Revolución del Silencio
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La sigefobia, o miedo al silencio, es uno de los trastornos mentales más comunes en la actualidad...
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2. Basta con callarse un rato. El esfuerzo por no hablar acarrea la misma simple regla que la de bajar de peso o dejarse crecer el pelo: no hacer.
3. En realidad, guardar silencio no tiene nada de extraño y a medida que una persona pasa las horas de un día sin hablar, cada palabra que no dice se convierte en algo terrible y asombroso, una posible irrupción telúrica en el flujo del universo. 4. En el silencio crecen los sonidos exteriores, como lo comprueban las toses en los conciertos, las risas en los velorios o el crujido de las papas fritas en los salones de clase. Cuando es uno quien calla, el mundo llega por todos lados con su sinfónica de instrumentos inagotables y cotidianos. 5. Se enriquecen las voces de los demás. No está uno intentando adivinar lo que el otro va a decir para dejar de escucharlo y preparar una respuesta. Todas las palabras que uno tiene son las que dicen los demás. El cuidado de esas palabras es un arte exquisito y rápidamente revela que las personas nos dicen mucho, pero mucho más, de lo que ellas mismas se dan cuenta.
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6. Al principio, una persona silenciosa es incómoda para los otros (les incomoda igual que les incomoda un sordo, un loco, un tonto o un mutilado) pero esa incomodidad es necesaria para que despierten, miren a quien tienen al frente y se esfuercen por comprenderlo. 7. La experiencia del silencio comprueba que la mayoría de las cosas que decimos a diario podrían ser remplazadas por miradas (y nos iría mucho mejor). 8. Una persona que ha pasado un día en silencio puede darse cuenta con facilidad de la relación profunda que hay entre el tiempo y el silencio. Sólo lo que permanece en el silencio escapa al tiempo.
10. Al hablar asegúrate de que tus palabras digan más que tu silencio. Nota: Santiago Cepeda es autor de Revelado, Arder no ha sido luz y Deshojando.
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