La revolución de las voces en medio del absurdo

Escrito por 
  • Ilustración: Rick Trebel

“Sí, claro un niño de 14 años le metió un balazo a uno de 8. Y a alguien se le ocurrió que esa era una gran nota de primera página. Lo cual tiene sentido si se piensa que hace unos meses por la home principal de un periódico nacional rotaba oronda una nota sobre burros y el mismo día otra sobre cinturones de castidad”.

 

La nostalgia logra mejorar siempre lo que en el presente se vive como una tragedia. Es como si el paso de los años convirtiera naturalmente un melodrama en una comedia o al menos en un dolor que la ironía logra apaciguar y convertir en una sonrisa resignada.

 

No sé cuántos burros habrán pasado por los medios colombianos. Con tanto burro protagonista  en el periodismo regional y con tanto evento dedicado al famoso cuadrúpedo. Lo que recuerdo es que el mismo día un tipo publicaba como novedad una nota sobre el uso de un zombie o robot que permitía aumentar milagrosamente el número de visitantes de un sitio X. El asunto con eso es que la mayoría de usuarios metidos realmente en la red, conocían el famoso bicho (el robot, no el burro) hace tiempo y lamentamos que el periodista no

Yo añoro, con cierta felicidad pintada en el rostro, los programas radiales en que se dramatizaba un caso de la vida real - de la vida real casi siempre femenina y pasada por algún abandono o maltrato-, para que al final una experta en alguna cosa aconsejara y mandara a la remitente al ICBF o a la casa de la vecina. Y lo añoro por las imágenes que componen la secuencia en que ocurría el encuentro con Cuéntenos su Caso cada tarde. No, por nada más. 

 Sí, al final no solo era solo un asunto de llenar páginas con cualquier cosa, siempre y cuando esas cosas, estuviera probado, atrajeran más público. El asunto de fondo es que mientras el reloj de las audiencias corría a la velocidad del conocimiento, el de los medios corría a la velocidad de los medios: plantear como tendencia, lo que gente venida de muchos rincones ya había convertido en tal, implementado, enriquecido y, a veces, desaparecido.

Ahora no me imagino a una señora con voz entrenada mandándome al ICBF. Y mucho menos a la casa de la vecina. Así como no me imagino un mundo en donde alguien interprete lo que millones de voces me narran e informan sin edición. Siempre me gustaron las voces puras, aunque mi gran escuela periodística fueran la Rana René en su papel de reportero/a (nunca he sabido si siendo la rana el nombre René lo convierte en él) y los relatos dolorosos del consultorio sentimental radial. Ejemplos puros los dos de la representación y del método de aprender periodismo para escribir historias conmovedoras o hacer relatos radiales y televisivos que siempre arrancan con un “Pedrito era inocente hasta que a los 10 años de edad descubrió los site porno”.

Es raro igual mirar ese pasado y pensar en esos años gloriosos para los medios. Cuando pensaban que el mundo era bidimensional (y se reían con solvencia de que sus antepasados pensaran que la tierra era plana), que los humanos permanecíamos en estado sedentario, aunque los dispositivos móviles ya nos habían regresado a nuestros orígenes nómadas; cuando estaban seguros que ellos estaban por encima de las voces de los periodistas y quienes los consultaban o “consumían” y cuando creían que el control puro de las fuentes era suficiente para moverse entre verdades editadas y largos silencios.

 

Ahora que por fin hemos desaparecido de ese plano hecho de territorios y límites,  seguramente a los “Pedritos” del nuevo mundo les sigue jodiendo la pornografía; pero nadie tiene que descubrirlo en un diario impreso o una nota lastimera de 30 segundos, a través de la voz educativa y moralista de un reportero NN.  

Mis antecesores decían con vehemencia, y ganaban mi admiración con ello: El autor ha muerto. Y yo luego agregaba como pastor cristiano: Solo para dar vida a millones de ellos. Porque en esa invasión que arrasó con la vieja  manera de entender los medios, Pedrito se anda contando a sí mismo sin hacer alarde de publicar su primer autografía a esa tierna edad ni poder recordar la secuencia en que lo hizo.

¿Cuál secuencia? ¿La oficial? ¿La creada por uno mismo a punta de encuentros y desencuentros en la red, en la vida, en su dispositivo móvil, en las fantasías de frases anónimas en las madrugada? Porque esa fijación con el tiempo también era por lo menos divertida, ¿no? Eso de horario triple A, cuando hay miles de maneras de acceder a ese contenido a cualquier hora y saltarse la publicidad; y eso de creer que hay una última hora, cuando todas las horas son exhibidas en tantas ventanas; eso de pensar que es tarde o temprano y que el horario propio funciona en las horas ajenas; me hace pensar que durante años la raza humana sumó a sus viejas historias mágicas e imposibles de comprobar, esta magistral oda a la ficción sostenida desde el reloj de los papás de los contenidos.

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Y claro, el Pedrito tan inteligente a los diez años no arranca sus relatos fragmentados diciendo “yo tenía 10 años cuando la pornografía on line me robó la inocencia”. Su relato no tiene principio, ni fin. Está hecho de huellas que se pierden en un territorio que hay que escarbar, que hay que seguir. Las piezas de su relato solo pueden encontrarse si uno sigue su ruta, una ruta hecha a punta de enlaces (links), de salidas y entradas de los mundos off line y on line.  La vida está ahí, en millones de flujos, cientos de caminos y miles de saltos al vacío. Y al final nunca hay quién lo dramatice ni quien diga que hay que ir al ICBF.

Nota: Olga Lucía Lozano es la editora del portal La Silla Vacía