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En portada Hay algo en la gente que consideramos linda porque se asemeja a otros que lo son de verdad: agradan porque recuerdan al original, avivan su imagen, lo hacen presente; pero por lo mismo generan decepción, recuerdan de una manera dramática y patente nuestra propia miseria que consiste en contentarnos con la versión Made in Taiwán.

Si el diablo está en los detalles, como recordaba Ambrose Bierce, son estos tan molestos como vivificante es el parecido entre el original y la copia. Luis Fernando Montoya, de quien se ha dicho que es el De Niro criollo porque incluso tiene el lunar en el mismo lado del rostro, aunque es menos cancerígeno que el de Robert. Pareciera que en el trópico todo está condenado a terminar falsificado, no sólo la ropa y los equipos de sonido. Su episodio carcelario, sin embargo, en algo lo acerca a Taxi Driver. Yo sostengo que con los años, Carlos Vives se ha venido asemejando al Sigorney Weaver de Alien 2 en cuerpo y cara. 

Pero el pobre samario no tiene la culpa. Hay por otro lado quienes buscan a propósito volverse la versión taiwanesa. Carolina Cruz no se ha hecho la liposucción en la nariz porque ella y RCN creen que la bolita nasal la hace indistinguible de Sandra Bullock. Norberto le pregunta al espejo quién tiene los labios más carnosos, si él o Julia Roberts. Y el espejo, vidrio vacío con vapores de su peluquería y un efebo a sueldo en la parte posterior, todas las veces le ratifica que él, que Norberto es más lúbrico.

Cuando el parecido es con un animal, el efecto crea una asociación inmortal. Desde que un amigo me señaló que un chiguagua que salió en la serie del encantador de perros César Millán tenía un parecido asombroso con Susan Sarandon, no he podido dejar de ver en esa mirada tiroidea el trémulo temblor del perro mejicano. En alguna ocasión, Truman Capote dijo que Meryl Streep tenía cara de pollo asado: cierto, absoluta y metafísicamente cierto. Pero algunos sucumben ante ellas. No entiendo cómo el mundo se ha fascinado con Mia Farrow: cuando el matrimonio entre esta actriz y Frank Sinatra terminó, la famosa Ava Gardner recordó que ella siempre supo que ‘Frankie’ terminaría en la cama con un chico.

Hay celebridades que no tienen parecido con otros, su atractivo deriva del hecho de que se han convertido en grotescas caricaturas de sí mismas. Son, increíblemente, personas que se autoimitan. Muchos las tienen por las bellezas más extrañas y exóticas. Los que sabemos cómo lograron su sucio truco nos resultan indignantes: Geena Davis, la que acompaña al chiguagua en Thelma & Louise, ha vivido con la boca hinchada a causa de una alergia al mundo que le ha impedido juntar los labios desde 1956, año de su nacimiento. Algunos matarían por su belleza. Cher ha combatido las arrugas a tal punto que se ha metamorfoseado en un retrato de Cher de los años setenta. Es mejor entregarse, de verdad, como Helen Hunt , que orgullosa lleva lo que yo llamo su “boca de muñeco de ventrílocuo”: dos pesadas hendiduras, una a cada lado que permiten que el labio inferior se mueva hacia arriba y hacia abajo en una sola pieza, dejando al superior en estado de inmovilidad natural botulínica.

La demás gente que conozco que tiene esa belleza desviada no son celebridades. Recuerdo que salí hace años con una mujer que se asemejaba a Marlon Brando. A pesar del parecido asombroso que me tomó tiempo desentrañar, Eliana no era fea. Sólo algunos detalles eran pavorosos: sus manos eran como las de Arnold Swarzenegger, cuadradas, de fisicoculturista austríaco. La nariz medio quebrada, los cachetes llenos de papel higiénico mojado por dentro, la mirada a punto de estallar y olor a alcohol, el Brando clásico. Era la cosa más increíble que usara siempre camisas de flores, como si con ello quisiera quitarse de encima el estigma de ser un Corleone. Marta, con quien me subí alguna vez a un tejado, se parecía a Lou Ferringo: había algo en su nariz, en la forma en que creaba un ángulo con su labio y en su boca que me recordaba a un David Banner verde. Pero era una gigante gentil. El trasiego de alcohol de esa etapa de mi vida ha obnubilado otros rasgos de la ´Hulkina´. En unas vacaciones en Ibagué conocí a una especie de Amy Winehouse tolimense que no se había lavado los dientes nunca. Se destacaba de ‘Maye’ por sus pies de hobbit desmesuradamente grandes, producto de nunca haber usado zapatos; tenían incluso la pelusa esa que mantenía calientes las extremidades de Frodo y Sam. Pero era poseedora de una extraña belleza que despertaba sentimientos de baja raigambre.

Y a decir verdad, lo que distingue la verdadera belleza de la sonsa apariencia de una modelo de productos de Johnson & Johnson es la capacidad de despertar sentimientos primitivos. Y eso no se logra con la perfección sino con lo contrario: la deformidad, la hipertrofia, la desviación, la monstruosidad. Sólo otras mujeres encuentran lindas a las mujeres perfectas. Pero los hombres las preferimos imperfectas, porque cada pequeño desperfecto las acerca un poquito más a nosotros. cierre 

Nota: Roberto Palacio es filósofo, columnista de la revista Carrusel y autor de los libros Pecar como Dios manda y Sin pene no hay gloria. Le recomendamos su blog El pisapapel de pilas. @palacio_roberto.