Descubriendo el Norte ¡Sin pasaporte!

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Y sí. Lo habíamos logrado.

Después de haber viajado 26 horas en tren desde Buenos Aires hasta Tucumán, caminamos 15 cuadras desde la estación hasta la terminal y de ahí cogimos un bus para Jujuy, nos bajamos y en 5 minutos ya estábamos en otro bus rumbo a Purmamarca, ese famoso pueblito de la provincia de Jujuy donde se encuentra el cerro de los 7 colores y que con ese paisaje de montañas coloridas hizo que el largo viaje se compensará con la mirada.

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Treinta y dos horas de viaje fueron olvidadas cuando nos fuimos acercando a Purmamcarca. Montañas color menta, moradas y rosadas se imponían a medida que el pequeño y precario bus en el que íbamos se acercaba más a esa tierra árida adornada por inmensos cactus.

Era claro. El paisaje había cambiado. Salimos, literalmente, de la “ciudad de la furia”; esa vieja Buenos Aires infectada por asfalto y contaminación, por cacerolazos y paros de basura. Ya no estábamos a 35 grados de temperatura con un 100 por ciento de humedad, sino a 15 o menos grados. No solo se sentía el frío de la montaña sino la altura que nos recordaba que estábamos bien al norte de Argentina, a solo tres horas de la Quiaca, la frontera con Bolivia.

Tan solo fue bajarnos del bus para sentirnos en otro mundo. Mis compañeros de viaje, Laura y Benjamín, no pararon de tomar fotos. Era como si estuviéramos dentro de un cuadro paisajista. Como si todo fuera producto de un pintor impresionista.

Dos días y dos noches fueron suficientes para conocer Purmamarca y sus alrededores. La primera noche dimos una vuelta por el pueblo en busca de comida típica de la región. Yo había escuchado que en el norte se preparan humitas, que son una especie de envuelto de mazorca colombiana, y como parte de mis genes indígenas me piden constantemente esos alimentos preparados a base de maíz, obviamente moría por probar una de estas. Y las encontramos. Bastó entrar en un pequeño restaurante ambientado por música Saya, para leer un menú diferente: humitas, tamales, milanesa de llama, empanadas de queso de cabra, asado de llama, cocido de llama y locro.

¿Qué vamos a hacer con tanta llama? Nos preguntábamos un poco impresionados por pensar en la posibilidad de comernos a un animal al que estamos acostumbrados a ver de una manera tierna en las plazas de los pueblos como un atractivo turístico para tomarse la foto encima o al lado de esta. Y mientras decidíamos, yo preferí seguir el antojo de comer algo que me remontaría a mi país, una humita y un tamal, que obviamente no eran como los colombianos. La humita es un poco aguada, como si estuviera recién licuado el maíz, tiene unos trozos de queso y un tris de picante. El tamal es una bolita de harina de mazorca con carne picante en el medio. Deliciosos pero un poco pequeños.

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Benjamín por su parte se arriesgó a probar la milanesa de llama, que no estaba mal, porque en realidad su sabor es muy parecido al de la res, así que el drama quedo ahí, entre mordisco y mordisco. El todo fue no pensar en que era una llama.

Al día siguiente nos fuimos a las Salinas Grandes, a 70 kilómetros de Purmamarca. Basta decir que el paisaje de ida nos remontó a una película texana, donde solo hay montañas, abismos y una carretera vacía como si fuéramos al fin del mundo. El bus turístico que salió del pueblo, paraba en ciertos lugares para que pudiéramos tomar fotos. En una de las paradas nos encontramos en el punto más alto: 4.100 metros sobre el nivel del mar. Altura que se merecía, o que ameritaba mambear algunas hojas de coca para evitar el soroche.

Las Salinas son un desierto de sal, con algunos morros que son procesados para su consumo. El azul del cielo despejado contrastaba perfectamente con el blanco de la sal y las montañas verde oliva. Era como estar en la nada, como si el tiempo se hubiera detenido por primera vez, como si el planeta se hubiera invertido con todo y gravedad. Habíamos llegado al fin del mundo, o eso creíamos porque hacía el horizonte solo se extendía más sal.

Volvimos a Purmamarca y al otro día continuamos nuestro camino más hacia el norte. Primero llegamos a Tilcara, donde nos quedamos una noche. Ese mismo día fuimos a la Garganta del Diablo, una especie de cañón situado aproximadamente a una hora del pueblo si se va caminando. Y sí que vale la pena la caminada, aunque casi toda sea en subida; el paisaje de montañas áridas, las ovejitas bajando en manada, el viento seco y helado bajo un sol intenso de cielo despejado nos hicieron sentir la “tierrita” de verdad.

Justo al lado del camino donde empieza el recorrido hacia la Garganta del Diablo hay un puente que conduce a Pucará de Tilcara, un pueblito prehispánico que se encuentra en la zona de la quebrada de Humahuaca. En esta reserva arqueológica se encuentra varías viviendas indígenas que fueron construidas a comienzos del primer milenio d.C. También hay un cementerio, un centro ceremonial, un taller lapidario y un monumento que se encuentra en la cima del Pucará y que fue construido en 1935 como homenaje a los primeros arqueólogos, Juan Bautista Ambrosetti y Salvador Benedetti. Ahí fuimos al día siguiente, nuestro último día, ese que tratamos aprovechar al máximo recorriendo el pueblo más cercano, Humahuaca y el cerro de los siete colores que aún nos faltaba.

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En el camino hacía Humahuaca las montañas se volvían más coloridas aún. La razón por la que justo en este lugar del país se pueden ver montañas amarillas con rosado, morado y verde es por el contenido de minerales y la antigüedad de estos en la tierra. Montañas como La Pollera de la Coya, que parece una falda que va en degrade del amarillo al rojo, o La Paleta del Pintor que es la continuación del amarillo, el rosado, el morado y el rojo en varias montañas seguidas, adornan los increíbles paisajes del norte de Argentina hacia Bolivia.

Con este último recorrido ya estábamos satisfechos, habíamos logrado ver lo que en tantas fotos del norte amigos viajeros nos habían mostrado. Sentíamos, realmente, que esta era la verdadera Argentina que vale la pena conocer; la de sus contrastes entre montañas áridas y glaciares, la del sur y la del norte, incluso el centro con sus viñedos en la frontera con Chile.

Ya no importaba el largo camino de regreso porque este viaje fue la más linda despedida que pude tener de Argentina.