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Yo he tenido mil gafas ―cuadradas, redondas, ovaladas― desde que vi que ya ni siquiera podía verme en el espejo: desde el día de 1992 en que el mundo perdió sus bordes porque sí. Podría decirse, sin vergüenzas ni temores ni acentos, que he dejado en aquellos lentes todo lo que no quería ver. 

Y que no he tenido ningunos anteojos tan justos como los que estoy usando ahora, hoy. Que son feos pero ya no me importa. Que son los más pequeños que me he puesto.  Que no son tan cuadrados ni tan redondos ni tan ovalados. Pero que en verdad me han servido para poner tantas cosas en su sitio. No estoy diciendo ―ojo― que “era ciego pero ahora puedo ver” como en el verso más triste de Amazing Grace, sino que desde que compré estas últimas gafas, porque eran las más baratas que había en ese pequeño local de vidrio, no me he visto ni mejor ni peor en el espejo. A veces me doy igual. A veces me pongo en paz. A veces me doy risa.

Cuando yo estaba en el colegio, cuando el mundo entero tenía 7, 12, 17 años, no era bien visto tener gafas.  Tengo la sospecha de que eso ha cambiado. Tengo la sensación de que hay patios de recreos en los que el niño más temido, más popular, más respetado de reojo es el niño de gafas, pero en esa época, cuando yo era un niño que encajaba a punta de fútbol, de películas y de palabras, el típico gafufo era ―a ojos de la masa estereotipadora― un bobo más bien arrogante, más bien chupamedias, más bien muerto de miedo, que reparaba en los exámenes de cada bimestre todo lo que se le rompía en la vida real: gafufo era el pitufo filósofo que le limpiaba los hombros a papá pitufo, gafufo era el hostigante Murray Bozinski de Riptide, gafufa era la torpe identidad secreta de Clark Kent, el único superhéroe que a mí me importaba: Superman. Y entonces yo no me atreví a decir que el mundo era borroso sino hasta que cumplí 17 años.

Corrijo: en 1992 mi hermano mayor, Eduardo, comenzó a sentir que algo estaba pasando con sus ojos mientras leía y leía Terranostra (la culpa, se supo después, era del libro) y mis papás pensaron que el paso a seguir era llevarnos a los dos al oculista. Mi miopía era mi más grande secreto, por supuesto. Me tocaba hacerme más cerca de la pantalla en el cine para no perderme los subtítulos de la segunda parte de Arma mortal. Tenía que pegarme a la nariz los cómics de Carlitos para captar los chistes, y ni siquiera así los entendía. Y sin embargo ―soy modesto pero me reconozco este talento― siempre he sido bueno para aplazar las visitas a los médicos. Y estaba dispuesto a inventarme cualquier excusa ochentera, que en la tarde hay un simulacro de evacuación en el colegio o que a esa hora justo hay una misa por un niño secuestrado, para evitarme la deprimente cita al oculista.

Pero los ojos de Eduardo estaban cansados, pobres. Y yo, que como todo hermano menor tenía algo de personaje secundario (“¿tú eres el hermano de Eduardo?”), me vi un día atrapado en una consulta sofisticadísima para la época en la que no era capaz de ver las humillantes letras pequeñas de la tabla de Snellen bajo las carcajadas de los miembros de mi familia. A mi hermano le dijeron que estaba bien: que quizás leyera menos, que tal vez leyera Carlitos. Y a mí en cambio se me quedaron viendo fijamente estos ojos tan miopes como si estuvieran ante un hallazgo de la ciencia. A la semana siguiente, por supuesto, era un gafufo de aquellos, pero no estaba dispuesto a que nadie en el colegio lo supiera. Todo ese 1992, cuando ya era, fracasos más, fracasos menos, la misma persona que soy, jugué fútbol por puro instinto, vi películas pegado a la pantalla y escribí como un monje inclinado ante mi propia fragilidad.

Fue al año siguiente que asumí mis gafas. Ni modo. No había Woody Allen ni Mahatma Gandhi ni John Lennon ni Atticus Finch ni Francisco de Quevedo que me hiciera sentir mejor. No existía Harry Potter, que puso las gafas de moda, en la imaginación de nadie. Pero no había nada qué hacer: yo, simplemente, no veía ni un poco. Y si bien no aceptaba mi destino, pues no hay nada peor que el pitufo filósofo, mi destino era que por siempre y para siempre mi mano se despertara primero que yo todas las mañanas en busca de mis gafas. Y aquí estoy. He cambiado de anteojos, según datos confiables, 14 veces. He recibido de tanto en tanto la frase “yo no me lo imagino a usted sin gafas”. He tenido marcos de todos los tamaños y todos los materiales y todos los precios. He sido el lugar común de los gafufos, y me he metido a la ducha, me he dormido, me he puesto a jugar fútbol con los lentes. He pisado un par. He torcido otro. 

Y me he negado a operarme la miopía porque ―soy modesto pero me es indispensable citarme a mí mismo― “qué tal que el tipo estornude mientras está operándome”.

Pero sólo hasta estas últimas gafas me ha dado igual ser lo que soy. Al principio las odié, como se odia a un desconocido, con más hastío que ira. Tienen un borde rojizo que rompe con mi regla de oro a la hora de ponerme cualquier cosa: que nadie se dé cuenta, que nadie comente, que nadie me vea. Si fueran un perro serían un perro callejero de raza indeterminada. Pero dos años después de vérmelas en el espejo ―con 4.75 de miopía en cada ojo: “uy, no”, grita estremecida la gente que juega a ponérselas― puedo decir que ni me enorgullecen ni me avergüenzan porque ni yo mismo me doy cuenta de que las tengo puestas. Desde que las uso todo está en su sitio, eso sí. Desde que me las pongo no soy ni más alto ni menos calvo sino sólo una persona con gafas que tiene sus propias pruebas de que el mundo es una mancha informe. De vez en cuando se les zafa uno de los brazos. Pero a quién no. Y a quién le importa.

Y eso es: que si aprieto los ojos lo suficiente alcanzo a ver que estoy diciendo esas dos frases, “a quién no” y “a quién le importa”, como si por fin me hubiera graduado del colegio. Que es todo un logro. Que no es fácil.

Nota: Ricardo Silva Romero es autor de los libros Podéis ir en paz, Sobre la tela de una araña, Réquiem, Relato de Navidad en La Gran Vía  y Tic. Tiene también una de las columnas de opinión más reconocidas del país en el periódico El Tiempo. 
Encuéntrelo en @RSilvaRomero y www.ricardosilvaromero.com.

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