Cómo prepararse para que el mundo [no] se acabe

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En portada He aquí una recopilación de las teorías sobre el fin del mundo que han fracasado a través de la historia. Tome nota sobre lo que no debe hacer y prepárese para el fin.

En estos días, un señor invitó algunos medios a alguna parte de Antioquia para mostrarles la guarida que ha construido para protegerse del “fin del mundo”, un evento que, como ya saben, ha sido institucionalizado (debe haber un ya Google Calendar compartido dentro de las redes del IDU con la fecha) para el 21 de diciembre de este año, cuando los mayas predijeron que toda esta vaina, por fin, se va a acabar y tendremos todos un descanso de debatir sobre la validez de las convicciones religiosas del Procurador y de pelear con los taxistas por la prima navideña. Sólo que el mundo no parece que se vaya a acabar por ahora, ni los mayas predijeron el fin del mundo (sólo se va a acabar un ciclo, mal contado, en uno de sus calendarios), ni ese búnker paisa va a tener que aguantar el Apocalipsis (a menos que surja una Bacrim con ese nombre) y, sí, estaremos quince minutos de más explicando por qué no queremos pagar esos pesos extra en un taxi de la muerte.

Así que el próximo año, eventualmente otra teoría apocalíptica llegará, de nuevo vendrá el miedo absurdo y generalizado, algún señor en el Valle del Cauca querrá construir su propia fortaleza para protegerse de lo que pueda venir y de nuevo tendremos que explicarles a tías a lo largo y ancho del país que, tranquilas, que el mundo no se va a acabar. Lo sé, estoy completamente seguro de que una nueva teoría del fin del mundo se apoderará de nosotros en breve, porque este año publiqué un libro llamado “Historias del fin del mundo: Los apocalipsis que no llegaron y los profetas que nos engañaron” en el que me di cuenta que durante toda su historia, la humanidad ha estado obsesionada con averiguar cuándo se va a acabar este suplicio. Es una fijación que me parece completamente comprensible, pues no estaría de más saber si en verdad es necesario hacer esa fila interminable en el banco mañana, si pasado mañana vamos a tener otra oportunidad para mandar ese chat que diga “oye, es que tú me gustas mucho”, o si de verdad vamos a tener que madrugar a las 6 A.m. para montar la resistencia contra las tropas romanas. 

Pero el libro, en general, es un gran compendio de fracasos en el ejercicio de la futurología escatológica pues, como se habrán dado cuenta, el mundo no se ha acabado y, a pesar de tantos intentos de buscarle una fecha límite en libros sagrados, alineaciones planetarias, mensajes extraterrestres y hasta probablemente imágenes esotéricas en rebanadas de pan tostado, los humanos, como meros seres físicos que somos, no podemos acceder a comprender esas cosas metafísicas, si es que hay tales cosas. Es la base de la mayoría de las religiones: “Los caminos de la divinidad son culebreros”. Es decir, si hay un dios que nos quiere acabar, no nos va a decir. Si el mundo se va a acabar de esta u otra manera, pasará si es que pasa y nos cogerá por sorpresa, porque es imposible predecirlo.

¿Acaso estoy tentando al destino con toda esta retahíla? Por supuesto, quizás el mundo sí se acabe este diciembre, y ¿quién quita que justo suceda el 21? Pero, si el mundo se acaba, no importa, porque de todas maneras no quedará nadie para burlarse de mí y, si no se acaba, cantaré victoria como el planeta en general la ha cantado tras las demás predicciones fallidas de su fin.

En mi libro -que de aquí en adelante mencionaré como “La Palabra”, porque así suena a algo que hay que tener en la casa y no me caerían mal las ventas- hay nueve capítulos llenos de gente que se equivocó prediciendo el fin del mundo. Pero también está lleno de advertencias de por qué no es buena idea juntarse con esos falsos profetas del fin y de cómo, cuando clarea el día siguiente al supuesto fin del mundo, no todos tienen la suerte de amanecer con él. Por eso, pensé que podría sacar algunos ejemplos de “La Palabra” para darles consejos sobre cómo llegar a ver el 22 de diciembre de este año. Como, por ejemplo:

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Si se unen a una secta, asegúrense de que la parte del “suicidio colectivo” sea voluntaria:

La Orden del Templo Solar era una secta cuyos miembros se creían la reencarnación de los caballeros templarios y que para principios de los 90 pululaban por Suiza y Canadá. Allí predicaban que pronto este mundo acabaría y que la única manera de evitar ese fin era ascender al “siguiente mundo” viajando a un lejano planeta que orbitaba alrededor de la estrella Sirius.

En 1995 Joseph Di Mambro, uno de los fundadores de la secta, creía que ya en 1994 los “Maestros Espirituales” habían abandonado el Planeta Tierra, llevándose consigo la “energía de los siete planetas” y evitando así la iluminación en este mundo, sea lo que sea que signifique eso. Sólo había una solución para escaparle a esto y eso era el suicidio para acceder al nuevo mundo. Lo que no avisó fue que eso del suicidio no era voluntario y daba igual si uno se quitaba la vida, o si era “suicidado” por alguien más. Así que por 1995 comenzaron a aparecer por Suiza y Quebec casas quemadas en las que los líderes de la secta habían congregado y encerrado a sus fieles para rostizarlos, así quisieran o no (mejor no dejar a alguien que pudiera denunciar el asesinato en masa).

Al final unas 900 personas terminaron muertas y Di Mambro, que manejaba a la gente en Norteamérica, terminó peleado con el otro líder de la secta, Luc Jouret, que se encargaba de los asuntos en Europa, pues el tipo creía que su compañero había hecho “una carnicería” y no se había suicidado “bien”.

De verdad, esto es importante, si se unen a una secta, asegúrense de estar al tanto de su definición de “suicidio”:

Hacia la década de 1970, surgió en San Diego, California (Estados Unidos) una secta dirigida por Marshall Applewhite que se llamaba “Heaven’s Gate”, es decir, “La puerta del cielo” y que creía que nuestro cuerpo era simplemente un vehículo para el espíritu y que nuestros espíritus tenían un destino diferente al de errar por esta tierra mundana, que había un nivel de existencia superior. En algún momento, todos los miembros de la secta tendrían que “rechazar sus cuerpos”, que es una manera más elegante de decir “morir”, para pasar a ese otro nivel. Pero no, no teman, que eso no era suicidio, porque Heaven’s Gate había redefinido el concepto de “suicidio” para que significara “rechazar el Siguiente Nivel cuando está siendo ofrecido”.

En marzo de 1997, a Applewhite le dio la locura y predijo que algún día de marzo de ese año el mundo iba a colapsar y que su deber moral era escapar y ayudarles a todos sus fieles a hacerlo también. Y, qué casualidad, el tipo también dijo que una nave espacial alienígena estaba persiguiendo al cometa Hale-Bopp (que por esos días iba a pasar cerca a la Tierra) y que se podría acceder a dicha nave a través de la mínima inconveniencia de una pequeña, sencilla y breve muerte.

Así que el 26 fueron encontrados los cuerpos de Applewhite y otros 38 seguidores que se dejaron convencer de este asunto de los salvadores extraterrestres. Los cadáveres habían sido envenenados con fenobarbital que habían consumido mezclado entre pudines o purés (muchos, presumiblemente, sin saberlo) y que habían bajado con vodka (es decir, si sabían del veneno al principio, después de un par de tragos se les olvidó). Todos, excepto dos, aparecieron con una bolsa plástica amarrada alrededor de la cabeza para asegurarse de que si no los mataba el veneno, por lo menos los mataba la falta de oxígeno.

Debo decir que he ido a mejores fiestas.

No confíen en gente que se comunica a través de cucharas:

A finales de los 80 había otra secta, esta localizada en Uganda, que se hacía llamar el Movimiento por la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios y que era una reinterpretación bastante curiosa de la tradición judeocristiana y sus mandamientos (como, por ejemplo, mantenían que Dios había prohibido el uso del jabón). Su línea doctrinal se basaba, principalmente, en el hecho de que a sus dos líderes, Credonia Mwerinde y Joseph Kibweteere, supuestamente se les aparecía la Virgen María. La Virgen, por cierto, les hacía llegar sus mensajes (pero sólo a ellos dos) a través de utensilios de uso cotidiano, así que si había que avisar un nuevo pecado, ahí estaba timbrando la licuadora, si el fin del mundo se acercaba, sólo había que recibir un SMS con la cuchara sopera.

Este Movimiento se estableció en una finca en el medio de la nada y ahí se sentaron a esperar el fin del mundo, que la Virgen había pronosticado, a través de -presumiblemente- un pincho de mazorca, para el 31 de diciembre de 2000. Ese día reunieron a sus fieles para hacer una gran fiesta y despedir el mundo. Sin embargo, a diferencia de todas las fiestas de 31 en las que he estado, esta se arruinó cuando el 1 de enero efectivamente sí llegó y el mundo no se acabó y los líderes religiosos quedaron como unos mentirosos.

En cualquier caso, el Movimiento reprogramó el fin del mundo para el 17 de marzo de 2000, cuando lograron atraer a 530 fieles. Pero el mundo no se acabó ese día, por lo menos no para los demás, porque durante la fiesta hubo una explosión que causó un incendio que mató a todos los parranderos incluidos, al parecer, los líderes del Movimiento, quienes la policía sospecha que causaron las llamas. Así que no es claro si los miembros se suicidaron en espera del Día Final, o más bien “fueron suicidados” para esconder la vergüenza de haberse equivocado. Misterios de la fe.

Si van a construir un arca de Noé para el Apocalipsis, asegúrense de que quepa todo el mundo:

A finales del siglo XV, un astrónomo y astrólogo alemán (era una época en la que uno todavía podía ser ambas cosas sin ganarse la burla de la comunidad científica en general) llamado Johannes Stöffler predijo que para 1524 una serie de alineaciones planetarias que ocurrirían hacia la constelación de Acuario traerían consigo un nuevo diluvio universal. Esta teoría tuvo dos décadas para cuajar entre el imaginario alemán y, para la fecha indicada, un conde de apellido Von Iggleheim había construido un arca gigante a orillas del Rin para salvar a cuantos cupieran.

Sin embargo, el 20 de febrero de 1524, el día en el que supuestamente nos íbamos a inundar, apenas cayó una lloviznita, como si todo esto se tratara de una predicción del Ideam. Pero a la multitud que se agolpaba intentando entrar al arca de von Iggleheim no le importó el estado del clima sino el miedo que se apoderaba de ellos, así que en medio de la montonera comenzó un disturbio en el que murieron más de cien personas y el Conde terminó lapidado.

No vayan a locaciones remotas bautizadas por el nombre del líder de una secta

Jim Jones era gringo y el líder del People’s Temple (“El templo de la gente”), una secta que buscaba montar el Jardín del Edén en la tierra, pero no basándose en la doctrina judeocristiana, sino intentando crear la “sociedad perfecta comunista”. Sin embargo, Jones tenía un problema y era que no le gustaba pagar impuestos, así que para 1977 se tuvo que trasladar, junto a sus fieles, a Guyana donde, afortunadamente para él, llevaba ya siete años construyendo una colonia que llamó, esto en serio, “Jonestown”.

Jonestown fue exitosamente colonizado debido principalmente a que la mayoría de seguidores de Jones eran negros y en los 70, todavía, eran considerados por una desafortunada mayoría como ciudadanos de segunda clase en Estados Unidos. Pero en el comunismo de Jonestown todos eran iguales, todos trabajaban lo mismo y recibían lo mismo, a todos se les había inculcado la certeza de que una guerra nuclear acabaría dentro de poco con este mundo horrible, que todos morirían juntos y alcanzarían el verdadero paraíso comunista en otra parte y que todos tenían el mismo derecho de cederles sus esposas a Jones para el noble acto de la reproducción del líder, a quien llamaban “Papá”.

Pero, ah, uno de esos esposos se arrepintió de tanta igualdad y comenzó a mandar cartas al Congreso de Estados Unidos contando cosas raras que pasaban en Jonestown, por lo que un representante llamado Leo Ryan voló a ver qué pasaba. En general encontró que la gente era feliz, pero ayudó a algunos desertores a escapar. Por eso Jones comenzó a preocuparse, porque ¿si de verdad estaban en -o por lo menos en camino hacia- el Paraíso, quién se quejaría? Jones mandó a su guardia personal a perseguir a Ryan hasta el aeropuerto. Pero, en vez de intentar hablarle y convencerlo de las bondades de Jonestown, terminaron matándolo junto a su fotógrafo y a una periodista que los acompañaba. Ups.

Esa noche, la del 18 de noviembre de 1978, Jones les reveló a sus seguidores que, por ese pequeño cálculo errado (el asesinato de un congresista estadounidense), la Unión Soviética, con la que estaban hablando para una relocación, ya no los recibiría. Así que la salida que veía el querido líder, según la transcripción de una grabación en audio del evento que se puede escuchar (y de la que hay transcripción) en http://jonestown.sdsu.edu/AboutJonestown/Tapes/Tapes/DeathTape/Q042.html, era un “suicidio revolucionario”. Ah, adelante compañeros. En ninguna pijamada del Moir se ha visto tal emoción. Adelante. Maten a los 276 niños que estaban ahí. ¡Viva la Revolución!

Jones les dio a los residentes de Jonestown una bebida tipo Tang, pero sazonada con cianuro, de la que él también bebió, por lo que la cuenta final de muertos ese día fue de 918 (909 miembros del Templo y el resto asesinatos varios por aquí y por allá). Claro, digamos, todo esto se podría haber arreglado, o por lo menos mejorado, si Jones se entregaba a las autoridades. Pero, no, recuerden dónde estaban, en Jonestown, Guyana.

Así que ya saben, si un tal Pablo los invita a pasar velitas en su finca llamada “Pablolandia” ubicada no en cabecera municipal, sino en corregimiento o vereda, rechácenlo amablemente, díganle que tienen demasiado trabajo, que no hay manera; si por casualidad encuentran una secta que cree fervientemente en las “predicciones” mayas pregunten, desde el principio, cuál es su posición sobre el suicidio; Si ven a alguien hablando sospechosamente con la cuchara de la natilla, teman, no se acerquen, o sugiéranle un buñuelo, algo que no requiera de cubiertos; y si, en general, alguien les dice que el mundo se va a acabar, no le hagan caso, disfruten la vida, vayan a comprar mi libro, es decir, “La Palabra” y regálenselo a toda la familia.