Si tuviera que enfrentarme a un aborto…

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Así que le preguntaría a ella qué es lo que en realidad está dispuesta a hacer y probablemente terminaría dejando la decisión en sus manos, más porque soy un cobarde que porque quiera o me niegue a tener un hijo.

Si a mí me pasara una cosa así (es decir: si un día cualquiera la mujer con que estoy me dice a quemarropa que quedó embarazada) y si, además, ninguno de los dos esperamos convertirnos en padres porque quizás somos jóvenes y sentimos que aún nos falta mucho. Si a mí me sucediera eso ―sentir que la vida se me parte en dos en un instante― probablemente haría lo siguiente. Y digo probablemente porque suponer es una cosa muy distinta a vivir: en la primera es fácil pensar con cabeza fría, mientras que en la segunda hay menos opciones de barajar las posibilidades. En la primera se puede borrar; en la segunda, en cambio, las fichas ya están movidas. Pero si eso me pasara seguramente actuaría así:

Primero dejaría de lado cualquier idea religiosa. No soy creyente, pero tampoco puedo negar que crecer bajo el manto del catolicismo afecta y mucho más de lo que la razón está dispuesta a aceptar. Si ambos ―mi pareja y yo― decidiéramos abortar, sería muy difícil dejar de sentir que algo no está del todo bien. Entendámonos: trato de no ser moralista, ni nada por el estilo, de hecho, estoy de acuerdo con el aborto en casos de malformación del feto, violación, o cuando se pone en riesgo la vida de la madre. Pero eso no implica que si ninguno de estos escenarios se diera, y me viera obligado a tomar una determinación así (porque ella, digamos, definitivamente se niega a tener el niño), fuera a dejar de sentir que algo se hace trizas. No podría evitar llevar un tormento que me mortificaría, tal vez, por el resto de mis días. Pero esas no son cosas que pretendería imponerle a nadie, ni mucho menos a mi pareja: son fantasmas con los que tendría que lidiar yo mismo. Nadie más. trans 2


Así que le preguntaría a ella qué es lo que en realidad está dispuesta hacer y probablemente terminaría dejando la decisión en sus manos, más porque soy un cobarde que porque quiera o me niegue a tener un hijo. De todas formas, si no hay ningún problema con el niño, ni con ella, si es un embarazo normal que no buscamos, sé que en el fondo insistiría en tenerlo: no por ese argumento moralista del “asesinato” (después de todo, ¿en qué momento comienza una vida?, ¿acaso un embrión es ya una persona?), sino porque creo que uno debe hacerse responsable de sus actos. A veces el aborto puede ser la forma más fácil de cerrar los ojos: negar que hicimos algo que habrá de cambiarnos la vida y pretender seguir como si nada hubiera pasado. Huir, escapar, dejar la realidad como estaba, negarse a entender que cada acto, cada cosa que hacemos, tiene una consecuencia. Solo por eso insistiría, sin tratar de imponer nada.

Pero si ella definitivamente no quisiera, si luego de pensarlo bien sintiera que no es el momento de ser mamá y que al nacer no estaría dispuesta a darle al niño lo que necesita –económica y sentimentalmente–, quizás cedería, sí, a que todo acabara ahí. Lo haría a pesar del peso de conciencia, porque tampoco tiene mucho sentido traer un hijo al mundo si uno no está dispuesto a brindarle amor, a cuidarlo, a sentir que es lo más importante que le ha sucedido en la vida. Uno no debería tener un hijo para dejarlo a la deriva y menos en este mundo que, querámoslo o no, es siempre más hostil que compasivo.

conciencia

Sí, lo reconozco, es una postura débil, frágil, que no se compromete con un lado ni con otro. Pero es que ese, precisamente, es el problema que ha girado siempre en torno a esa discusión: que hay dos extremos, uno bueno y uno malo, y que ambos son como esa caricatura de los burros amarrados por una cuerda que hala cada uno para su propio lado. No todo es blanco o negro, por desgracia. Y, además, como leí por ahí hace poco: ¿dónde está escrito que debemos ser coherentes?