El vendedor de verduras y la Revolución del Jazmín

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El día que se prendió fuego, Mohamed Bouazizi se levantó muy temprano, como lo había hecho durante los últimos siete años, a vender verduras en algún sitio de Sidi Bouzid, lugar donde ocurrieron los hechos. 

 

Su historia, como la de muchos en su país, estuvo llena de momentos difíciles, de complicaciones impuestas, que lo habían llevado a construir una carreta con palos de algún árbol y llantas de camión para poder poner encima los productos que vendía y así calmar el hambre de ocho personas más que lo esperaban en la casa. Ese día, durante el trayecto que recorría hacia el centro de la ciudad, volvió a ver la camioneta que quería comprar, se detuvo un momento y afirmó después que algo así seguro haría todo más fácil.

Era la mañana del 17 de Diciembre de 2010 y la esperanza la tenía todavía intacta. Comenzó a caminar otra vez con esa firmeza que experimentan todos cuando enfrentan un nuevo día desde temprano, pensando que iba a vender todas las verduras que tenía para poder pagar primero la deuda que había adquirido por los productos justo el día anterior. También iba pensando en su casa, sus hermanas y hermanos, su mamá, su tío enfermo y bueno, en ese carro que seguro haría todo más fácil. Eran casi las ocho de la mañana y se aproximaba al sitio donde ponía la carreta sin saber que en ese lugar, dos horas más tarde, él cambiaría la historia de su país e impulsaría el cambio de la de varios países en la región. 

Todas las verduras estaban puestas en la carreta y había mucha gente en el lugar. Hacia las 10:30 de la mañana aparecieron, de repente,  guardias que pedían permisos de trabajo a los vendedores de la calle. Mohamed estaba cerca y vio como algunos corrían para salvar sus productos en medio de la gente, otros les hablaban y les rogaban. Cuando fue el turno de Mohamed, una mujer en uniforme, situada justo al lado de la carreta, le pide que le deje ver su permiso de vendedor. Mohamed no tenía uno, porque, al parecer, no se necesitaba uno. Sin embargo, la mujer insistía, y al no tener respuesta procedió a decomisar la carreta con los productos y las pesas electrónicas, a pesar de insinuarle a Mohamed varias veces que pagara algo para que eso no sucediera. Mohamed no tenía el dinero y a cambio recibió, según versiones de testigos, golpes y maltratos que empeorarían su situación.

Minutos después salió corriendo hacia una oficina del gobierno en la ciudad. Pidió encontrarse con un funcionario pero fue imposible. Salió del lugar sin firmeza ni esperanza, cegado por la ira y la desesperación, el sufrimiento, el cansancio, la impotencia, el dolor. Compró un galón lleno de combustible, volvió a la oficina del gobierno y mientras gritaba cosas se ponía gasolina en todo el cuerpo. Antes de prender el fosforo dijo: “¿cómo esperan que me gane la vida?” y segundos después era un hombre quemando la angustia y la ira, la desesperanza que producía toda la situación, toda esa realidad que era mucho más dolorosa que el calor de las llamas en su cuerpo.  

Mohamed muere el 4 de enero de 2011 y diez días más tarde el Presidente de su país renuncia por la presión de las protestas que se toman las calles de la ciudad y del país para exigir empleo y libertades políticas. Con este hecho se inicia la “Revolución del Jazmín” en Túnez y la “Primavera Árabe” con los demás países, entre ellos Egipto, Libia, Siria, Marruecos y Yemen.

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Aunque el acto es individual, hay que entender que para que sucediera un fenómeno de semejante magnitud, que traspasara fronteras, tenía que ser un fenómeno que estaba tomando fuerza tiempo atrás. Mohamed fue el detonante, el botón necesario que liberó la carga, la presión asfixiante que varios otros experimentaban también.

Muchas personas en la ciudad compartían la misma realidad de Mohamed. Seguro todos ellos compartían sueños, ideas y metas por un lado, pero también compartían esa otra realidad adversa, contradictoria y difícil que no permitía alcanzar las primeras. Sidi Bouzid, según algunas referencias, tenía en ese momento un 30% de su población desempleada y la corrupción en la ciudad imperaba. Muchos jóvenes preparados se tomaban las calles para hacer lo mismo que hacia Mohamed. Otros se enrolaban en bandas criminales o se lanzaban al mediterráneo en balsas para alcanzar las costas de Sicilia y de allí saltar a Europa continental. 

Aunque la realidad sea contradictoria y difícil, esta debe tener todavía un ingrediente más, tal vez el más importante, que permita a los individuos de una misma comunidad salir a enfrentar el problema y no ver el caso en las noticias de un hombre quemándose como algo aislado. En este tipo de sociedades las personas comparten elementos comunes muy fuertes, donde los lazos sociales, las tradiciones, los muertos, el lenguaje y demás prácticas específicas de la vida diaria le dan sentido a la comunidad. Las prácticas comunes hacen ver al otro como alguien cercano, así no sea de la misma familia, y permiten que otro sienta lo que otro está sintiendo. Sin estos elementos, seguro, el caso de Mohamed habría sido algo alejado, de un loco que decidió prenderse fuego un día en una oficina del gobierno para exigir algo que no tenía por qué.

En este momento, y tal vez por las protestas llevadas a cabo en el norte de África y en medio oriente, muchos jóvenes occidentales exigen a sus gobiernos reformas serias que les permitan a ellos ser parte activa en sus sociedades. Ellos hacen parte de ese otro movimiento expandido en las principales ciudades de Europa y de América del Norte, que pide, entre otras cosas, oportunidades laborales que les permitan primero ganarse la vida, y después alcanzar productos que la cultura ofrece. Así como Mohamed, que quería comprar un carro, todos los demás quieren también comprar algo más. Así como Mohamed que quería participar y pertenecer a la vida social, millones de personas en el resto del mundo desean exactamente lo mismo.  cierre

Nota: Francisco González es sociólogo de la Universidad del Rosario con Maestría en Salud Pública de la Universidad Erasmus de Rotterdam.