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Siempre que escuchaba a mis tías o a mi madre decir que un hijo es una bendición no imaginaba lo que sería realmente sentirlo.

(*): Basada en una historia real.

Después de más de tres años de relación y convivencia con mi novia, tener hijos no estaba en nuestra lista de prioridades a corto plazo. Es más: lo veíamos como algo muy lejano. Construimos una vida juntos y disfrutamos de aquella relación sin planear demasiado el futuro. Alguna vez tocamos el tema de tener hijos y la verdad nos producía risa pensar en la responsabilidad que eso implicaba. En algún momento, mi novia me confesó que tenía problemas para concebir. Yo no me preocupé mucho porque el hecho de ser padre no estaba entre mis planes inmediatos.

Ya habían pasado más de tres años y aquella conversación era solo un recuerdo, hasta que se convirtió en una realidad el día en el que le pregunté por qué no le llegaba su período. Ella sólo me respondió: “Sí eres exagerado; ya sabes que no puedo quedar embarazada”. Y es que, a diferencia de otros hombres, sentí una corazonada: sabía que estábamos esperando un bebé.

Fuimos a comprar una prueba de embarazo solo para que yo me calmara. De vuelta al apartamento, ella me hacía bromas para sacarme del trance en el que estaba por mi preocupación. Hicimos la prueba y resultó que era positiva. De la alegría pasamos a la preocupación por sus dificultades, ya diagnosticadas, para concebir.

Desde ese momento supimos que estábamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros, sin importar la condición. Más allá de que no estuviera en nuestros planes, era una vida que se había gestado y con la que nos comprometíamos.

Los exámenes de rutina comenzaron y según el dictamen médico la posibilidad de una malformación era un hecho, además de ser un embarazo de alto riesgo.

Tuvimos que esperar unos meses para poder realizar las pruebas pertinentes, porque como es común en nuestro país, así sea un embarazo de alto riesgo, las ecografías de alta definición se demoran mucho en ser asignadas.

 

Finalmente llegó el día de la ecografía de alto detalle. Yo estaba muy ansioso. El médico nos contaba que existían ciertos cánones que determinaban si el bebé tendría alguna malformación o retraso en su desarrollo. Síntomas como la ausencia de los huesos nasales, malformaciones en el cerebro, entre otros, podían ser alguno de los indicadores.

 

Nos contaron sobre otros exámenes posteriores para realizar, pero también nos hablaron de la posibilidad de que nuestro hijo naciera mal y sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Para nosotros, después de pensarlo mucho, de reflexionar, esta no era una opción. Es más, pensé en lo ridículo del hecho de que unas medidas y diferencias mínimas ―como de 5,3 a 5,4― definieran si tu hijo nacería con un retraso o no. Después de varias horas meditando, sentí que saber tanto era malo. Tantos detalles, tantas medidas, tantos cánones…Por un momento todo parecía bien y no había ninguna señal de alarma, hasta que el doctor se detuvo y, muy serio, nos dijo que el bebé tenía Translucencia nucal aumentada (marcador del Síndrome de Down que fue introducido en la práctica clínica a principios de los años noventa). La medida se desfasaba por milésimas de la nuca de nuestro bebé. El médico vaticinaba por esto ―y según los antecedentes clínicos de mi novia― que el bebé nacería con Síndrome de Down.

Ahora mi bebita tiene cuatro meses y es completamente normal. Días más tarde nos practicaron otra ecografía y resultó que ese famoso porcentaje de la Translucencia nucal aumentada fue mal medido. Pensábamos en qué habría pasado si hubiéramos interrumpido el embarazo. Le habríamos quitado la vida a lo más preciado que ahora tenemos. Tuvimos en nuestras manos la decisión de destruir o no la existencia de nuestra hija, casi lo mismo que si hubiéramos empuñado un arma y viviéramos el momento previo a jalar el gatillo. Afortunadamente, no lo hicimos.