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Enamorarme de objetos inanimados, como libros, cuadernos o estampitas de santos. Enamorarme para siempre y desde siempre de sábanas. Sábanas de dinosaurios, blancas de algodón, de Miss Piggy, de líneas de colores pasteles, de flores rosadas. Podría vivir en un mundo construido enteramente con estas. 

Las sábanas son muchas cosas. Son mi objeto favorito. Son mapas. Mapas donde se entretejen sueños y deseos, y secretos y olvidos. Nuestras sábanas favoritas son un territorio íntimo que vamos llenando, a consciencia o no, de pequeñas marcas. Marcas como los pines que con entusiasmo distribuimos entre los países a los que hemos ido o a los que queremos ir; las ciudades donde dejamos el corazón y aquellas que no nos verán volver. Así vamos marcando: este lado es tuyo, aún cuando no estás. Este lado es mío. Acá en esta esquina: mi gato. Aquí yacen invisibles las marcas de aquella pelea. En este lado quedan guardadas las risas y las cosquillas. Por acá están tatuadas para siempre mis lágrimas. Y así.

Las sábanas son objetos de edificación de memoria: recuerdan, dejan huellas.

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Mi olor favorito es el de las sábanas recién lavadas ondulándose enredadas entre corrientes de viento caleño, en un patio lleno de orquídeas y  geranios.

Estar debajo de estos extensos refugios de algodón es lo más cercano a sentirse bajo un abrazo perpetuo, constante, inquebrantable.

Sin embargo, lo que más me enamora, son las sábanas como un elemento de construcción.  Las sábanas que amarrábamos cuando niños uniéndolas con nudos improvisados en las esquinas. Sábanas que hacían las veces de un techo levantado con la ayuda de escritorios, sillas y palos. Eran el material arquitectónico imprescindible de aquellas famosas carpas, hogar de toda la magia y el mejor recuerdo de mi niñez.



Recuerdo construirlas con la ayuda de mi hermano en una esquina de mi cuarto. Lo más difícil de construir era el techo que armábamos con precisión uniendo su sleeping bag (de Mickey) con el mío (de la Sirenita) para asegurar soporte en el centro. De ahí se unían el resto de sábanas, la materia prima. Para las bases usábamos la silla de mi escritorio, al menos dos palos de escoba y el banquito de la cocina. El piso se construía tras la exhaustiva recolección de todos los cojines grandes o medianos de la casa, de todas las almohadas y de todas las cobijas. Una vez armada la carpa cada cual escogía una esquina y ubicaba ahí su “oficina”. Al final de la noche mi mamá nos obligaba a desarmarla pues era hora de reclamar las almohadas y demás accesorios de la hora de dormir. Sin embargo, una vez logramos convencerla para dejar armada nuestra “carpita” por casi cuatro días. Fuimos inmensamente felices.

Debajo de las sábanas siempre hay un universo: uno nuevo ―propio o compartido― uno íntimo, uno que guarda todos nuestros secretos, donde somos lo que realmente queremos.  Cuando era niña jugaba a que debajo de la carpa no se podían decir mentiras, solo verdades.

Crecemos y nos olvidamos de estas edificaciones mágicas de tela porque nos valemos de otros métodos más sofisticados y menos encantadores de crearnos realidades paralelas, de valernos de hogares provisionales, de hacernos a espacios íntimos.

Sea como sea creo que hay que volver a vivir debajo de las sábanas, volver a unirlas por las esquinas, volver a hacer carpas en la mitad de la sala y acostarnos a leer, a escribir, a jugar, a comer helado, a desayunar y a ver muñequitos. Volver a jugar a decirnos siempre la verdad.

La verdad  a nosotros mismos. 

Nota: Amalia Andrade Arango es una escritora caleña, que se hace pasar por la persona que alguna vez dijo: "No estoy llorando, es que me entró un camión de basura en el ojo". Encuentre su blog en Hoja Blanca, donde es conocida por sus lectores como ReginaOnce. @delosnervios 

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