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De repente ya tenía a la ratica en su ángulo de visión y un instante después en la mira de su revólver. La adrenalina le recorrió el cuerpo de arriba a abajo. Revivió el sentimiento de superioridad que sintió cuando los ojos de la rata se desencajaron y corrió despavorido. Le gustaba el poder que le hacía sentir el 38 entre los dedos, amartillado, listo para escupir fuego.

Héctor quería un arma, entonces se volvió celador. En la empresa de seguridad privada Falcon Security Limitada, les bastó con ver su libreta militar y el pasado judicial en regla (para contratarlo).Luego de la incorporación formal y una corta capacitación, más que obvia, tres días después, Héctor ya estaba sentado en la portería del edificio Concorde con un revólver Llama Scorpio, 38 largo, recién engrasado. 

El recibidor del edificio era amplío, rectangular. Tenía una sala amoblada con dos sofás de cuero teñidos, dos sillones del mismo material y alfombrado de rojo desde la puerta hasta las escaleras. En el techo había una cornisa gigante con cajas para la luz, que con la pintura dorada salía más clara e intensa. Héctor pensó que Concorde era un buen nombre para el edificio.

La tableta verde que forraba las paredes le parecía a Héctor que le daba al lugar un ambiente aséptico y un olor particular, mientras sentado en su silla abullonada acariciaba su 38 terciado en la parte posterior de su pantalón con el cañón tallándole los genitales.

Dos días después de recorrer el edificio de palmo a palmo, Héctor se detuvo en la desembocadura de las escaleras y descubrió que ese era el ángulo desde donde se veía más aterrador ese recibidor que le llamó la atención desde que entró al edificio por primera vez. 

El viento helado que subía del parqueadero subterráneo, junto con la decoración setentera del recibidor, le producía a Héctor una extraña y siniestra sensación “como cuando algo malo va a pasar”, concluyó luego de largas jornadas de cavilaciones.

Uno de esos días entre semana que pasaban de largo, casi indistinguibles el uno del otro, el joven del segundo piso, un estudiante simpático que siempre estaba sonriendo, le preguntó a Héctor por qué tenía el revólver fuera de la funda, en los pantalones, como en las películas.

Héctor decidió contarle lo sucedido, ya que el muchacho le caía bien. De ser cualquier otro residente, le hubiera respondido una frase evasiva, de mala gana.

 -Empecé a escuchar gritos de mujer allá afuera. Como las cortinas no dejan ver, me salí a mirar qué pasaba. Una vieja en la esquina estaba gritando y una ratica trataba de quitarle la cartera, pero ella no se dejaba. Yo saqué de una el fierro y me fui hacia el man gritándole ¡Oeee, hijueputa¡ Y el man, cuando me vio con el arma en la mano, soltó a la señora y salió corriendo. ¡Se me hubiera venido ese man!, paila, lo mato. Entonces lo dejé aquí a la mano por si el man vuelve – le dijo Héctor con la cara encendida, las pupilas dilatadas, como si le estuviera contando una película de acción que viviera con toda intensidad.

Contar el episodio le evocó a Héctor esa sensación tan extrañamente placentera que le había producido la situación e hizo que se llevara la mano al 38, en un gesto sexual.

Recordó cómo se aceleró el tiempo cuando sacó el arma de la funda. De repente ya tenía a la ratica en su ángulo de visión y un instante después en la mira de su revólver. La adrenalina le recorrió el cuerpo de arriba a abajo. Revivió el sentimiento de superioridad que sintió cuando los ojos de la rata se desencajaron y corrió despavorido. Le gustaba el poder que le hacía sentir el 38 entre los dedos, amartillado, listo para escupir fuego.

Lo único que faltó para hacer del episodio fortuito la materialización de su fantasía anhelada, fue un paso adelante, un movimiento en falso, para darle a Héctor la excusa perfecta para disparar sin titubeos al tercer botón de la camisa andrajosa de la rata.

Esa evocación le hizo entender a Héctor que no podía esperar más a que el momento deseado surgiera de manera fortuita, de casualidad. Debía provocarlo. 

 

El sonido del citófono lo alertó. Era de madrugada y el botón del 205 no paraba de sonar. Cuando Héctor levantó la bocina, un lejano gemido antecedió a un extraño corte en la conexión.

Héctor se llevó la mano a la cacha del revólver y subió las escaleras con la espalda pegada a la pared, con la prevención de que alguien lo estuviera acechando. Pateó la puerta y un sujeto con una pantimedia en la cabeza estaba estrangulando a la residente. Héctor puso la mirilla del 38 en la cabeza del tipo, amartilló y…

Despertó Todo había sido un sueño y estaba empapado en sudor. Tenía una erección y tardó varios segundos en enfocar la mirada y en recuperar el equilibrio. Horas después, mientras veía el atardecer fumándose un Belmont extra suave, pensó que el sueño que había sido una señal. El destino estaba echado. 

 

Planeó todo de manera cuidadosa, metódica. Durante horas analizó con cuidado cuál era la mejor hora para entrar sin ser visto, cómo iba a huir en caso de que fuera necesario y cómo podría evitar muertes colaterales. Residentes como la anciana y Aguedita, la  Mongolita, le parecían seres inofensivos y que no debían correr peligro.

En cambio, este habitante del edificio -que se escondía tras su uniforme de profesor de educación física- era un monstruo, una “gonorrea”. Las sospechas que Héctor tenía sobre sus conductas impúdicas, se confirmaron el día en que una drogadicta mueca y un gamín rubio, de unos cuatro años, trataban inútilmente de pasar desapercibidos en la silla trasera de su carro.

“Tras su tumbadito de marica y su sudadera de profesor se esconde una bestia” , pensó Héctor. 

 

Ese día se bañó con shampoo. Retiró sus ahorros y cerró su cuenta antes de recibir el turno. Cuando el reloj marcó las 11 en punto Aguedita y su abuelita salieron a pasear su french poodle. Héctor aseguró la puerta principal y subió las escaleras.

Tocó a la puerta. Cuando él, rezongando porque la vieja y la boba siempre se olvidaban de las llaves, abrió. Héctor le puso el cañón en la frente. La cara se le desencajó y sus piernas lo hicieron retroceder unos metros. Héctor engatilló el arma y disparó con el pulso firme.

La bala le entró a la cabeza y cruzó su cráneo, dejando una estela de sangre en la pared. Fue un disparo limpio. Su mente empezó a nublarse, pero pronto salió del sopor. Debía seguir con el plan. Cuando se disponía a darse un disparo en las falanges de los dedos del pie, prueba de que intentó atajar a los asesinos del profesor cuando iban a huir, escuchó un golpe.

Del 206 salió la mujer elegante que hace media hora se había anunciado en la portería, con una pistola automática con silenciador en la mano, con humo saliéndole del cañón.

La dama le ganó la mano y le incrustó un tiro en la garganta. Héctor cayó al suelo y vio lentamente, cuadro a cuadro, cómo la mujer bajaba su brazo derecho en dirección a su cabeza. Sin ver, sin calcular, Héctor le soltó un balazo en corazón a la mujer del sastre blanco.

Se puso en pie con dificultad. Trató de parar el chorro de sangre que manaba de su cuello con la mano derecha y cuando terminó de pararse sintió dos fogonazos en la espalda. Se metió al apartamento y se parapetó tras un bifet de caoba. Un negro con gabardina se asomó por la puerta y dejó caer una ráfaga de semiautomática. Héctor aguantó la respiración, contó unos segundos y salió de su escondite disparando a discreción. El negro cayó fulminado.

Entre sombras, Héctor observó a otro tipo que le disparó en el estómago. Todo se oscureció. Abrió los ojos de nuevo y alcanzó a ver, desde el piso, el cuerpo del tercer hombre tirado en la puerta. Se desmayó.  

“Masacre en Chapinero”, “Cinco muertos deja ajuste de cuentas”, “De vigilante a héroe” rezaban los titulares de prensa amarilla que las enfermeras del hospital, muy amablemente, habían guardado para Héctor. 

 

Ocho semanas y ocho balazos después, Héctor recibió el periódico en su nueva oficina de supervisor. En primera plana había una foto de la anciana y Aguedita con el titular de “¡Piden justicia!” a cuarenta puntos de fuente y en rojo.

“Dos meses después de la masacre de Chapinero, las autoridades no han podido explicar el papel del profesor de Educación Física, residente del apartamento 205 del edificio Concorde que cayó asesinado en una vendetta de narcotraficantes. Sus familiares piden celeridad en la investigación”, anunciaba un tabloide.