El sentimiento revolucionario
Pertenezco a la generación de la revolución inminente. En mi época setentera, la pregunta no era si la revolución se iba a hacer en Colombia sino cuándo, a qué horas. Jugábamos a apostar: “en tres años”; “no, en uno”; “no, en cinco”. Y, ¿cómo no creer que era posible? Ahí estaba Cuba, ahí estaba Vietnam que acababa de derrotar –casi nada- al ejército yanqui, el más poderoso de la tierra. Todavía recuerdo esa noche, en la sala de una casa del barrio Casa Club de Ibagué, celebrando con mis “compañeros” la salida de Hanoi de las humilladas tropas “imperialistas”.

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Fue duro, fue como envejecer en una noche. Pero no es tan dramático, no se preocupen. Sobreviví a la decepción y hasta aprendí a burlarme de ella. “El capitalismo es la explotación del hombre por el hombre; el socialismo es todo lo contrario”. Chistes clandestinos del “pueblo”, en la Unión Soviética de Leonid Brézhnnev. “Socialismo o muerte, chico, la verdá ej que má muerte que socialismo”. Chistes de los taxistas cubanos en 1994, cuando visite la isla del desencanto. Adiós a Lenin, la entrañable película de Wolfang Becker y La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, se encargarían de hacer el trabajo final de demolición.
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Para mí se acabó la revolución más no el sentimiento revolucionario que transmigró hacia el arte. Otra excepción a la regla: uno deja de ser revolucionario y no necesariamente se convierte en un horrible burgués barrigón (hasta barrigón, pero nunca burgués). Del desencanto revolucionario se puede llegar al arte, la utopía concreta. El mundo mejor, el mundo corregido, es el que encontramos cada día en el arte. Que es como una sangre, como una segunda vida que nunca nos permite entregarnos ni transigir con el poder. Porque de eso se trata: no sucumbir nunca al poder. O a los poderes, el poder es plural y se encuentra en los lugares menos inesperados según nos enseño Michel Foucault. Dice Konstantino Kavafis: Nada me retuvo. Me liberé y fui. Y bebí un vino fuerte, como sólo los audaces beben el placer. Hicimos otras revoluciones, más privadas, menos públicas. Menos audaces, quizá más trascendentes. “No fuimos héroes. Fuimos a las oficinas y les hicimos el amor a las mujeres”, dijo Adolfo Bioy Casares. El sentimiento revolucionario no nos abandona. Y si queremos abandonarlo, buscará otros cuerpos para sobrevivir. Hablo con Luz Dayana Chacón, mi amiga de twitter quien me cuenta de sus experiencias en las marchas estudiantiles en la cuales ha participado sin falta. Cuánta fe, cuánto entusiasmo. “Mientras haya opresores, siempre habrá revolucionarios”, me dice. Ella es de “La Nacho”, una fonoaudióloga recién graduada. Hija de padres “mamertos” que se volvieron conservadores. Pero ella no, ella sigue luchando. No por un mundo distinto como nosotros –es más realista- sino por reformas concretas, posibles. Su voz me parece tan firme y a la vez tan dulce que pienso: el sentimiento revolucionario no morirá jamás. Nota: Luis Fernando Afanador es poeta, cronista y crítico literario. Autor de Extraño fue vivir y Amor en la tarde, entre otras obras. |
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