Relato desde un puerto llamado Limón

En portada Tres mangos hacen una Ceiba. Una Ceiba es la proyección aérea de sus propias raíces. Y las raíces, son como un montón de ideas que conducen a un proyecto. 8:49 PM. Noche oscura. Poca brisa. Reflexiones hechas en Isla Fuerte. Enero, 2013. 

Hace más de 6 años me subí al Ferry Manuel Monteiro en la ciudad de Manaus, colgué mi hamaca junto con las de los demás y me dispuse a zarpar. Allí empezó una larga semana de travesía por el amazonas, rumbo a Leticia, en donde me esperaba un avión con destino final a Bogotá. Eran los últimos días de Agosto del 2006. El mes siguiente, allí, en mi ciudad natal, me graduaría como maestro en Artes Visuales, y siguiendo el orden impuesto de las cosas, iniciaría mi carrera profesional, aunque aún no estoy seguro de cuándo, o cómo, se empieza a ser artista, y mucho menos de que un diploma pueda acreditarlo (aún si ayuda a creerse el cuento). Lo cierto es que en ese momento, conscientemente, abandoné un viaje geográfico, y comencé otro. Uno más mental e intuitivo, que consistía, y consiste aún, en lograr estructurar un amplio cuerpo de trabajo a través del tiempo. Y aunque este ha ido evolucionando paulatinamente, lo que probablemente no ha cambiado desde aquella época, y aquel viaje, es mi forma de llegar a él, de buscarlo y de mantener viva la emoción de hacerlo.

Primero que todo suelo comparar la creatividad con el ejercicio físico. En ese sentido un artista podría ser el equivalente a un deportista, pero con la gran diferencia de que el deportista lo que más ejercita es su cuerpo, y el artista, (sea un artista visual, un escritor, un diseñador, un ilustrador o un arquitecto por ejemplo), su mente. Entonces llevo mucho tiempo haciendo mi propia rutina de spinning o “cardio” creativo. Éste consiste en diferentes cosas. Casi todos los días de mi vida, dibujo, escribo o pego algo en un pequeño cuaderno o libreta que llevo siempre conmigo, a manera de diario. A veces no es nada trascendente, tan solo una idea, la representación de algún objeto, la rememoración de un recuerdo o un garabato automático. Entonces los voy numerando y organizando en una biblioteca, cronológicamente, para llevar un registro cotidiano de mi vida. Es la versión más tangible de todo lo que pasa constantemente por mi cabeza. La regla de oro es que no me genere ningún tipo de angustia, ni me tome demasiado tiempo. Aparte, en un par de blogs, intento escribir. Lo que sea. A veces son historias, a veces reseñas, a veces tan solo una frase o una idea importante. Escribir me ayuda mucho a aterrizar conceptos generales. Esto se complementa con muchas idas al cine (casi todos los domingos), visitas a exposiciones, paseos en bicicleta, capturas fotográficas y la lectura de novelas de ficción de escritores contemporáneos. Todo ello, en mayor o menor medida, periódicamente y dependiendo del momento, hace parte de mi entrenamiento, y del mantenerme en forma. Así ejercito cada músculo del cerebro, mantengo vivas las ideas, recreo la imaginación y agudizo la memoria. 

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Cuando estás sobre el mar y el sol desaparece bajo la línea del horizonte, la tierra queda divida en dos enormes franjas cuya paleta de colores alcanza hasta las 1200 tonalidades. 5:45 PM. Nostalgia de color pastel, desde la tranquilidad de un bote.
 
Además de un buen entrenamiento, creo que los procesos creativos requieren de un alto grado de disciplina, rigurosidad, planeación y organización. Y mi proceso no es ajeno a ello. Cuando me he embarcado en un proyecto específico mi forma de operar es tan similar a la de un oficinista, pero cuyo jefe soy yo mismo. Entonces me pongo un horario preciso, realizo un cronograma de actividades, hago un presupuesto y aplico una rutina eficiente de trabajo. Como lo más probable es que todo desemboque en una exposición, se deben tener en cuenta aspectos de investigación, de producción, de creación, de logística, de montaje, de exhibición y de comunicación. Aunque es la parte más pragmática, y en apariencia aburrida, es también la que garantiza la sostenibilidad de esta profesión en el tiempo. Y tal vez por la educación que recibí en el Liceo Francés de Bogotá o por un gusto innato por las matemáticas, el orden y la eficacia, me resulta grato hacerlo. Me levanto a eso de las 8:00 AM - no muy temprano, no muy tarde -, me tomo un té, y luego empiezo a trabajar. Respondo algunos correos, busco referencias, dibujo o pinto varias horas seguidas, me siento en el computador y diseño algo importante, leo algún párrafo útil. Almuerzo. Generalmente en la casa de mi madre. Vuelvo y retomo. Hago un par de llamadas, busco materiales que necesito, vuelvo y dibujo, realizo algunos bocetos, calculo algo con el metro, me alejo. Tomo otro té. Y así se van pasando los días más atareados. Si la noche está tranquila y siento emoción, continúo haciendo lo que más me gusta, sentado en una mesa, enfocado en ello, como siempre lo he hecho. 

Debajo del agua el peso del mundo se ve reducido a unos cuantos gramos que tarde o temprano terminarán flotando al compás de las olas. Luego estas van y vienen hasta encontrarse con enorme ríos que han partido en dos las grandes montañas. 11:47AM. Estando bajo el agua y respirando por un Octopus.
 
Vivir, parece fácil, pero cuando esta palabra va adquiriendo los inmensos significados que le ha otorgado el lenguaje y la historia, todo se va haciendo más complejo. Y más, cuando tu obra está íntimamente ligada a ello. Porque a medida que avanzo, me es imposible desligar lo uno de lo otro, al punto que tener experiencias de vida se ha vuelto un elemento fundamental en mi proceso creativo. Sea esto como motivo, como tema, como motor o como pretexto. Por ello muy probablemente no he dejado de pasarla bien, de emborracharme lo necesario, de viajar, de enamorarme, de desenamorarme, de ver la muerte de cerca, de lanzarme en un paracaídas, de ser infiel, de ser fiel, de bucear, de tener buenas y malas amistades, de dormir lo necesario, de drogarme, de montar en motocicleta, de temerle al fracaso y a la muerte, de hacer largas travesías, de convivir en familia, de levantarme y ver el sol, de existir. Porque sin ello, sin una que otra aventura que rompa súbitamente con la rutina, creo que me costaría mucho, tener algo que decir. Aún si ante todo creo en la importancia de lo común, de lo simple y de lo pueril.

Las gaviotas se posan elegantes sobre uno de los troncos que sostienen el muelle. De pronto, atraídas por el temor de sus presas acuáticas emprenden un ligero vuelo en paralelo a la costa. Cuando menos se piensa han introducido el pico en el agua y atrapado su refrigerio. Cualquier pescado que aunque contuvo el aliento, terminó engullido con todo y espinas, en el pescuezo del ave. 3:37 PM. Flotando. A la espera de que algo extraordinario ocurra. Se acaban poco a poco las vacaciones.
 
Estas tres fórmulas, que lo son para mí, pero no lo serán para otros, solo toman sentido cuando se le añade un cuarto elemento. Conectar, mapear y unir, así sea mentalmente. En ese punto, empieza realmente mi proceso. Entonces es muy probable que una frase que escribí hace años en una libreta resulte en el título de un proyecto, y que este nazca de aquella vez en que lloré intensamente porque me sentí solo. Nada raro es que un texto escrito libremente se convierta en la introducción de una nueva investigación. Y que en un paseo por la montaña peruana todo se hile para llegar al meollo de algún asunto importante. A su vez la película del domingo servirá como referencia, junto con la cita de aquel libro que me dejó sin aliento. Porque no creo en los procesos lineales, ordenados, superfluos, engañosos, fríos y sin alma. Creo más en un entramado de trayectos que se van decantando y ordenando con el tiempo, al punto que derivan en piezas culturales inteligentes y poéticas, que además trascienden en el tiempo abriendo en el espectador una ventana hasta hace poco cerrada. Así se construye mi forma de pensar y de hacer. Tal cual espero, lo refleje este relato. 
 
Bogotá. 7 de Diciembre de 2013. Sintiendo mal de barco aún si estoy ya en tierra. Escuchando a João Gilberto.