Siete varas negras

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De pronto vi que mi madre se empezaba a desmembrar. Lo único atado a su cabeza era su vagina y sus senos que ardían en medio de llamas indómitas. El resto de su cuerpo: sus piernas, sus brazos y su tronco lucían rodeados de serpientes y habían adquirido la forma de una montaña de la que salía un fuego bestial; cada tres o cuatro minutos  la erupción de lava se esparcía sobre el suelo negro del infierno. Sus gritos de lamento sonaban estentóreos, y sus bramidos compungían infinitamente el corazón de todo el que la veía.  Jamás imaginé que después de su muerte mi madre llegaría a convertirse en el mismísimo monstruo Tifón confinado bajo el monte Etna.

Impotente, invadido de una tristeza profunda, estuve obligado a continuar. El siniestro ser de capa oscura me empujaba apremiante con su vieja vara. Después de que me llevó a sortear decenas de pedregales de azufre e inclinadas serranías, me condujo a un bosque oscuro. Entonces la vi. Era mi esposa. Me había preguntado durante todo este tiempo dónde estaría,  había extrañado con tristeza su presencia. Pero al tenerla cerca nunca quise haberme enterado de su suerte. Estaba colgada en la copa del árbol más alto que jamás vi. Sus ojos habían sido vendados con un paño blanco que emitía cierto tipo de incandescencia y su cuerpo yacía completamente agujereado por los picotazos de los numerosos buitres que la rodeaban.

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Quise bajarla del árbol y salvarla de ese martirio. Cuando se lo hice saber al portador de la vara éste despiadadamente se rió. Me dijo que había tenido toda la vida para curar su envidia y no había hecho nada para ayudarla. Lloré una y otra vez. Me incliné a sus pies y le propuse un trato: si me dejaba intentarlo, le regalaría mi vida. Entonces la muerte aceptó. Yo uní todas mis fuerzas para trepar el árbol, pero a medida que subía, el tronco parecía alargarse mucho más. No se cuánto tiempo tardé en encontrarme frente a frente con mi esposa, pero el día que lo logré todas y cada una de las partes de mi cuerpo se estremecieron. De su boca vi cómo se descolgaban unas tiras carnosas de unos doce centímetros. De tanto gritar a la pobre se le habían salido las cuerdas vocales.

A pesar del desconcierto que me invadía traté de zafar el lazo que la ataba a aquel arbusto, pero todo esfuerzo fue vano. Después de las incontables semanas que duré a su lado, mi cuerpo, dolorido e inútil, se deslizó por el tronco del árbol  con la misma facilidad con que una gota de agua se desliza por entre los dedos.

En el mismo instante en el que mi cabeza tocó el suelo comprendí que nada de lo que pasara después del fin del mundo tendría solución.

La muerte me tendió su pértiga. Juntos seguimos caminando un sendero largo, tortuoso y debilitante.  Después del mutismo que guardamos tras el episodio de mi esposa, clamé por un remedio para mi cansancio. La muerte, para mi sorpresa, me lo concedió.  Al poco tiempo nos hallamos en una pradera, allí pude recostarme sobre el pasto. Quizá mi cuerpo sintió el inmenso placer del descanso, pero los recuerdos de mi madre y de mi esposa debilitaban  intensamente mi alma. Como si fuera poca la congoja,  una mañana empecé a oír unos ruidos crepitantes.  Antes de incorporarme, alzar la mirada y correr guiado por los gritos, supe que era él. Estaba enjaulado en una celda gigantesca, en donde tenía acceso a todo tipo de animales de la pradera. Durante el tiempo que estuve allí lo vi ingerir vizcachas, avestruces, patos, comadrejas y las más asquerosas ratas que nunca imaginé.  Cada vez que mi hijo se comía uno de estos animales se dirigía a una esquina de su celda para vomitarlos, y así se la pasaba a toda hora, todo el día, todos los días: pagando la pena de su absurdo pecado. 

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La muerte parecía disfrutar de mi desazón, su risa insidiosa se convertía poco a poco en el eco de mi culpa.  Por más que le pedía que partiéramos hacia otro lugar para no tener que presenciar el sufrimiento de mi hijo, ese despótico ser permanecía mudo. El día que por fin me volvió a extender su guadaña me advirtió que el recorrido venidero sería el más difícil de soportar. Y así fue.

Un atajo desde la pradera nos condujo a una senda azul por la que transitaban almas quejumbrosas en busca de consuelo, entonces la muerte, tosca con su vara, me obligó a abrazar a cada una de ellas  y a declamarles conmovedoras palabras  que alentaran su corazón. Después de ese peregrinar en donde tuve que sentir los más profundos e insondables dolores humanos, nos dirigimos a un recinto de proporciones descomunales en donde hombres, mujeres y niños caminaban con grandes cadenas de hierro atadas a sus cuellos y a sus pies. Por más de diez años tuve que ayudarles a más de tres mil almas con su peso. Por más de diez años tuve que hacer una y mil veces lo que no hice en vida jamás.

Una mañana las puertas del recinto se abrieron y la muerte me dijo que era hora de partir. Nos condujimos entonces a un monte inmenso.  De repente, caminando entre las tinieblas, un hombre que pedía desesperadamente un atuendo para tapar su desnudez se nos acercó. Me quedé observándolo con detenimiento y a pesar de que le faltaban sus cejas y un pedazo de nariz, lo reconocí. Era mi jefe, el hombre que por años había maltratado a todos sus empleados, el mismo que solía firmar grandes contratos; el que estafaba, robaba y manipulaba a las autoridades con tal de acumular bienes y dinero. El mismo ser que en vida me había hecho sentir tan infeliz.

Al verme a los ojos y reconocerme, el hombre se arrancó de varios mordiscos las uñas de los dedos de sus manos. Con toda la sangre que derramó, ocultó la piel de sus genitales, pero su vergüenza era tan mortificante que salió huyendo mientras pedía perdón por toda su mezquindad. Sentí compasión por su alma. Y sin embargo, tampoco pude hacer nada. La muerte, indolente y apática, me siguió conduciendo bajo su escarmiento durante largos años más.

Dimos un día con un puente anticuado y defectuoso que pendía encima de una caldera descomunal. Cruzar ese puente nos llevó varios meses, pues mientras lo hacía, la muerte viajaba en mis brazos, como si  yo fuera el padre de una pequeña niña mimada. Las piernas me flaqueaban, al igual que mis brazos, por momentos sentía que mis pies hervían con el vapor de la caldera, pero entre más piedad clamaba, la muerte  se daba el lujo de ignorarme caprichosamente.

Al finalizar el puente, cuando por fin pude estirar mis músculos, una sombra tornasolada corrió alegremente hacia mí gritando una y otra vez mi nombre. Al principio pensé que el fuego de la caldera le había ocasionado un grave daño a mis ojos, pues mi visión parecía borrosa, pero cuando estuvimos frente a frente, seguía viendo la misma sombra refulgente. Se trataba de mi amigo más íntimo.  Se había quemado cada milímetro de su cuerpo en la caldera durante muchos años y después se había congelado otros muchos en una especie de compartimento a sesenta grados bajo cero. En vida mi amigo se había salvado de ir a la cárcel en una ocasión. Lo culpaban de haber envenenado a un hombre. Nos había hecho creer a todos que él era inocente, e inocente fue para todos siempre. Lo cierto es que no sólo mató a ese hombre.  También fue el asesino de otros dos.

Por más que quise abrazarlo, consolarlo y aliviar su dolor no pude. Una fuerza extraña me lo impidió. Mi amigo entonces soltó un llanto amargo, me dijo que nadie le había vuelto a hablar jamás y que esperaba que yo lo hiciera para apaciguar tantísimos años de soledad, pero la muerte nos apartó.

Durante siglos seguí caminando al lado de la muerte. Y todos y cada uno de esos días me pregunté por qué me había elegido precisamente a mí para ese peregrinar. Anoche descubrí la respuesta y entendí que la muerte era el diablo, el más soberbio de todos los seres; la bestia a la que yo mismo le ofrecí mi vida para combatir con diligencia mi pecado durante toda la eternidad.