En portada

“Mija, y ¿Usted por qué no come?” -preguntó Doña Consuelo-“No abue, gracias, pero es que acuérdate que yo ya no como de supermercados”, dijo Perlita en medio del almuerzo del día del padre, “¿Cómo así? -pregunto ella entre asombrada e indignada- ¿Y es que acaso qué tienen de malo?”...

Ya sabemos lo que sienten las abuelas colombianas cuando uno les rechaza un plato, y ni qué decir de darles explicaciones. La herida mortal ya está abierta. Y es que la historia de la abuela, de la tía, de la mejor amiga, como tantas, es la historia de un o una eco y sirven para ilustrar sus luchas cotidianas (aunque hay que decir que es también la de los vegetarianos y ni que decir de los veganos en la tierra de Puerto Rellena). Son especies raras de seres humanos que andan por allí incomodando en las fiestas familiares, en las salidas a comer a restaurantes o en las invitaciones a casas ajenas. Son una nueva especie no de indeseables, pero sí de embarazosos seres, nacidos en una época en la que todo viene en cajitas, bolsas y en bandejas de icopor, en la que si nos da hambre o sed, simplemente caminamos un par de cuadras (si es que no está más cerca) y ahí está, la tienda, el granero, el minimarket o el supermercado, para saciar nuestros antojos. Esta, una época en la que todo lo damos por hecho y no pensamos mucho en lo que comemos; en realidad comer es un acto de fe, ya sea porque esperamos no acabar el planeta con los efectos de los monocultivos para la tierra, de sus alteraciones genéticas en nosotros  y de los insecticidas, pesticidas y fungicidas, en ambos. Esos colores alucinantes de los alimentos, que nos atraen con sus explosiones de rojos, naranjas, amarillos y verdes en las alacenas de los supermercados, son como una advertencia bíblica o como las ranitas amazónicas venenosas, que nos advierten sobre lo que nos espera. 

Sin embargo, esta es la producción en masa y, por lo tanto, la más barata, la más consumida. No es de extrañar entonces, que para aquellos pocos despistados, que se les ocurre cambiar de hábitos alimenticios y considerar seriamente lo que se comen y lo que se toman, encontrar posibilidades sea tan difícil.

comidaorganica Cómo no serlo si todo el proceso es diferente, tanto para el que consume, como para el que produce, porque este mundo, tal y como está en este momento, parece no estar hecho para algo distinto. Todo queda lejos: la gente vive separada, todo el mundo trabaja por fuera de su comunidad (de su barrio en términos modernos), muchos estudian en la periferia de la ciudad (si es que viven en la ciudad en la que se encuentra su centro de estudios). Además vivimos unos encima de los otros, literalmente.

 

Hacinados, atestamos las ciudades con concreto y gente, sin dejar de lado, que las expectativas para un ser humano también son distintas y se resumen en estudiar, trabajar y producir. En esa ecuación ¿Hay tiempo para ponernos a esperar que crezca un tomate, en el balcón de nuestros apartamentos… si tenemos balcón? Es mejor esperar que esa comida orgánica, esa comida natural,  llegue a la tienda, al granero (¡Eso habría que verlo!), al minimarket o al supermercado, en cajitas, bolsas o bandejas de icopor o buscarla hasta que la encontremos y comprarla a cualquier precio.

Así nació nuestra propuesta de Happy Farming, como han nacido otras, sintiéndonos incomprendidos y con la angustia de querer tener un estilo de vida diferente. Nació como una preocupación alojada en un pedacito del corazón, en medio de un desayuno con papayas y bananos frescos, tomados de un árbol silvestre en el patio de nuestra casa. Allí, todos los desechos orgánicos, los tirábamos en los tallos de las flores. De repente, casi que sin darnos cuenta, había crecido justo en frente de la ventana de la cocina, un papayo, un dulce e imperfecto papayo, con los más deliciosos frutos ¡Campanazo y a la acción! ¿Cómo podríamos contribuir a desacelerarnos, a pensarnos las cosas de manera distinta y tal vez a ayudar a otros que lo hicieran también? ¿Cómo seguir disfrutando de ese momento mágico en el que la tierra, con o sin nosotros, ofrece los alimentos más sabrosos? 

{gallery}Galerias/la jinca/{/gallery}

Fotografía de la granja de Pura Vida Green Store en la vereda El Alcaparro en Tabio, Cundinamarca. 

Empezamos a recorrer la galería y los mercados orgánicos, a conocer personas y sus productos: trigo, tomates silvestres, pimentones, cebollas, quesos frescos, huevos felices, legumbres y claro, no todo era orgánico. Ahora, hasta dentro de los pequeños productores encontramos la utilización de algún tipo de químico. Y es que la dificultad radica en el concepto del monocultivo: nuestros ancestros sembraban diferentes tipos de alimentos al tiempo, en huertas diversificadas. Este es el primer paso para combatir las plagas, porque la combinación de plantas contribuye a que se protejan las unas a las otras, en cambio, en los monocultivos, las extensiones del mismo producto las dejan vulnerables, expuestas a la llegada masiva de su exterminador. 

Por eso, nos dijimos, promocionar la comida orgánica, no podía ser solo una búsqueda personal o un movimiento, como coleccionar manillas de causas. No era suficiente con que fuera solo una necesidad o una preocupación por mí mismo. Lo más interesante de la comida orgánica, es impulsar –o recuperar- otras prácticas, otras interacciones, no solo alimenticias, sino también comerciales y sociales. Es importante contribuir a retomar prácticas más sencillas, más directas con los proveedores de alimentos. 

En estos tiempos, comer no es solo comer. En este mundo que parece no estar hecho para nosotros, debemos darnos un lugar y construir nuevas posibilidades, porque sin duda, como lo escribía Foucault en los ochentas, “el objetivo principal en estos días no es descubrir lo que somos, sino rechazar lo que somos”. Lo que comemos tiene implicaciones en nuestras relaciones, en nuestra sociedad y por lo tanto, es un instrumento para fomentar una posición política que sea consciente, respetuosa y protectora, una posición política que fomente los valores comunitarios y las relaciones sociales cercanas, cooperativas y constructivas construidas desde nuestras nuevas realidades y en medio de las bondades de la red global. 

Sembremos tomates en nuestro balcón o en las ventanas de nuestras casas, utilicemos las hierbas frescas que tengamos en materas en nuestra cocina ¡Hay miles de posibilidades! ¡Explorémoslas! Y disfrutémoslas.  Lo interesante va a ser no solo cuidar de nosotros mismos y de nuestras familias, sino contribuir a desacelerar nuestro estilo de vida y el marchitar del planeta. No busquemos comida eco, asumámoslo como un estilo de vida y seamos eco, acercándonos a otras posibilidades, sacándole tiempo al planeta y a todos los seres que habitamos en él.cierre