Tres ancestros charlatanes

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Era claro que las cuatro mujeres muy en sus épocas rimbombantes, tocaron sus brazos para preguntarse por qué tenía los pelitos parados.  Era claro que no era por esa frase barata, un poco afeminada, y que incluso las condenaba a ser amadas sólo por aquel hombre que les afirmó que sólo amaría, al igual que su madre. 

El que estaba muy hacia la derecha se hacía llamar Johnny Pacheco.

-Mucho gusto soy Johnny Pacheco. ¿Sabe quién es Johnny Pacheco?

-Claro. Fania All Stars. 

-¡Ah! sabe de música.

-Sé que es de la Fania All Stars.

-¿Y cuál es su favorita de Johnny Pacheco?

-Uy, me corchó.

No se deje corchar, él le da muchas vueltas a las cosas. Ya supo quién era Johnny Pacheco. Es ese loco que tiene en frente.

-¿Bueno y su nombre?

-Luis Carlos con cuatro mujeres.

Era una tarde de tres señores que buscaban en la cerveza aquella publicidad que hace mucho tiempo les habló sobre un vínculo de amistad. Luis Carlos se había casado cuatro veces y recordaba que estaba solo en el mundo. Que esos que lo acompañaban eran nada más que amigos. Y que sí, que a los amigos se les quería incluso (resaltó), más que a la familia, pero que él no tenía familia y sólo tenía a esos que lo acompañaban.

Johnny Pacheco era profesor de física desde hacía mucho tiempo. Sabía cómo eran los movimientos rectilíneos y la velocidad del lanzamiento de pelota según la aceleración con que se lanzara. Él no habló de mujeres, pero habló de tener cuatro hijos.

-Bueno, y ¿cómo conquistó a esas cuatro mujeres?

-Primero tiene que saber que nada es muy malo siempre y cuando se haga bien. Y, segundo, que para conquistarlas les dije lo que mejor se les puede decir.

-¿Qué les dijo?

-Bueno, pues yo les dije que otro que las quisiera más que yo sería su mamita.

Un algo amargado Don Fernando, interrumpió para burlarse de aquella frase de conquista barata de Don Luis Carlos.

-Y vos ¿de qué te reís?

Le pregunta Luis Carlos al Don Fernando que en principio ni quería hablar, ni quería dejarse retratar y ni quería competir con sus otros dos amigos; ya que si de borrachos tomadores de cerveza se trataba, él les llevaba ventaja.

Había más de ocho botellas de cristal café en su mesa de plástico.

-        ¿Y vos de qué te reís?

-        Pues de ese piropo.

Era claro que las cuatro mujeres muy en sus épocas rimbombantes, tocaron sus brazos para preguntarse por qué tenía los pelitos parados.  Era claro que no era por esa frase barata, un poco afeminada, y que incluso las condenaba a ser amadas sólo por aquel hombre que les afirmó que sólo amaría, al igual que su madre. 

-        ¿Me vas a decir que con eso las conquistabas?

Preguntó Don Fernando el amargado.

Luis Carlos, con esos dientes muy en su sitio, aunque un poco desgastados, tomó aire. 

-        Mira, esa frase las conquistaba completicas. Las hacía caer rendidas a mis pies. No ves que por eso estuvieron conmigo: dos hasta su muerte y las otras dos hasta que me cansé.

Hoy en día una llama a la otra por teléfono y conversan.

¡Esa es la frase Fernandito!

-        Me estás diciendo que si yo digo ese piropo barato ya conquisto a la mujer que yo quiera.

-        No, no te estoy diciendo eso.

En una discusión de cervezas de amigos, de un hombre con cuatro mujeres, uno con cuatro hijos y uno con cuatro amarguras encima, Don Fernando le preguntó a Don Luis Carlos el por qué esa frase en particular conquistaría a cualquier mujer, y a sus cuatro mujeres, dos muertas y dos que conversaban por teléfono.

-        Muy sencillo…Porque lo dije yo. cierre