Mis libros, mi revolución
Cada día, en algún medio de información, aparece la profecía según la cual muy pronto los libros de papel serán desterrados de este mundo.

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Dormí mal. La energía del aparato me hacía sentir algo cargado. Me sentí soñando con ovejas eléctricas y no con esos dos hombres, algo despistados que se encuentran un buen día en el Canal Saint-Martin, en París, y que entablan una de las más desopilantes y memorables amistades de la literatura. Jamás pude terminar el libro en el aparato: los hombrecitos, con su acento del siglo XIX, con su humor y torpeza a flor de piel, se me habían vuelto una serie de impulsos electrónicos; tenían la corporalidad de los caracteres en los que ahora escribo esto: un fondo blanco sobre letras negras.Es verdad que dicha tableta no es la más indicada para leer, y que hay otras donde la tinta imita a la realidad.
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No obstante, sin denigrar de ellas, desde entonces sigo leyendo libros en papel como una manera de resistirme a los titulares; sigo comprando en las librerías que me gustan; sigo sufriendo el peso de novelas de 600 páginas y soy feliz cuando descubro una nueva portada, un tipo de papel que jamás había sentido entre mis dedos; una nueva piel, la perfumada sensación de que eso ha sido el resultado de un trabajo manual, casi artesanal, casi tan imperfecto como cualquiera de nosotros. No leí igual pasando mi dedo por la pantalla. Quise darle vuelta a la página y no pude. Me quedé pensando en mi biblioteca, en su orden casi neurótico, en los lomos que me miran desde su altura como ojos atentos que esperan que los toque y los abra para mirarlos. No soy un abanderado de la tradición per se, ni pienso que la tecnología sea el mal; el demonio ubicuo que nos dejó sin lugar ni tiempo. En cambio, prefiero pensar que algún día, cuando ya no esté en este lugar, alguien podrá mirar mi biblioteca como un espejo de lo que fui. Ella, sin necesidad de descargas, será una imperfecta imagen de lo que quise, de lo que odié; los libros son mi necesidad, mi propia revolución, mi anti depresivo, mi vía de escape y mi manera de confrontarme; mi propio consultorio donde vapuleo mi ego y mi vanidad, donde lloro a veces como con un amigo, y me desahogo de mis pesares; donde río, entonces, pensando que los personajes que habitan ese mundo entre mis manos de cartón y de papel fueron creados por un hombre como yo, convencido de la materialidad de su historia, que yo puedo, en fin, sostener como algo físico entre mis manos. Nota: Juan David Correa es columnista de El Espectador y autor de El barro y el silencio, entre otros libros.
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