Un crimen por medida

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Me había encantado Cobro de sangre, la novela de un autor colombiano desconocido para mí hasta ese momento: Mario Mendoza.

Esa obra comenzó a obsesionarme, incluso me bloqueó en la que yo creía tener bien definida y estructurada. Ya llevaba varias semanas sin escribir una sola línea, incapaz de aceptar el reto de sentarme frente al teclado del ordenador. Madrid, y todo lo que esa ciudad significaba— familia, amigos y editorial —, me asfixiaba. 

Así que decidí irme a Bogotá. Había algo en mi interior que me gritaba la necesidad de ese cambio y que esa ciudad que había construido en mi imaginación gracias a aquella novela me inspiraría. Y tomé la opción de largarme solo, rememorando mi primer viaje al extranjero, a Londres, cuando me colgué una mochila al hombro y me presenté en la estación Victoria preguntando en un inglés mal chapurreado por un alojamiento barato. 

En Bogotá hice lo mismo, aunque no con idéntico resultado: me enviaron a un hotel cercano al parque de la 93 que resultó más caro de lo que había anotado en el presupuesto de gastos que había realizado una vez más para entretenerme durante las más de nueve horas de vuelo. 

Esa misma noche salí a dar una vuelta. Era jueves, pero existía mucha animación en todos los locales que rodeaban al parque. En una cervecería me topé con dos chavalas estupendas, sobre todo una, que tenía unos ojos verdes preciosos, una sonrisa que daba vergüenza y unas tetas grandes y presumiblemente duras que parecían acercarse cada vez más en dirección a mí. Se llamaba Luz Adriana y me confesó dieciocho años. 

Durante un par de noches fue mi cicerone en una ciudad que me pareció menos destartalada de lo que había pensado. Cenamos en un par de sitios de moda, llenos de gente pija y tomamos unas cuantas copas en lugares iluminados por velas en el barrio de Usaquén. Ella estudiaba administración de empresas, vivía sola en un apartamento junto al parque del Virrey y le encantó que fuera escritor. Pese a mis temores, no le importaban en absoluto esos quince años de diferencia en nuestra edad. Yo sentía un poco de vergüenza de que alguien creyera que estaba abusando de una menor, pero cuando le miraba las tetas se me iba al limbo cualquier pensamiento de culpabilidad. 

El lunes por la tarde me la follé. Era una máquina en el sexo y además un encanto. Para tener dieciocho años se notaba que tenía mucho camino recorrido y reconocí que en algunas cosas me daba mil vueltas. El martes ya me había instalado en su apartamento, desahogando así mi presupuesto y mis ganas de follar con aquella maravilla. Me hizo prometer que no le contaría a nadie que estaba viviendo con ella y que tratara de pasar lo más desapercibido posible para los vecinos porque sus padres eran muy estrictos. Ni siquiera le había contado lo nuestro a su mejor amiga, a aquella que la acompañaba cuando la conocí. 

Luz Adriana era un portento en la cama, una mujer que parecía destinada solo a dar placer a un hombre. Pero también tenía algunas aficiones que la deslumbraban durante un tiempo hasta olvidarse de ellas y abandonarlas. Eran como fogonazos que pronto desaparecían de su ánimo. Y algunas comenzaron a resultar algo fastidiosas. 

No me importó demasiado sus manía de ordenar los objetos y espacios para crear energía positiva, ni creo que ella precisara de más porque yo estaba iniciando un proceso de extenuación con tanto sexo, que ni cuando le llegaba la regla se abstenía de “hacerme feliz”. Trataba de conseguirlo no menos de tres veces al día por el medio que fuera. Tampoco me supuso mayor molestia su etapa de creadora de camisetas, obligándome a salir a la calle con ellas: daba un poco el cante, pero nada más. 

Cuando comencé a sentirme un poco hasta los huevos fue con su inicio de clases de cocina hindú. Mi salud siempre había sido espléndida, a no ser por cierta debilidad gástrica. Y los picantes y demás especias de la gastronomía de la India me empezaron a hacer mella y generar un mayor número de gases de lo normal. Si ha habido algo que siempre he considerado como el punto que da inicio al fin de una relación sentimental es el primer pedo en la cama. Así que como las tetas seguían siendo las mejores que había podido chupetear en toda mi vida, me pasaba largos ratos en el baño hasta que con la complicidad una y otra vez de la cisterna descargándose lograba evacuar el peligro. Después vinieron sus pasiones por el yoga y algunas tontunas más, ingenuas muchas de ellas pero, como decían por allá, en ocasiones muy jartas y cansonas. 

Su penúltima afición fue la pintura. No tenía mal trazo y su sentido del color era bueno. Primero comenzó con unos bodegones que recordaban demasiado, siendo generoso, a los que pude ver con ella en una gira por el Museo Botero. Un comentario mío en ese sentido hizo que cambiara el estilo y se decidió por los desnudos. Y, claro que por los masculinos, convirtiéndome en su único y exclusivo modelo pese a lo mal que me sentía en pelotas mientras ella no dejaba de mirarme. 

Los desnudos eran parciales, siempre centrados en posiciones en las que el abdomen y las piernas componían piezas con cierto sentido y armonía, confiriendo sin duda una cierta originalidad a las obras. Pero en todas, y casi como si fuera un invitado que se asomara a la escena, aparecía mi polla. No era que me molestase que la pintara, sino que en realidad no parecía convincente que formara parte del cuerpo pintado con cierta habilidad en el cuadro, sino un pito extraño que hacía irrupción en la obra descolocado y con el capullo como si estuviera entretenido en observar con curiosidad el resto de la anatomía. 

Pero lo que más me desagradaba, hasta el punto de darle quejas por ello a Luz Adriana, fue que me lo pintaba muy pequeño. 

—Luz Adriana: no es que yo tenga un pollón de protagonista de película porno, pero me parece que siempre te quedas corta. 

Ella me sonreía, miraba al cuadro y luego me respondía que no consideraba que fuera tan pequeña. Yo, por los cálculos que hice regla en mano, concluí que las pollas en descanso de los cuadros variaban entre seis y siete centímetros a lo máximo y según mis mediciones deberían ser de no menos de nueve centímetros. Eso sin estar en erección, que entonces llegaba con facilidad a los 12. 

Pese a mis protestas, no modificó las medidas en las siguientes obras, hasta que, ya harto, me negué a seguir posando. Entonces se fue a una escuela de arte y en el primer cuadro, en el mismo estilo a los anteriores, y se supone que con un nuevo modelo, apareció una polla que alcancé a calcular que no bajaba de los 16 centímetros. 

Aquella situación, junto a otras manías y defectos que el corto tiempo de nuestra relación no me había permitido advertir, hicieron que nos distanciáramos un poco. Ella dejó las aficiones por un tiempo y trató de agradarme en todo. Pero yo tenía un resquemor y un hastío que en varias ocasiones me hicieron pensar en abandonar para siempre aquel apartamento y regresar a Madrid. 

Hasta que volvió a retomar su pasión por la gastronomía, esta vez eligiendo la japonesa. Y yo odiaba este tipo de cocina, sin, la verdad, tener una razón para ello. Pero para entonces ya todo me daba un poco igual y tampoco me molesté en indicarle mi falta de interés por aquella exótica comida. 

Una noche me acordé de alguna historia negra que Mario Mendoza —al que por fin había conocido— me había contado. Era una historia de sórdidos lugares en el centro de Bogotá en el que temibles personajes te podían ofrecer desde un fusil ametrallador hasta órganos para trasplantes pasando por heroína, bazuko y cualquier otra droga imaginable. 

—Cianuro, por favor.

 

Ahora, ya nuevamente instalado en el sosiego de mi casa en Madrid, he recuperado las fuerzas y la inspiración. La nueva novela no es la que tenía pensada, pero me gusta la idea y la estoy desarrollando a una velocidad de vértigo. Nunca había escrito nada sobre crímenes ni nada parecido, pero esta historia de un hombre que no puede soportar el constante desprecio de su pareja y termina por envenenarla con unas gotas de cianuro en una sopa de pescado al estilo japonés le está encantando a mi editor. 

Eso sí, follo menos. Pero no hay nada perfecto, que diría un personaje de Billy Wilder.