Vivir en el fin del mundo

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 ¿Y si el fin del mundo estuviera a 6.814 kílometros de Medellín?

Son miles de kilómetros de lo mismo, con algunas elevaciones insignificantes por las que ruge el viento como un oleaje furioso y gaseoso que sacude lo que se vaya atravesando. Todo eso desemboca en un mar gélido, en el que se levantan pequeños islotes de tierra o de hielo que no visita nadie. Fuera de las ideas más populares sobre el fin del mundo, es un desafío de la naturaleza a la imaginación humana: un rincón de belleza exuberante con la sordidez de una soledad irremediable. Un lugar abandonado por Dios y por los hombres.

Hace dos años conocí a Carlos, un buen amigo que nació y creció en Ushuaia, el fin del mundo. Litos –como le decíamos- es un representativo ejemplar de los jóvenes de su tierra: 26 años, voz de perro, una increíble resistencia al frío y un gusto insaciable por el licor y el cigarrillo. Lo único que lo diferenciaba de la mayoría de ushuaienses, es que no quería llevar el estilo de vida de su ciudad: nacer, crecer, reproducirse, morir. Así de literal. No en vano el suicidio es una de las principales causas de muerte en la vasta Patagonia argentina, donde la vida parece ser aquello que se ve al abrir una ventana: nada. Por eso, a sus 18 años, con un título de bachiller y el recuerdo de su familia enterrada el último verano, Litos se fue a Buenos Aires a probar suerte, con la esperanza de no volver al infierno helado del que venía.

Habían pasado siete años de eso cuando nos presentaron en la ciudad de la furia. Litos seguía siendo el mismo chico ushuaiense, un poco devorado por la vida de la gran ciudad. Se había acostumbrado al entusiasmo con que era presentado, porque él siempre resultaba una especie rara para los demás por ser de Ushuaia, que sería como decir que se conoce a alguien de Groenlandia o de Tanagamandapio. Tal vez bebía y fumaba más que en un principio, pero ahora –decía con toda convicción- él era alguien. Con énfasis: al-guien. Había empezado tres carreras diferentes que no le calaron, y se empleó en un bar de San Telmo que todavía le da para vivir, donde le nació el gusto por lo que estudia ahora: cine. Dice, es feliz. Y de Ushuaia y la Patagonia, dice, no le interesa nada “ni siquiera el Perito Moreno o esas boludeces”.

Por mi parte, nací, crecí y vivo en Medellín que, con respecto a Ushuaia, sería algo así como la mitad del mundo, un poco más arriba. Es una ciudad más verde, más poblada, más cálida. No hacen falta más precisiones que las que ya se conocen por las maravillas y abominaciones que dicen de ella. Ninguna, salvo esta: Medellín es una ciudad hecha con retazos de olvido. Capas enormes de mundos perdidos de las que no quedan rastros. En todas las ciudades ocurre eso, pero en Medellín es costumbre arraigada. A veces afortunada, a veces lamentable.

Donde está el edificio más alto de la ciudad, estaba el teatro más exquisito que se haya conocido. Donde estaban los mejores estudios fotográficos, hay remates al por mayor de ropa interior femenina. Donde corrían los trenes y tranvías, crece la maleza. Donde estaba la siderúrgica más grande del país, hay un megaproyecto de zona residencial. Donde se cometió el primer gran crimen que se conociera, hay un enorme centro comercial. Y en medio de todo eso, las vidas de cientos o miles, de las que nadie se enteró.

Por ejemplo, hoy es viernes y es diciembre, lo que quiere decir que el centro de la ciudad es un caldero de miserias donde toda la gente se apresura por la efervescencia navideña. Detrás del edificio del Palacio de la Cultura, están –y siempre han estado- un grupo de taquigrafistas que tratan de hacer algo con sus vidas trabajando en lo único que aprendieron a hacer. Nadie se detiene a ver, ni por error. Tienen máquinas de escribir lustradas, papeles amarillos, la piel tostada. Se la pasan hablando de su edad dorada cuando trabajaban en los años en que el Palacio de Justicia no se había convertido en un centro comercial. Y aunque a nadie le importa, ni le importará qué es de sus vidas y si esta jornada se irán a casa sin un peso, porque en realidad nadie necesita un taquigrafista en estos tiempos, uno de los hombres dice que vivir –así y en Medellín- es bueno, porque “es el mejor vividero del mundo”.

Desde su nacimiento y durante tres siglos Medellín fue una villa improbable, encomendada a la mano de Dios, en medio de un valle del que no se tenía noticia, sin más horizonte que la atadura de sus montañas. Algo así como Ushuaia. La destreza y la ambición de los que vivían aquí sacó de la nada una ciudad que ahora hace una megalomanía de cualquier pequeña virtud que tenga. Pocas veces, la gente se permite ver más allá del ombligo en que se convirtió la ciudad y hoy, todavía, se dice que es el mejor vividero del mundo. Y cualquier cosa que no rime con ese progreso, aunque exista y en grandes cantidades, no existe.

Ni la indigencia, ni la pobreza, ni los vendedores ambulantes. Ni la violencia en los barrios en lo alto de las montañas. Ni las fronteras invisibles, ni los niños que no van a los colegios. Ni los hombres que no son verracos, ni las mujeres feas. Ni los edificios antiguos, ni las reliquias patrimoniales, ni el transeúnte en el espacio público. Ni los maestros jubilados, ni el artista callejero, ni el librero independiente. Ni los taquigrafistas. Porque nada de eso está en la ciudad, aunque esté.

Cuando alguien que no conoce Medellín me pregunta cómo es, trato de no hacer un panfleto de lo que sea que dé por respuesta. Cuando mi amigo de Ushuaia quiso saber cómo era la ciudad donde vivo, solo dije “es linda”, y nada más. La verdad es que no se puede presumir sobre tragedia y desolación con alguien que viene de un lugar que es la mismísima nada y que se jacta de serlo.

En Ushuaia y el resto de la Patagonia, lo único que los ha salvado un poco del pesado letargo de vivir es el turismo. El más burdo de todos: el de gente fascinada por la idea de conocer “el fin del mundo”. Excursiones de viajeros plásticos que van en manada a sacarse una –miles- de fotos en lugares que llevan como adjetivo “el fin del mundo”. La playa del fin del mundo, el hotel del fin del mundo, el restaurante del fin del mundo. Entre tanta metáfora, hay un lugar que es todo romance: el faro del fin del mundo. Se trata de una torre de franjas rojas separadas por una blanca, que ya no sirve para aquello que fue hecha, y que se remodeló después de hacerse famosa gracias a la fantástica novela de Julio Verne que lleva su nombre y que la tiene como escenario predilecto.

Como si fuera poca la imaginación del escritor francés, hay una escena entrañable que no es para menos en Happy Together, la película del genio cinematográfico que es Wong Kar-Wai. Un joven inmigrante chino llamado Chang, harto de su vida y de su país, llega a la Argentina a probar suerte y a encontrarse consigo mismo. Lo único que quiere es llegar hasta el fin del mundo, y subir hasta aquel faro, porque le han dicho que soplando sus penas al viento, desde ahí, podrá librarse de todo el peso de su existencia. Lo logra y, dice, es feliz. Nadie hace eso en el faro del fin del mundo en la vida real. Ni siquiera los que viven ahí. No porque sea absurdo o romántico, sino porque no se les pasa por la cabeza.

El fin del mundo es, ciertamente, un lugar hermoso, pero es solo una excusa para atraer gente, aprovechándose de una posición geográfica sin parangón y que es, en sí misma, una metáfora de la vida. Eso y nada más. Porque, bien lo saben allá, el fin del mundo está ahí y en cualquier parte donde la gente se empeña en olvidar y ser olvidada. Que no hay que esperar al 21 de diciembre o cualquier otra fecha para conocer el fin del mundo, porque todo el tiempo estamos al borde de entrar en él. Solo basta con detenerse y mirar unos minutos más.