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El año anterior se presentó un caso extraordinario en Mocoa: un mago que hipnotizó a un grupo de niños en un colegio tuvo problemas para despertarlos. 36 niños, de un grupo de 42, fueron llevados de urgencia a la clínica. Los médicos diagnosticaron un cuadro de neurosis colectiva inducida por el evento de la hipnosis.

Y, por supuesto, el mago fue a dar a prisión. La noticia fue reseñada por los distintos medios de comunicación. En la radio, un eminente psicólogo habló con voz de ultratumba de la existencia de palabras mágicas, capaces de alterar la conciencia no solo de los niños sino también de los adultos. Y sentenció, con su voz que parecía llegada del más allá: “El poder de la mente es infinito”. En la televisión, un sociólogo comentó que no veía la razón de tanto alboroto: “Es que en Colombia llevamos muchos años viviendo en un estado colectivo de hipnosis”. Con el paso de los días, la noticia se fue apagando y los medios se olvidaron del mago de Mocoa y los 36 niños sonámbulos, como se olvidan unos zapatos viejos en el fondo del armario.

 El género negro se alimenta de este tipo de anécdotas para mostrar las otras caras de la realidad, el lado oscuro de la noticia que nunca muestran los medios de comunicación y que casi siempre resulta ser el lado más humano. El género negro, como la literatura y el arte en general, usa la realidad como un pretexto, un punto de partida para interpretarla y reinterpretarla. Es profundamente social, pero trasciende la simple denuncia de la impunidad, la injusticia, la maldad y la inequidad que se da en Colombia como en cualquier lugar del mundo. Posee el encanto de los relatos de aventuras y se sirve de los tópicos recurrentes del género policíaco, pero va más allá de la predecible historia del investigador que tiene que resolver un enigma, ya sea con muertito o sin él. Estas anécdotas provenientes de la realidad se someten ya no a la veracidad― qué tan ciertos son y si en verdad ocurrieron ― de los hechos sino a la verosimilitud― qué tan creíbles y convincentes pueden llegar a ser ―, pues toma distancia de la realidad que la origina para crear el mundo propio de la ficción. Pero basta de carreta.

 Imaginemos cómo comenzó el día nuestro mago: Nubia se llama su esposa y, aunque es más joven que él, ya tiene arrugas en la frente de tanto fruncir el ceño al saber de cada locura de su marido: payaso de pueblo, locutor de pueblo, saltimbanqui de pueblo y ahora mago de pueblo. Le sirve el desayuno y contempla el interior del maletín que está sobre la mesa: la capa negra por un lado y roja por el otro, el viejo sombrero de copa y la varita mágica. Nubia le pregunta: “¿Cómo es que te harás llamar?”. Y él, con una sonrisa, tomando un sorbo de café, le responde: “Mandrake”. Nubia suspira.“Nada original”. Su esposo niega con la cabeza. “El Mandrake de Mocoa. No es el mismo de las tiras cómicas. Yo soy real”. Su esposo puso énfasis en esta última palabra y Nubia se quedó mirando al vacío un buen rato, frunciendo el ceño entre la resignación y la compasión.

Ahora imaginemos la cara de la madre al escuchar por teléfono aquella voz ahogada por el espanto, diciéndole que su hijo se encuentra en el hospital. La madre apaga la estufa y corre hasta allí, apretando nerviosa las manos, despeinada, con los ojos inundados por las lágrimas. En el hospital se encuentra con otras madres del mismo curso de su niño. Aunque no entienden qué fue lo que pasó, todas ellas comparten la misma conmoción y angustia. Después de varios minutos que le parecieron una eternidad, por fin ve aparecer al médico de turno. Corre y alcanza a ubicarse cerca del hombre de la bata blanca. Lo ve mover la cabeza en señal de resignación y aunque prestó atención a cada palabra que dijo, le sorprendió mucho que aquel hombre fuera capaz de decir las cosas más incomprensibles del mundo sin cambiar para nada la misma cara de palo.

En ese mismo instante, los internos de la prisión El Fin del Mundo –llamada así, porque parodiaba un lugar turístico cerca de allí-, hicieron círculo en torno al hombre vestido de negro que acababa de ingresar. Su capa negra por un lado y roja por el otro, ondeaba con el viento de la mañana. Tenía los cabellos aceitosos, peinados hacia atrás y una varita en la mano derecha. En el otro extremo del círculo se encontraba Traidor Misil: amo y señor de la prisión. Su nombre se lo debía a sus tiempos de luchador, ganado a pulso y sangre en los cuadriláteros del país. Negro y enorme como un monumento. Calvo, con un pendiente de plata en la oreja izquierda que lanza resplandores cuando enciende un cigarrillo sin filtro. Su voz retumba en El Fin del Mundo: “Oye, mago, ahora nos haces desparecer a todos”.

Hace calor en Mocoa. 

Nota: Nahum Montt es autor de las novelas Midnight dreams, El Eskimal y la Mariposa  y de Lara. También es autor de una biografía de Miguel de Cervantes Saavedra titulada Versado en desdichas.