La decisión de Nathalie *

Escrito por 

En Portada

La primera y única noche como mamá abracé mi vientre con fuerza, con amor, con desesperación, con una profunda melancolía. “Hay algo que vive dentro de mí. Somos dos”, pensaba.

Eso me dolía, me dolía mucho. Hablo de un dolor más fuerte que el físico: el del alma o eso que anda por dentro de uno palpitando con fuerza, que se siente en el pecho, que a veces quiere salir y se queda atrapado en la garganta asfixiándote, que se pasea por el resto del cuerpo haciéndote temblar. 

Esa noche, en lo que consideré una paradoja, me acosté con mi madre para tratar de aliviar el frío más profundo que jamás había sentido. No le dije una palabra a nadie, ni siquiera a ella. Yo sola debía cargar con la pena y la culpa. El no poder desahogarme ni pedir un consejo hacía más desgarradora la situación. No dormí ni un segundo. A la mañana siguiente decidí que no podía pasar ni un día más acariciando a ese pedacito de vida que no iba a ser. ¿Cómo dar felicidad cuando yo misma estaba destrozada? 

De tiempo atrás yo sabía que deseaba ser mamá. La mejor mamá del mundo. Que me casaría con un gran hombre que también quisiera ser el mejor padre del mundo, que tendría el bebé en el agua, que sabría todo para alimentarlo bien, para que creciera feliz. Algunos dirán que tal vez uno nunca se siente preparado o que la situación no será tan perfecta como se quiere. Tienen razón, pero esto iba más allá de no estar lista, de ser muy joven o de no haber ni siquiera terminado la universidad. Ese año había sido horrible: protagonicé dos intentos de suicidio; además de depresión, sufría de un trastorno alimenticio y, por último, llevaba solo un par de meses con Camilo y apenas nos estábamos conociendo. 

No fui una irresponsable, pero siempre hay fallas. No solo el condón se salió, sino que la píldora del día después tampoco hizo ningún efecto. Una semana después del retraso, Camilo  y yo compramos una prueba de embarazo. Dio positivo. Lloré varias horas refugiada en sus brazos. “¿Qué piensas?”, le pregunté. “Yo soy pro-Nathalie. Solo quiero que estés bien, pase lo que pase”, me dijo. 

Pensé en otras opciones diferentes al aborto, como, por ejemplo, en darlo en adopción.

Sin embargo, no habría sido capaz de tenerlo durante nueve meses dentro de mí y luego abandonarlo a su suerte. Sí, es cierto que quizá una familia podía darle la felicidad que yo no tenía en ese momento... pero no me cabía en la cabeza tener un hijo y luego tratar de olvidarme de él. 

Tal vez lo más difícil de afrontar fueron aquellas voces internas que me gritaban, que me perseguían en todo momento y en todo lugar: “¡Asesina! No puedes regalarlo, pero sí matarlo, ¿eh?”. “Pero es que yo no fui una irresponsable, yo no me lo busqué; sí quiero ser mamá, pero no así. No es aún un bebé, ¿cómo puedo ser una asesina?”, trataba de excusarme, de huir de aquel sentimiento de culpabilidad que me atormentaba. 

El reloj estaba corriendo. En ese momento cumplía un mes de embarazo. Era ese día o nunca. Recordaba los videos que me habían mostrado en el colegio sobre el aborto, en los que un feto bien formado era desmembrado por una especie de aspiradora. “Eso jamás, nunca”, me rebelé. Con un mes de gestación, mi embarazo era una pequeña célula de medio centímetro. Que si sufría o no… Prefiero pensar que no, necesito pensar que no.

Otra complicación que lo enredaba todo aún más es que yo no hacía parte de ninguna de las tres excepciones que la Corte Constitucional había ordenado sobre el aborto: violación, malformación del feto o riesgo de la vida de la madre. Pensé que de cierta manera yo hacía parte del tercer grupo, que no solo hay enfermedades físicas que ponen en riesgo la vida de la mujer sino que también existen los peligros de una enfermedad mental. Yo era tan depresiva e impulsiva que no habría sido extraño que llegaran más intentos de suicidio al verme en una situación tan difícil de afrontar. No, así, en aquellas condiciones, no tendría a mi hijo. 

¿Dónde buscaría ayuda? ¿Cómo demostrar que mi salud mental corría riesgo? ¿Cuánto tiempo tendría que pasar para que legalmente alguien me ayudara? Me desesperaba saber que el tiempo transcurría, el tiempo en el que esa pequeña célula se haría cada vez más grande, o que tal vez serían más noches con las manos en mi vientre, sabiéndome acompañada. 

Pero ese mismo día que reflexionaba sobre el tiempo, Camilo encontró un lugar. No era como se lo pintan a uno: un hueco sucio donde practican abortos de una forma rudimentaria. Este era un lugar grande y limpio, con varios especialistas que analizarían mi caso. 

Nos atendió una sicóloga a quien le conté todos mis miedos en medio de un profundo llanto. Ella me aseguró que en aquel sitio no eran pro aborto sino pro calidad de vida. Por eso entendió mis razones, que son las de muchas mujeres. Y luego, cuando estuve más calmada, me explicó cómo sería el proceso en caso de tomar la decisión. 

Una vez decidida a continuar, me revisó una ginecóloga, que me hizo una ecografía y me mostró la “celulita”, como ella nombró esa pequeña mancha en la pantalla. Me enterneció aquella imagen y no quise ver más. Más tarde, recordándola, lloré una y mil veces más ese día. Después me dio dos pastillas que debía tomar y un número de teléfono por si se me presentaba algún problema. Y me explicó que al cumplirse una semana debía ir a una revisión y luego a una asesoría de planificación. 

Los días siguientes sangré bastante, pero, y a pesar de estar triste, también me sentí aliviada. Estaba lista para curarme, para buscar la felicidad perdida. Me encontraba sola de nuevo. 

(*): Basada en una historia real, en la que se han modificado los nombres de los protagonistas.