Un punto negro

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El tiro impactó justo en el atlas. No muerto, no vivo. ¿Condenado? Sí, en definitiva. Orwell no fue hecho para servir, así que nadie le serviría, al menos, con gusto. Tendré que verlo en la silla de ruedas, balanceando su cuerpo en los pocos centímetros de movilidad que le permite, dando órdenes altivas e inexactas, iracundo, imposibilitado, en fin, muerto.

Tres de la mañana. Frío. Y el recuerdo de una decena de cadáveres. Fríos y muertos: ¡grandioso! Viernes. ¿Mujer? ¿Sexo? No. ¿Vodka? Por favor, un vaso de vodka sin hielo, sí, deje la botella. Orwell, Orwell. Creo ver rasgos de su fisionomía en los pocos cuerpos sobrevivientes a una noche escandalosa de una ciudad más bien parca y apagada. El hombre se traza gracias a líneas y contornos de otros seres y a mi evidente estado deplorable. Esta madrugada, el rostro de John Orwell parece un cuadro de Pollock hecho con saliva. Frío, alcohol, muerte, sudor y los recuerdos mareados de un joven detective.

 ––¿Un cigarrillo? ––pronuncia una voz inesperada a mi izquierda, en la barra, una mujer joven, demasiado delgada y con el maquillaje desvanecido–– Creo que te he visto antes, pero no sé dónde. Quizá tú sí recuerdes dónde nos hemos visto.

 ––Se equivoca. No la conozco ––sin embargo, acepto el cigarrillo. Expulso tres bocanadas y decido largarme.

 –– ¡Oye! ¿Te vas tan pronto? ––pregunta la chica mientras cruza las piernas en el taburete.

 –– ¿Tiene idea de qué hora es?

 ––Las tres y media. Hasta ahora comienza el día…

 ––Lo siento.

 –– ¡Espera! ––me hala de la chaqueta––: solo quiero saber si buscas compañía.

 ––No, gracias.

 ––No soy una prostituta, si es lo que piensa.

 Sé que no es una puta, al menos, de oficio. Sus ademanes me lo dicen; además de un Lacoste en su cartera.

 ––Está bien. ¿Dónde vives? ––le preguntó mientras salimos de El Cafetín.

 ––A dos cuadras. Entonces, ¿si vienes?

 ––Hasta ahora comienza el día.

 La mujer reproduce el audio. Hendrix arde en sus hormonas. Foxy lady, you’re a little sweet lover maker. Canta, mueve su cuerpo a centímetros del mío. No me confío y apoyo mis manos contra la puerta del apartamento, quedándome en el marco. Se retira un momento y vuelve con una bolsa ziploc llena de polvo blanco. Cocaína. Drogas, sexo y rock and roll. Es demasiado para un espíritu desecho como el mío y para una placa de detective. Adiós, nena. 

Un nuevo cuerpo. Tres días atrás una bala le atravesó el occipital. Su olor a sangre y cabello, a violencia y soledad descubren el dato. Viernes. Retorna el viernes. Y arrastra consigo unos ojos ahora cristalizados, un par de piernas, y un aliento a foxy lady. Mierda. Es Johana Orwell…La tuve, pero la dejé ir. ¡Condenado infeliz!

¿Remordimiento? El remordimiento decrece. No soporto verla más. Así que me apartó y abro espacio a un par de conjeturas. Primera: se confirma la hipótesis de “homicidios en línea familiar”, de lo contrario la chica no estaría muerta; segunda: el asesino no falló el disparo a John, todo lo contrario, con la muerte de su hija sé que busca matarlo en vida; tercera: se trata de venganza. Sí. Venganza. Sé que no es un móvil exótico. Muchos homicidas danzan con ella, se acuestan con ella y luego le agradecen el impulso que les ha dado para matar. Y lo hacen, matan.

Debo pensar en John. El hombre aparece como algo más que un recuerdo, cuadros en serie de impresiones mías. Su dinero, por ejemplo. Nació con él, creció con él y se reproduce con él. Colombo-americano, tiene el físico de su segunda patria y un corazón indígena e ibérico. Sus risitas de soslayo, sus movimientos azarosos, su capacidad charlatana. Cerdo. Síntomas de un cerdo traicionero. ¿Su único amigo? El scotch. ¿Enemigos? No se podrían contar con los dedos de ambas manos. El zoquete debía cuentas. Y sucedió lo del tiro y después su hija también pagó por sus saldos.

Orwell me espera exactamente donde lo conocí. En un edificio, piso séptimo, ala occidental, 705, biblioteca, escritorio, silla detrás del escritorio. Pero en esta oportunidad me da lástima y horror. Se zarandea cuando me ve. Su rostro me lee. No hablo.

––¿Qué quiere? ––prorrumpe como un rayo.

 ––No parece de luto ––guardó silencio, tres segundos––. Usted sabe por qué estoy acá.

El hombre no tiene silla eléctrica, en cambio, cuenta con una mujer para que lo mueva. Encuentra placer en ser servido.

Observo a la mujer y le pido que se retire. John no lo permite:

 ––Lo que me tenga que decir puede hacerlo ahora.

 ––Bien. Vi el cuerpo de Johana, ¿sabe a qué se dedicaba su hija? Y no solo el cuerpo, también estuve en su apartamento recogiendo evidencia, usted sabe de eso… Y, ¡diablos, la chica sabía cómo divertirse!

 ––Jódase ––susurra.

––Noticia, Orwell: ya estoy jodido. Just like you.

 ––Roberto, ¿recuerda aquel viernes? Ese viernes que se encontró con una bella y desconocida mujer en ese sucio sitio que frecuenta ––ríe de soslayo––. ¿Sabe a quién llamó esa mujer, Johana, después de su partida, maldito cobarde? ––guarda silencio, pero sin ninguna reacción de mi parte, continúa––. Imagínese como sonaría, el detective inexperto que se cree un solitario, sospechoso. Usted será como un punto negro, como un molesto punto negro en un cielo de verano: indeseable.

Vuelvo a la mujer, y observó en ella una risa placentera. Entonces le respondo a Orwell:

 ––Por Dios, Orwell. Usted y yo sabemos por qué mataron a Johana; ahora, dígame, ¿cuál de sus amiguitos pistoleros lo hizo?

–– ¡Lárguese! ––dice estirando el borde izquierdo de sus labios superiores, mostrando sus dientes en una expresión de can asesino. 

 Vuelvo sobre esa madrugada del viernes, una y otra vez. Repaso los dos, tres rostros que aún estaban en El Cafetín. Recuerdo las calles que cruzamos, si alguien estuvo cerca en algún momento y… nada. No hay nadie. Así que, ¿hubo alguien dentro del apartamento de Johana antes de que llegáramos? ¿La esperaban para matarla? O ¿invitó a alguien más esa madrugada? Luego, vacilo sobre mi propio riesgo. Orwell, ¿acaso, me tendría una encrucijada?, ¿por qué lo llamó Johana después de verme?

El cerdo colombo-americano fue perseguido por mí en múltiples ocasiones. Casi que una decena de cuerpos apuntaban a personas con conexiones directas a su compañía o a él. Sin embargo, como todo buen cerdo con dinero, limpiaba o lograba acomodar ––o alguien dentro del sistema de justicia lo hacía por él–– las evidencias de tal manera que no resultaba implicado lo suficiente como para ponerlo en una celda. Entonces, gracias a la investigación de uno de esos cadáveres, nos conocimos y de inmediato nos odiamos. Una suerte de espejo entre él y yo nos movía. Su mente calculadora, su nula consciencia, su pasado burdo, gris, impuro; en sí, su asquerosa vida de antihéroe, era como lo mía ––héroe, en mi caso, nauseabundo héroe––. Tuve la sosa oportunidad de verlo muchísimas veces en su empresa; quizá, en alguna de esas oportunidades, Johana visitaba a su papi y me vio. Le llamó la atención algo en mí, mis ojos como inyectados, mi gran estatura, o la barba mal afeitada; se lo comentó y él la puso al día. “El rabioso que quiere destruirnos, hija”, le diría con ojos de gato mimado a su “purísima” nena.

Sabía que Johana Orwell era la típica niña consentida ocupada en llenar su estómago de alcohol y su sistema nervioso de polvo blanco; además de tirarse a cualquiera que quisiese cogerla. Siendo un trompo libertino dentro del mundo de su papá ––uno en el que él hacía de jinete sobre el globo terráqueo–– era una ficha demasiada floja, suelta, así que nunca estaba sola. John no podía acarrear ese riesgo, no teniendo a cientos de jockeys locos por ocupar su silla. Entonces, ¿dónde estaban sus guardaespaldas esa madrugada?, ¿tan fácilmente  la encontré sola en un sitio en el que debes tener un alma de insecto para sentarte en uno de sus taburetes?

Como sea, Orwell sabe que esta vez la fuerza de mi cacería viene con todos mis huesos y yo sé que me detesta porque le teme al poder de la obstinación de un hombre destruido. Tienes miedo y voy por ti, perro sucio, te cazaré, así me encuentre conmigo. 

He sido interrogado. John ha delatado mi encuentro con su hija, horas antes que una bala le traspasara el cerebro. Aún no me dejan fuera del caso, como sospechoso, pero sí me han sacado de él como detective y, de paso, de cualquiera que tenga relación con la “gran familia” Orwell. Como saben que no me abstendré de seguir con mi cacería a pesar de sus mandatos burocráticos, sé que hay un par de hombres siguiéndome. Me quieren fuera, no soy como ellos; no devoro la mierda de tipos como Orwell por dinero.

Desde luego, días antes de ser llamado para declarar como sospechoso, me moví. Volví a revisar las evidencias recolectadas en el apartamento de Johana y encontré una, muy fuerte, que no estaba en mis anotaciones y registros personales sobre el caso, hecho muy extraño porque soy un tipo metódico y certero. Además, sobre esas mismas evidencias había sacado las siguientes conclusiones: La primera, sobre la puerta no forzada, alguien conocido accionó el arma. La segunda, poca comida como ropa había en el lugar, no obstante, licor––desde cerveza hasta coñac––, drogas ––cocaína y éxtasis–– y preservativos abundaban como para un festival hippie, de hecho, también la suciedad del lugar indicaba que el apartamento era la “olla” privada de la niña. Tercera, más allá de determinar el calibre del arma gracias a su poder de destrucción en el cráneo y cerebro de Johana, no hay más pistas. Sorpresa al regresar a lo archivado oficialmente sobre el caso. Ya había unas huellas. Acceso denegado para el detective inexperto por llamado a declaración, cuando intenté profundizar sobre ellas.

Además de ir de nuevo tras las evidencias, también decidí ir a El Cafetín todas las noches y quedarme hasta la madrugada para observar a los sujetos, tal vez podía identificar algún rastro similar visto ––cierta forma en una mandíbula, curvatura en una nariz, hombros, posturas–– esa madrugada con Johana e ir tras él, pero no sucedió así. Intenté hablar con el bartender, pero se rehusó de una manera violenta y su porte fue más hermético que de costumbre. Entonces, me llamaron a declarar y pusieron un par de matones detrás de mí.  

Con mis huellas evidentemente plantadas, cero información que lleve, al menos, a limpiar mis movimientos restringidos y una impotencia del tamaño de Rusia, me encuentro encerrado en mi cabeza, recordando el cadáver de Johana Orwell y retornando mil veces a la conjetura más sencilla y probable ––mis dedos sobre el marco de la puerta de Johana––, mientras espero ser encontrado en El Cafetín por la bandada de cuervos sobornados llamados “justicia”. El cazador con carga de redentor, esta vez, será más que humillado, deshecho; no se paseará ante su presa jurando que habrá un nuevo chance para servirla. Él será servido ante ella y el juego entre el uno y el otro, el espejo, no reflejará más. Seré, en palabras del mismo Orwell, un punto negro; sin embargo, desde la prisión, no habrá un cielo de verano. 

Nota: Ingrid González es la ganadora del primer puesto del concurso de Bacánika: Historias negras para nuevos talentos.