Los feos somos mucho más bonitos

Escrito por 
  • Ilustración: Toxicomano
  • Fotografía: Constanza Caro

Bajo la premisa "Los feos somos más bonitos" Toxicómano realiza la revolución de los valores estéticos para Bacánika.

Este `Kolectivo`  callejero se define como "un grupo de científicos antisociales, de-mentes audiovisuales y algunos punks con ánimo de lucro, que se encargan de combatir la estupidez, la ignorancia, la moral (sencilla y doble)..." Vea su proceso y si quiere pasar a darle una mirada a este grafiti lo puede encontrar en la carrera Séptima con calle 19.

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El bien público.
Por Adriana González Hässig.


Lunes, 12 de Marzo de 2012, 07:20 pm, Bogotá, Carrera 7 con Calle 18. 

Tres días antes de ese lunes, el viernes 9, una cadena de incidentes dejó a la ciudad y a nosotros sus habitantes bastante abatidos: las manifestaciones contra la insuficiencia del sistema Transmilenio derivaron en vandalismo. Buses y estaciones fueron destruidos.  La ciudad colapsada. 

El domingo 11 al mediodía me topé en la Avenida Caracas con 72 con un grupo de personas vestidas de blanco, pertenecientes a una organización de esas que hace yoga y meditaciones masivas. Estaban cantando y blandiendo carteles que rezaban "poner amor donde hubo odio". Iniciativa loable, pero entenderán que me aparte con escepticismo. 

El lunes 12 de Marzo logré conseguir un taxi vacío braveando la saturación de las calles del centro. "¡Buenas noches, la circunvalar, por piedad!" La persona al volante me dijo que ni por el chiras. Yo no le llevo la contraria a nadie que venga de Santander, menos si es una señora, menos si maneja un taxi en Bogotá. De modo pues que ahí estábamos, acercándonos lentamente a la calle 19, cuando de repente desde el costado oriental empecé a oír una rechifla: peatones recién salidos de sus oficinas, vendedores ambulantes de minutos, bufandas y dulces, personal de Aseo Capital, un celador de ceño fruncido, todos miraban hacia el otro lado de la calle, furiosos.

Un bus me bloqueaba la vista hacia el costado occidental de la calle, por lo que imaginé que se trataba de un ladrón al que estaban persiguiendo. Sin embargo, el señor de Aseo Capital gesticulaba con amplios movimientos de sus brazos, como diciendo "¡no, no, quite de ahí!". La conductora del taxi exclamó: "¡Es que ni el arte respetan estos manes!" "¿El arte?", alcancé a pensar, confundida. Mi taxi se movió y lo entendí todo: una señora pegotera de carteles, con su balde y su escoba, había pegado cuatro carteles que anunciaban el concierto de Obus. Los había pegado sobre un mural en blanco y negro, flamante de nuevo, realizado por  Toxicómano. La acción en ese momento era múltiple: la rechifla continuaba, mi conductora profería palabras de indignación por la ventana, varios de los que estaban en la acera opuesta se atravesaban sin mirar para pedirle a la señora pegotera que se fuera para otro lado. Ella no había entendido que la furia era con ella, y cuando cayó en cuenta se puso rojísima de la pena, la pobre, y enrolló nerviosamente los carteles que tenía bajo el brazo. Mi taxi siguió avanzando lentamente, y no pude detallar los dibujos.

Mariela, así se llama la señora taxista, me dijo que había que defender las cosas bonitas, las cosas novedosas, "hechas con cuidado, no los mamarrachos que a veces hacen con esos atomizadores". Mariela afirmaba que esa pared estaba pintada por un artista. "Claro que sí", opiné yo. "Es más, le voy a escribir para contarle cómo todo el mundo defendió su obra". Mariela se impresionó de que lo conociera. "No lo conozco pero lo sigo en twitter", le expliqué.

El martes 13 en la noche llegué a pie a la 19 con 7. Ahí estaba, intacto. Con seguridad despegaron los carteles antes de que se secaran. El mural es una colección de caras: próceres con ojos de zombi, luchadores enmascarados, boxeadores desdentados, rostros que observan a quien los mira. En el centro hay un aviso, dispuesto de forma circular, que dice "Los feos somos mucho más bonitos". Puede que esto no sea exactamente poner amor donde antes hubo odio. Toxicómano lo sabe mejor que nadie: el respeto anida y crece en los lugares más insospechados. Ahí donde la gente lo necesita, ahí es donde debe estar. 

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