La magia de Alemania en cercanías

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Cuando pienso en mochileros me imagino aventureros con morrales en los hombros corriendo riesgos.

Descubriendo nuevas culturas, superando el reto intercultural de comunicarse con gente que no habla el mismo idioma –y usualmente tampoco inglés- poniendo a prueba su sistema inmune al comer comida verdaderamente exótica, y en ocasiones, incluso, peligrosa.

A primera vista esta imagen no concuerda mucho con el imaginario de un país como Alemania, en el que la seguridad es la regla y la incertidumbre la excepción, en el que gran parte de la población habla inglés fluidamente y a veces también español, en el que se vive tan tranquilamente que en ocasiones se le olvida a uno su condición de mortal. ¿De qué se trata entonces mochilear en Alemania?

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Yo diría que para entenderlo es necesario repensar el significado de viajar, y particularmente viajar en Alemania. A pesar de que este país no ofrece atracciones tan populares como la Torre Eiffel, la plaza de San Pedro o la Estatua de la Libertad -junto a los cuales tomarse la foto memorable del paseo y así chulear el destino de la lista de "to-do"- Alemania cuenta con muchísimos valiosos exponentes del patrimonio de la humanidad. Su riqueza arquitectónica, natural, cultural e histórica está regada generosamente por todo su territorio y solamente puede apreciarse en su mayor esplendor una vez el viajero se ha desapegado de sus conceptos previos sobre lo que es viajar y se ha abierto a la posibilidad de dejarse sorprender por la magia de los lugares y momentos más inesperados, como un viaje en tren.

Siempre supe que los trenes alemanes eran famosos por su cobertura y puntualidad y que coleccionar los reconocidos trenes Marklin era un hobby para muchas personas alrededor del globo.

También recuerdo las incontables horas de esparcimiento que nos robó un juego de mesa llamado Zug um Zug hace varios años. Jugando cada fin de semana hasta la madrugada conocí los nombres de muchas ciudades alemanas y comprendí la diferencia entre trenes de lejanías y trenes de cercanías. Sin embargo, nunca pensé que estos últimos pudieran convertirse en la fuente de algunos de los mejores momentos que he vivido en Alemania.

Los trenes regionales o de cercanías son trenes que paran en muchas más estaciones y hacen recorridos cortos, de entre una y tres horas, usualmente dentro de una región específica. En estos trenes los puestos no son numerados y cuando se llenan es necesario irse un rato de pie. Para trayectos largos debe cambiarse de tren cada cierto tiempo o cuantas veces se requiera hasta llegar al destino deseado.

Su costo es más bajo que en trenes de alta velocidad y al viajar en grupos de máximo cinco personas los precios se reducen a cifras de un dígito por persona. Si bien son espaciosos, limpios y cómodos no cuentan con los "lujos" de un tren de alta velocidad como mesas, tomacorrientes, wi-fi, persianas, café o servicio a bordo; de manera que viajando en regionales resulta a veces difícil escapar de la realidad trabajando o viendo una película durante el viaje.

Hasta hoy he recorrido incontables trayectos en trenes regionales yendo de un lado al otro del país. Curiosamente, los alemanes a quienes les he contado esas experiencias siempre me miran con un extraño gesto de sorpresa que dice "¿A Berlín en trenes regionales?

¡Qué locura!." Para muchos alemanes resulta inconcebible tomarse 15 horas para literalmente cruzar el país de arriba a abajo sentado en un cómodo tren. Por el contrario, para alguien como yo que nació en Colombia, donde de hecho no hay trenes y requerimos de eternidades para rodear montañas en bus o en carro desplazándonos en realidad distancias mínimas, no es ningún esfuerzo.

Sin embargo, la razón de mi afecto por los trenes regionales no es mi nostalgia de país sin infraestructura ferroviaria, ni los argumentos racionales como el inigualable precio de los tiquetes de grupo, la comodidad de decidir en el último momento, o la posibilidad de hacer cualquier recorrido nacional, e incluso internacional llegando a las estaciones fronterizas. La razón de mi apología de los regionales es de hecho más que una razón, es una experiencia estética.

A través de las ventanas de un tren regional vi algunos de los paisajes más hermosos de este país, completamente desconocidos en la oferta de las agencias turísticas, pude apreciar la desbordante belleza del Bosque Negro, cruzando sus montañas por túneles que nos conducen de una escena fascinante a otra igual o más hermosa, bajarme en algún lugar intermedio y respirar el húmedo olor del bosque, tomarme un café para calentar el alma y continuar el camino hasta Schaffhausen, en la frontera con Suiza. En otro de estos trenes recorrí la rivera del Rin de arriba a abajo (y de abajo a arriba) entre Koblenz y Bonn, deleitándome con la vista de pequeños pueblecillos escondidos en las faldas de las montañas junto al río o con las espontáneas apariciones de castillos en la cima, que sugieren haber resguardado reinos en tiempos lejanos, comparando la arquitectura de uno y otro, imaginando cómo sería la vida habitando uno de estos particulares lugares.

El viaje se convierte así en una experiencia tan hermosa que es algo que disfruto hacer como un fin en sí mismo y no como un simple medio para llegar a algún destino. El tiempo que nos regala la contingencia de estar en un espartano tren regional es la oportunidad perfecta para apreciar la belleza de la naturaleza, para pensar cosas que nunca se me hubieran ocurrido, o aquellas a las que no había dado espacio ni lugar, tener una conversación de corazón a corazón con un buen amigo, de esas que sólo afloran después de un buen rato de sincera charla, o leer una obra de literatura universal, alguna de las que había pospuesto por falta de tiempo.

Mochilear en Alemania, al igual que mochilear en cualquier parte del mundo, se trata de alterar la percepción del tiempo abrazando la certidumbre de que lo único real es este instante y, por lo tanto, no hay más remedio que disfrutarlo y así entender que lo más importante del viaje es vivirlo.