Una esmeralda en medio del mar

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“Mi amor, te voy a llevar a un pueblito en la Sierra Nevada, que es hermoso y aunque está olvidado por el Gobierno y es incómodo llegar, te va a encantar”.

Adagio costeño popular 

Mochileros: costa colombiana by Bacánika on Grooveshark

En medio de la Tierra del olvido los paisajes son de un contraste abrupto, instantáneo, como de repente. Sin caminar mucho es posible encontrar la arena blanca y la resaca del mar, así como descubrir los árboles enmarañados y llenos de vida que te sobrepasan mientras ves a lo lejos sombras de indígenas que deambulan por los caminos que conducen a lugares de ensueño.

Aquí es normal que el banano se junte respetuosamente con el mar, mientras el café y el cacao se acurrucan bajo la luna cambiante y que la nieve se descubra cuando el sol está ardiente sobre las palmas. Solo aquí es posible ir un día a la playa y otro a la nieve, conocer todos los pisos térmicos en un mismo espacio y ver la montaña más alta del mundo a orillas del mar.

Minca es una muestra de ello. Esta pequeña población a hora y media de Santa Marta se alza sobre el mar para descubrir flores exóticas que destellan en medio del verde tupido que enmarca los ríos helados que nacen en lo alto de la montaña. Con cerca de 4.000 habitantes, esta población se dedica a la agricultura orgánica y al ecoturismo, dejando atrás los días de violencia que azotaron con fuerza las estribaciones de la Sierra Nevada. 

No obstante, a los extranjeros, de un tiempo para acá, esto parece no importarles, más bien lo toman como el inicio de una inolvidable experiencia de turismo ecológico y de aventura en medio del arrullo de las aguas que al correr invaden todos los sentidos y anticipan la sensación de paz que se disfruta al recorrer la selva virgen, a medida que el sol asciende y desciende hasta dormirse en el mar Caribe. 

En moto, carro o taxi se transita por una carretera destapada y llena de baches hasta Minca, puerta de entrada a la Sierra Nevada de Santa Marta, declarada Patrimonio de la Humanidad, Reserva de la Biosfera y del Hombre por la Unesco en 1980, y además, Ecosistema Prioritario en Suramérica por la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza. 

Una vez allí la oferta de hostales y hoteles es abrumadora. Un total de 64 establecimientos para descansar son anunciados en Internet, en las calles del pueblo y en la boca de cada uno de sus habitantes, quienes reciben por igual al samario, al colombiano o al extranjero que llega a sus tierras. Cada uno de estos habitantes es muestra de una combinación de culturas única en nuestro país, pues aquí el campesino, tiene pinta de jornalero, acento costeño y ademanes paisas. 

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De día el calor del Caribe se siente en las calles del corregimiento, mientras en las noches la neblina pareciese borrar una a una las casas del pueblo para dar paso a la bruma que trae el frío y las bajas temperaturas. A diario los minqueños sienten en el transcurso de las horas los cambios térmicos de vivir en medio de esta naturaleza dividida y contrastante, donde se despierta con el cantar de los loros y se duerme con el ulular de los búhos. 

En los alrededores de Minca hay varias actividades ecológicas para todos los gustos que se pueden realizar. Para quienes prefieren caminar, a una hora de distancia por los senderos vírgenes y llenos de guadua se alzan las cascadas del río Minca, así como se ven los cultivos que dan origen al café y cacao orgánico de tipo exportación, que desciende hasta el puerto de la ciudad para irse a todos los rincones del mundo. 

A dos horas de caminata por un sendero que lleva a las entrañas de la Sierra, también se encuentra San Lorenzo, El Dorado y una de las reservas de aves más importantes de Colombia, ya que la Sierra Nevada de Santa Marta es el centro de endemismo más importante del mundo con 36 especies (y 55 subespecies) de aves de rango restringido a estas montañas. Además, 18 de sus especies afrontan algún riesgo de extinción a nivel global y 22 a nivel nacional. Así mismo,132 migratorias han sido registradas en estos caminos. 

Aquí es mejor llegar a pie, en bicicleta o en carro todo terreno, ya que el sendero es destapado y por tratarse de un clima húmedo, la lluvia es constante y el barro está por doquier. Pero no hay que preocuparse, lo importante es que al llegar a este santuario natural, es evidente lo poco transitado que se encuentra y las miles de aves endémicas que se ven; desde el periquito Santa Marta Parakeet (Pyrrhura viridicata), el colibrí Coppery Emerald (Chlorostilbon russatus), el hojarasquero Streak-capped Spinetail (Cranioleuca hellmayri), la gralaria Santa Marta Antpitta (Grallaria bangsi), el tapaculo Brown-rumped Tapaculo (Scytalopus latebricola), el atrapamoscas Santa Marta Bush-Tyrant (Myiotheretes pernix), las reinitas Yellow-crowned Whitestart (Myioborus flavivertex), hasta el Santa Marta Brush-Finch (Atlapetes melanocephalus), entre otros. 

Una vez se baja de regreso al pueblo, la buena comida también es un motivo más para no querer salir de esta pequeña joya en medio del paraíso caribeño. En Minca la oferta gastronómica es tan diversa que perfectamente se puede estar un mes sin repetir plato. 

Aquí es posible comer los tradicionales chorizos y tamales que desde hace 46 años elabora doña Teresa Pérez, una paisa verraca y luchadora, que defiende el pueblo como si hubiese nacido aquí, hasta los raviolis de tres quesos y el carpaccio de pescado, pollo o carne del chef sahagunense Ovidio Oviedo -del Hotel Sierra’s Sounds- pasando por el chocolate orgánico de doña Carmelina Ramírez, los crepes y las cervezas de colores del bogotano Moix Muica, los capuchinos y las tartas de café y nueces del Café de Lizette, las tortillas españolas y la paella valenciana de Patricia Camacho y Juan Pablo Cabo; los helados de frutas naturales de doña Adira, la parrilla fusión de Sergio Torres, del restaurante Bururake, quien ha desarrollado recetas tan exóticas como el lomo al tamarindo, pollo en salsa de frutas rojas de la Sierra o a la de maracuyá, así como carne en salsa de chocolate y un bife de chorizo con chimichurri criollo que no tiene nada que envidiar al que se come en Buenos Aires. 

Al caer la noche la actividad nocturna se reduce a las costumbres típicas del pueblo, en contraste con el ritmo europeo de los hostales. Por un lado el vallenato, los corridos, las “frías” y el billar imperan en el casco principal del corregimiento, mientras los visitantes prefieren dormir temprano, sin electricidad y sin dispositivos tecnológicos, luego de clases de yoga, chocolate orgánico con queso fresco o un buen partido de cartas al calor del vino.

De esta manera, con el correr de las horas, en medio de la vegetación exótica y el trópico seco con sabor a sal, los grupos de turistas llegan de todos los rincones del planeta en busca de aventura, belleza, tranquilidad y contacto directo con la naturaleza, seguros de que allí encontrarán un plan ideal para quienes están dispuestos a descubrir nuevos espacios, olores y sensaciones, lejos de la ciudad, la rutina y la predecible post-modernidad.