Pequeñas Revoluciones

Escrito por 
  • Ilustración: Karen Sofía Barrera

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El Mundo se va a acabar. Esta es una frase que se oye una y otra vez en este 2012 de tintes apocalípticos. Y el tema ambiental está casi siempre en el centro de las preocupaciones. 

Cambio climático, niveles de consumo por encima de las posibilidades del planeta de regularse, destrucción de la Amazonía, cientos de especies en peligro de extinción.

¿Qué hacer?

Es evidente que muy poco o nada puede hacer una persona de la calle ante estos problemas globales que se deciden en las cumbres de gobernantes o, lo que es peor, en las salas de juntas de empresas petroleras, mineras, fabricantes de pesticidas...que obtienen ganancias multimillonarias a costa del maltrato y abuso de un planeta enfermo. Si acaso el ciudadano común y corriente puede firmar peticiones por Internet para detener una carretera en las selvas de Bolivia o la caza de ballenas, participar en marchas, pero poco más que eso.

En cambio, si se pasa de la escala global a la local sí es mucho lo que se puede hacer. No en vano el gran lema de los ambientalistas es “piensa global, actúa local”. Cientos de miles de pequeñas revoluciones a favor del ambiente se llevan a cabo de manera silenciosa en comunidades que emprenden proyectos concretos, en temas tan diversos como recuperar una cuenca hidrográfica, declarar una zona determinada como reserva forestal, establecer vedas para aprovechar de manera sostenible peces y animales o emprender proyectos de seguridad alimentaria, como huertas caseras.

Un campo que comienza a tomar fuerza en todo el mundo y que se ha constituido en una verdadera evolución es el ecoturismo o turismo de aventura, en particular aquel que organizan las propias comunidades, lo que los ha llevado, por un lado, a apreciar y valorar su entorno natural y, como resultado de su cuidado o restauración, transformarlo en una fuente de ingresos que los beneficia a ellos así como a la biodiversidad. Muchos de estos viajeros son biólogos o amantes de la naturaleza que buscan lugares en buen estado de conservación, ya sea para observar aves, mariposas, orquídeas… 

 

 Es mucho lo que se puede hacer por mejorar el entorno inmediato. Pero no sólo en el campo. También en la ciudad. Por un lado, se pueden realizar prácticas amigables con el ambiente muchas veces propuestas, pero que no sobra repetir. Separar las basuras, reciclar, utilizar bombillos de bajo consumo, reutilizar el agua ya utilizada en duchas y lavamanos para descargar inodoros o regar el jardín, usar la bicicleta o caminar en vez de desplazarse en carro. Con una inversión mayor, y luego de que un experto lo evalúe, puede convertirse la cubierta de la casa en una terraza verde. También pueden hacerse acciones a nivel comunitario, como reforestar el parque del barrio, sembrar árboles en los antejardines, y acciones educativas y recreativas con los niños en torno al cuidado del ambiente y el respeto a la fauna y flora que habita en las ciudades. 

     No sé si esas pequeñas acciones que se hacen a nivel personal salven algo. De pronto sólo salven nuestra conciencia devastada por formar parte de la humanidad, la más devastadora y dañina especie que jamás haya pisado la Tierra. O sencillamente nos permitan vivir en un entorno inmediato donde todavía es posible despertar con el canto de algún pájaro migratorio o de tarde en tarde escuchar en el jardín de la casa el zumbido de una abeja.

Nota: Eduardo Arias es periodista. Coautor del Diccionario de la Ch y la Guía del buen estudiante vago