Bond, James Bond

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Si tuviera la oportunidad de ser un personaje cinematográfico, sin duda sería James Bond.

L.as razones son muchas, y empezaré por decir que, a diferencia de gañanes como Rambo, John McClane (el de Duro de matar) y Martin Riggs (el de Arma mortal), Bond es un tipo elegante y pulcro, nada más atractivo para mí que tirarme en paracaídas sobre el Cañón del Chicamocha, pilotear un Supertucano rumbo a las Islas del Rosario, manejar una Kawasaki de alto cilindraje por la avenida Caracas o pelear encima de un vagón de tren enfundado en un esmoquin o un frac, para luego entrar como si nada en un cóctel, una exposición de arte o una fiesta de la alta sociedad.

Otra cosa que me gusta de James Bond es que, a diferencia de esos héroes solitarios o monógamos, en cada película está con una mamacita distinta, dedicado a los placeres más sibaritas. Así me sueño yo, tomando daiquirís en el Decamerón de Providencia con una morena; en una suite inmensa del Hotel Tequendama, con champaña en la hielera, dedicado a las artes amatorias con una rusa platinada; o en un paraje silvestre del Tolima recibiendo un masaje shiatsu de una sensual asiática.

Sin duda, una razón fuerte es mi gusto por la tecnología. Por eso me encantaría encarnar al 007. Llegado el caso, podría enfrentarme a puños y patadas con quien fuera, pero ¿para qué hacerse las cosas más difíciles cuando hay lápices que emiten rayos láser, paraguas que tiran dardos envenenados, mancornas que explotan al ser arrojadas contra el enemigo? De igual manera me gusta la amplia gama de vehículos que tendría a mi disposición: tricimotos y cuatrimotos, lanchas, aviones y helicópteros de todo tipo, globos aerostáticos y hasta naves espaciales. Que se queden todos los paladines pedestres andando a pata o por ahí en cualquier carrito pecueco, yo, por ser James Bond, tendría todo el repertorio de transporte a mis pies, incluidos, por qué no, un Transmilenio o un bus alimentador.

Me gusta de James Bond que no se anda con misioncitas pendejas: él, en más de una ocasión, ha salvado al planeta Tierra de su destrucción. Así, cuando las Farc se apoderen de un arma biológica que podría convertir a la humanidad en chigüiros, cuando los Urabeños se hagan con un arma nuclear capaz de destruir el hemisferio occidental, cuando las Águilas Negras desarrollen un virus informático que nos devuelva al Medioevo, ahí entraré yo en acción. A mí que no me llamen para cosas triviales como un magnicidio presidencial o una toma de rehenes en el Chinauta Resort, eso se lo dejaría a personajes medianeros, de esos que se embarran, se causan cicatrices lombrosianas en el rostro y son incapaces de catar vinos o disfrutar el caviar beluga, como yo.

Da la impresión, por el comienzo y el final de sus películas, que cuando James Bond no anda en alguna misión está de vacaciones. Yo sería un buen James Bond, pues no tengo problema alguno al estar desocupado. En perder el tiempo soy cinturón negro. Casi que sería el 007 por llegar al anhelado reposo del guerrero, el momento en que, con el deber cumplido, deponga las armas y me entregue de lleno a la molicie. En eso sería mejor que el James Bond original, el único problema sería que me daría infinita pereza regresar a mis labores de agente secreto, herencia quizá de unos ancestros costeños del lado paterno que eran bastante proclives a la hamaca y a quedarse por las tardes jugando dominó y mamando ron.

Y, last but not least, la Cumbre de las Américas probó que el servicio secreto se entrega a las hetairas, odaliscas y cortesanas con suma frecuencia y no poca discreción. Yo, por ser del mismo oficio, haría lo propio, pues al fin y al cabo por solitario que fuera no dejaría de pertenecer a dicho gremio. Cumpliría con todos esos ritos, observaría las normas tácitas del oficio con mucho rigor, por supuesto, pero a diferencia de mis colegas trataría de no ser tan bobo y dejarme pillar por pinches $800 dólares, pues a través de sus películas es evidente que James Bond tiene muy buen presupuesto para viáticos. cierre

Nota: Antonio García es autor de Su casa es mi casa y de Recursos Humanos, entre otros libros. @erizodemar