob le dijo es que aunque él se esté yendo en ese momento, ya nada los va a separar. Es el comienzo de su nueva vida y de una conexión para siempre.

Reitero, no le cambiaría nada. Charlotte es perfecta en su crisis. Pero me gusta imaginarme qué hace cuando vuelve a su entorno familiar y a su “zona de confort”. La veo divorciada del fotógrafo que no la involucra en su vida y dedicada a ser ella, esa que se encontró en Tokio, cantando karaoke, huyendo de conversaciones superfluas y yéndose a dormir con un extraño que le besó un pie. (Cuanto agradezco haber sido Charlotte.) cierre

Nota: Ana María Hanssen es periodista y coautora del libro Holocausto en el silencio.  @anahanssen