Escrito por 

En Portada

En 1983 las cosas iban bien para mi familia. Ese año fuimos a la Florida por primera vez. Mis padres cumplieron a cabalidad con la gira por Disney World que un par de niños esperan. Nos compraron gorros de Mickey Mouse con nuestros nombres escritos en hilo amarillo en la parte trasera, montamos en Space Mountain —una montaña rusa que recreaba la experiencia de un cohete lanzado al espacio— y vimos las orcas asesinas de Sea World. No podíamos pedir más.

Apenas regresamos a Bogotá vimos una y otra vez el video que mi padre grabó con una cámara Sony SL-F1 que compró durante el viaje. Había ahorrado dinero exclusivamente para tal fin y quería la mejor del mercado, así que le vendieron una unidad de video de última generación. El problema es que el vendedor no sabía ―o sabía y por eso vio la oportunidad de salir de este aparato― que ese mismo año Sony lanzaría la primera Betamovie, lo que dejaría a nuestra flamante cámara convertida en una viejera con tan solo unos pocos meses de uso. La Betamovie podía ser operada por una persona, mientras que la SL F-1 constaba de la cámara, que manejaba mi padre, y un aparato para grabar que tuve que cargar al hombro durante ese viaje y los próximos. 

A los dos años fuimos de vacaciones a Cartagena. Las cosas seguían bien. Alquilamos un apartamento en el Edificio El Conquistador, en Bocagrande. Esa misma tarde mi padre sacó su cámara y decidió que debíamos grabar en la playa. Yo lo seguí, con el aparato de grabación al hombro. Mientras filmábamos las olas y los bañistas, llegó un niño corriendo y nos preguntó a quemarropa:

Eso era lo que la gente creía al ver aquel armatroste, nuestro pretendido símbolo de prosperidad. La verdad sobre nuestra cámara nos cayó encima como un piano. Bueno, me cayó a mí. Me sentí avergonzado. Mi padre siguió orondo, como si nada hubiera ocurrido. Y así un par de vacaciones más. Una de ellas fuimos a Medellín, pero antes pasamos por el Disney World nacional: la Hacienda Nápoles. Recuerdo a mi padre filmando desde la ventana del carro los dichosos hipopótamos, las garzas, las jirafas y yo en la silla del copiloto, operando la grabadora de video. Ahora que lo pienso, uno de los hombres de Pablo Escobar podría haber pensado que éramos de algún noticiero y estábamos filmando sin permiso. Creo que nos salvamos de un incidente molesto por muy poco.

En varias ocasiones le propuse a mi padre que cambiáramos la cámara por una Betamovie. Sin saber absolutamente nada del tema siempre me respondía que la Sony SL F-1 era semi-profesional, las otras apenas alcanzaban el rango de cámaras familiares. Pero bueno, esa había sido la idea, tener una cámara para hacer los vídeos de las vacaciones, no documentales. 

Cuando llegué a la adolescencia me negué a cargar más la grabadora. Mi hermano me sustituyó por un tiempo, no mucho. Después, cuando mi padre se hizo a una pequeña finca de recreo guardamos la cámara en una caja y nos dedicamos a la piscina. Él por su parte se entregó a su afición del momento: la fiebre de la vuelta a España y las etapas ganadas por colombianos en el Tour de Francia lo impulsaron a comprar una bicicleta de carreras italiana, azul plata. Empezó a montar todos los fines de semana por las carreteras aledañas a la finca con la mala suerte de que el aparato se pinchaba cada tanto. Después de llevarla varias veces a una tienda especializada se convenció por fin de que su caballito de acero estaba hecho para un velódromo y no para nuestros caminos infames. 

           

 

Hace unos meses, durante una mudanza, encontré los casetes de video del viaje a Miami y a Medellín. Los llevé temblando de alegría hasta un sitio donde convierten cintas de Beta y VHS. Quería ver la gran bola de acero de Epcot Center y las imágenes de los hipopótamos. A los dos días me llamó el encargado de la tienda. Tenía malas noticias: las cintas estaban en blanco. Seguramente las habíamos dejamos mucho tiempo sobre el Betamax, debajo del televisor. El campo magnético las había borrado. Eso fue lo que me dijo. No pude ver a mis padres cuando todavía estaban casados y no habían quebrado, cuando éramos algo así como una familia feliz y teníamos una cámara SL F-1
 

 

Nota: Andrés Felipe Solano trabajó como periodista de la revista Cromos y fue editor de crónicas de la revista SoHo. Sus artículos y crónicas han aparecido en importantes publicaciones como Gatopardo, Rolling Stone, Arcadia, Semana , El Espectador y Rio Grande Review. Sálvame, Joe Louis fue su primera novela y recientemente nos delita con su nuevo libro: Los hermanos cuervo.

Video by Bacánika on Grooveshark