Tailandia mágica

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Necesitaba un viaje. Quería aclarar ideas, respirar, tomar perspectiva y decidir a dónde quería ir de ahora en adelante. 

Cuando estás a punto de cumplir treinta años, lo quieras o no, te planteas qué has hecho con tu vida,  si estás donde imaginabas estar, y a partir de ahora, ¿Qué? Organicé el viaje con una agencia. Una opción era viajar  de “mochilera” que es más romántica y divertida, la otra era un viaje con hoteles y algunas excursiones concertadas. Opté por la segunda porque tenía poco tiempo, solo dos semanas, y quería ver lo máximo posible.

Bangkok

Llegué a Bangkok después de un viaje excesivamente largo por la escala en Estambul. Me alojé en la planta 23 de un hotel maravilloso, desde donde podías contemplar la cuidad. Una ciudad enorme, contaminada y caótica.

La primera noche me fui a dar un masaje tailandés. Llovía, hacía una humedad sofocante, y cuando por fin logré encontrar el lugar, una tailandesa que parecía tener no más de 13 años, me lavó los pies, y me acompañó a la segunda planta de lo que a mí me parecía un antro de mala muerte. Me hizo poner un pijama estilo oriental y empezó a darme un masaje “suave”, cosa que agradecí. Porque no hay que engañarse, el masaje tailandés duele, y de relajante tiene poco. Vaya forma que tenía de rozarte, y de meterse en todos tus recovecos. Me preguntaba si a un hombre se lo hacían de la misma manera. Habrá a quien este tipo de masaje le parezca erótico, pero cabe aclarar que en principio es para fines terapéuticos.

Los siguientes días en Bangkok contraté excusiones para ver el mercado flotante de Klong Damnerstaduak, El Wat Pho o el templo del Buda reclinado, El Templo de mármol y el  Gran Palacio, donde también se encuentra el Wat Phra Kaew, el famoso Templo del Buda Esmeralda.  También tuve tiempo para ver el Templo del Amanecer a orillas de Rio Chao Phraya, ir al mercado nocturno de Patpong, caminar por China Town, y casi morir en un tuck-tuck, con un conductor que no miraba la calle, sino a mí por el espejo retrovisor. No tuvimos un accidente de milagro.

En Patpong no estuve mucho tiempo, compré un par de cosas orgullosa de mis dotes de regateo, pero me marché rápido. También es la zona de locales de “alterne”, y no es un lugar donde me apeteciera estar más de la cuenta. Cada dos pasos había un “relacionista público” sonriente que me invitaba a ver un pussy-show.

China town huele a muchas cosas a la vez; hay puestos de comida por todas partes, mercadillos y tiendas.  Decir que es pintoresco es poco, y sin embargo, lo que más puedo destacar es que te sientes seguro. En Tailandia no te roban. Es un país relativamente seguro. De ahí a que viajen muchas mujeres solas. Te pueden timar con el taxi, o el tuck –tuck, pero robarte es menos habitual. 

Norte: Chiang Rai, Chiang Mai

Cogí un avión a Chiang Rai, situada al norte del País.  En realidad, me hubiese gustado ir en tren, pero el tiempo apremiaba. Ese mismo día fui al llamado "Triángulo de oro", que es la frontera entre Laos, Tailandia y Birmania. El triángulo es un  paisaje de llanuras cortadas por un río y montañas que se ven a lo lejos.  Luego visitamos las tribus de los Yao y Akha, y más adelante visitamos a la tribu Gayan. Mientras caminábamos por el poblado, de repente, cruzando la única calle-carretera del pueblo, se cruza un elefante, enorme y majestuoso con dos turistas rubios y mayores en el lomo. A partir de aquí el viaje a Tailandia empezó a tornarse mágico, tal y como había imaginado. Yo nunca había visto un elefante tan cerca, tan libre (todo lo libre que puede ser llevando a turistas en el lomo, claro), pero fue la primera vez que me di cuenta donde estaba. Me dejé maravillar por lo que me rodeaba.

Mi espíritu aventurero despertó por fin. Después de un paseo por el Río Mekok en una lancha típica de la zona, llegamos a un embarcadero donde tenían algunos animales de la zona. Si querías podías tocarlos y tomarte fotos con ellos. Yo después de mucho pensarlo, me encontré con una serpiente enorme en mis hombros. Me temblaban las piernas. Nunca pensé que sería capaz de hacerlo, pero fue uno de esos momentos “ahora o nunca”. Estaba fría, era como plástico, y pesaba muchísimo.

Chian Mai es la segunda ciudad más grande de Tailandia. Es bonita y tiene un mercado de artesanos hermoso. Aquí sí puedes encontrar cosas que no encuentras en ningún otro lugar del mundo. Se nota la originalidad y el carácter más tranquilo de la gente. Nadie te agobia para que compres, y se regatea más bien poco. Están orgullosos de la calidad y originalidad de sus artículos y, por lo tanto, el precio es el que es.

En Chiang Mai vi un torneo de Mai Thai (Kick boxing Tailandés). Me podría hacer la interesante y explicarlo, pero la verdad es que no lo entiendo. Estaba en una especie de recinto cerrado rodeado de bares con prostitutas de todos los colores, por llamarlo de alguna manera. La fauna de este sitio me impedía concentrarme en la pelea. Conocí a unas chicas irlandesas, que me contaron que hay hoteles especializados, tipo resort, para el turismo sexual donde elegías a una chica, “a la carta” y a una hora concreta. Yo me imagino una cosa en plan “Señor Dornford, su cita de las 10 está esperando, la de mañana también está confirmada”. En fin, ahí lo dejo para quien le interese.

El día siguiente fue uno de los mejores días del viaje. Primero fuimos al Tiger Kingdom, puedes “jugar” con los tigres dentro de su jaula. No he visto un animal más bonito  y elegante en mi vida. Poder tocarlo, y me refiero a tocarlo de verdad, ha sido alucinante. Sorprendentemente, me dio más miedo la serpiente, que el tigre, lo admito.

Luego fuimos al santuario de elefantes. Primero hay una especie de espectáculo donde los animales bailan con mucha gracia y pintan bastante bien. Son animales entrañables y dóciles. No soy muy fan de los espectáculos con animales, pero este es bonito y es al aire libre. Luego nos subieron de dos en dos a un elefante y nos fuimos de safari. Lo bueno de no ir acompañada, es que te daban un elefante para ti sola, así que iba como una reina persa. Cada elefante tiene su propio adiestrador, que es el mismo durante toda su vida. Se les nota complicidad y cariño con el animal. El mío, el adiestrador, que iba sentado prácticamente en la cabeza del elefante, era muy delgadito, y tenía una sonrisa preciosa, de esas que solo tiene la gente que conserva la inocencia.

Cuando llegamos al final del trayecto, nos llevaron a comer en un carro tirado por bueyes. El conductor en este caso no tenía nada de inocente. Salivaba con una niña guapísima de Madrid que iba con su novio en el asiento de atrás. A mí me tocó sentarme a su lado, y se dedicó a cantarnos, quién sabe qué cosa. Nos reímos un rato, porque era hilarante, pero en un descuido, el hombre te hacía un hijo, seguro.

Paraiso Tropical: Phuket

 Y por fin llegó la playa, el momento para descasar. Tailandia tiene una oferta de playas increíble. Las islas que más destacan son Kho Samui, Krabi, y Phuket. Phuket es la más grande y la que elegí como destino.

Llegué al hotel y me recibieron con mucho mimo, me dieron un té y me pusieron una pulsera de flores que significa amor eterno. Ellos están acostumbrados a que a este tipo de resorts vayan parejas de luna de miel, y se las dan a los dos. En mi caso, me la dieron con titubeos. “Alone? Oh! Jeje” es la frase que más he escuchado durante todo el viaje. No sé si precisamente por esto me gané el segundo “upgrade” de mi viaje (el primero había sido volar en Business a Chiang Mai). En lugar de la habitación normal que había reservado, me dieron una villa preciosa, con un pequeño jacuzzi privado a la entrada, en la zona más apartada del resort, que además estaba más cerca de la playa.

Para cuando pude salir a ver la playa estaba casi anocheciendo y acababa de pasar una tormenta. Lo que vi en ese momento me acompañará el resto de mi vida. No sólo por la belleza de cielo con nubes grises y violetas, la arena blanca perfecta y el oleaje violento, sino por la sensación de plenitud que tuve en ese instante. Estaba en un paraíso, de eso no había duda; la belleza superaba mis expectativas, pero también había una vocecilla que me decía: “estoy aquí y es real”.  Era un sueño hecho realidad.

Caminé a la orilla del mar, tomé jugos de frutas recién exprimidas, me di masajes a diario, que es obligado cuando se visita Tailandia, leí y me relajé. Después de mucho relajarme, decidí contratar otra excursión, a las islas Phi Phi: un parque natural donde se han rodado películas como La Playa.

En el puerto desde el que zarpamos conocí a quien iba a ser nuestro guía durante la excursión. Era un madrileño con un poco de acento mejicano, que había recorrido el mundo y daba clases en la Universidad de Phuket. El mar estaba muy alborotado por la tormenta que se acercaba, así que lo único que pudimos disfrutar de la excursión fue hacer snorkel en un arrecife donde te ves rodeado por gran variedad de peces de colores. Durante el almuerzo tuve tiempo de hablar con José, el madrileño. Hablamos sobre la magia que sólo ocurre si viajas solo: es la única manera de ir sin expectativas y abierto a lo que venga.

No terminé parada en una barca como Julia Roberts, pidiéndole a Javier Bardem que “attraversiamo” juntos. Pero no dejó de ser místico, exótico, y una aventura en toda regla. Me sirvió para darme cuenta que lo que quiero hacer a partir de ahora estaba claro. Lo que necesitaba era silencio, ese que sólo te lo da el estar sola, no la ausencia de sonido. Que estoy en un lugar diferente al que me imaginaba cuando cumpliera treinta, pero ese lugar es mejor y más excitante y que en la vida sólo te ocurren cosas cuando decides que lo hagan; como descubrir una Tailandia mágica.