Lo siguiente en el menú, es ella

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“Te levantas y te das cuenta que el mundo es una basura”. Esta es la frase que todos los días rondaba mi cabeza desde muy joven, cuando empecé a trabajar y odiaba la rutina en la que había caído por un maldito sistema que buscaba la riqueza material.

Un sistema del que siempre fui partidario hasta que mi papá entró en bancarrota y me mandó a la ciudad principal a ganar mi propio sustento. Un sistema que me hizo odiar por muchos años la clase “limbo” en la que estaba, pero también que me hizo llegar a tener esposa y a añorar ver unos hijos crecer. Hoy, a mis 75 años, aquella frase —que se cumple literalmente— solo me reconforta y hace que, cuando tenga hambre, quiera salir a cazar lo primero que encuentre, así sea otro ser humano. No te imaginas lo deliciosos que pueden resultar el corazón de un niño de escasos diez años, las nalgas de una veinteañera o hasta el lomo de un viejo como yo, al que lo han engordado los años. Aunque el pellejo puede ser un poco “chicludo” para el mascadero, pero con el tiempo te acostumbras. Pero no nos vayamos tan adelante, cojámosla con calma. Mientras orino en una vieja olla de acero, arrojo el preciado líquido amarillo en un destartalado purificador de vapor y espero unos segundos a que se vuelva transparente. Podríamos volver un poco atrás para que entiendas.

Ahhhh… No hay nada como el orín hecho agua en una hermosa tarde contaminada. Ahora vivimos de noche, dormimos de día. Estamos encerrados en viejas bodegas, casas que están blindadas o en lo que alguna vez fueron grandes edificios, símbolos del declive de nuestra especie.

El problema fue que nadie me contó sobre cómo íbamos a terminar. O quizá nadie quiso hacer caso. El mundo apesta, te comento. Y no es una simple frase: realmente apesta. Salir a la calle no es fácil. La capa de ozono ahora es una “tela” por la que muchos murieron. A otros los quemó, convirtiéndolos en una especie de vómito de una niña bulímica. No pasaron muchos años para que el sistema colapsara, los bosques se extinguieran, muchos animales desaparecieran, el agua escaseara, se dispararan bombas, misiles sobre las naciones y el mundo quedara sumido en una especie de territorio sin fronteras. ¡Pero me gusta! Tuvimos que llegar a nuestro máximo grado de porquería para ser libres. Por si no lo sabes, en un momento de la historia éramos esclavos de los objetos, de nuestros antojos, de otra gente, de nosotros mismos, de sustancias químicas, de seres que inventamos y decíamos que estaban más allá de nuestros límites. Teníamos libros sagrados, debíamos cumplir horarios, le rendíamos pleitesía a unos líderes y jefes. Nos relacionábamos con otros seres humanos, escuchábamos sus historias, lidiábamos con su estupidez, nos juntábamos, gastábamos una cosa que se llamaba dinero (el motivo de nuestra existencia), solo para copular y al final encontrar algo conocido como amor y no pasar la vida en soledad. Perdíamos nuestro tiempo fisgoneado a los demás en diversas plataformas virtuales. Ahora lo que más quieres, lo que debes hacer, si no deseas convertirte en la merienda de una pandilla de lunáticos o de un pobre viejo como yo, es estar solo.

Tomo mi máscara Vitalita, mis guantes y abrigo de jocklvexx (un material extraño, el último de los grandes inventos de la Humanidad, para protegernos de la lluvia ácida, de los rayos gamma, de las diversas porquerías que abundan en las desoladas calles). Recuerdo de nuevo que en algún momento tuve un hijo y una esposa a los que amaba. Cuando enfermaron, tuve que decidir si morir con ellos o ser evacuado con la población que aún estaba sana. Fui egoísta o quizás “humano”. Sin mirar atrás, los abandoné. Somos la peor porquería del Universo y hasta el momento parece que la única.

Salgo a la calle, las corrientes de aire golpean mi cuerpo. Camino lento, calculando mis pasos. Parece que ya podemos pasar varios segundos sin máscara, pero yo no estoy tan seguro. A través de ella observo lo que un día fueron edificios. Ahora unas grandes enredaderas negras las rodean. Todo está oscuro y, a pesar de que llevo este traje, siento un frío estremecedor. “La venganza de la naturaleza”.

Mis tripas claman comida, estoy cansado y cada vez es más difícil conseguir humanos. Lo más cercano a comida son las grandes cucarachas -miden cerca de 70 centímetros- que se encuentran a unos cuantos metros de mí, encima de algo parecido a un antiguo perro. Algunos animales mutaron, ya no son tan bonitos como antes. Nosotros no somos los amos, debemos andar con cuidado. Alzo la mirada y compruebo que una mujer que aparenta 30 años, de pelo blanco, piel casi verde, ojos muy azules y de harapos cafés, me observa a través de una ventana de lo que fue un pequeño edificio. Debe pensar que puedo ser un rico manjar. La idea de ser antropófago no debe para nada asustarte. La mujer desaparece, miro al frente, clavo la mirada en las cucarachas mientras camino con cuidado sobre rastros de pavimento y tierra. No me dan asco. Son cuatro, grandes, con duros caparazones de color café, siete patas y dos largas antenas. No tienen alas. Aparte de las mandíbulas y maxilares, poseen una hilera de pequeños dientes bien afilados que machacan la escuálida carne del animal. Te darían un poco de miedo. Antes no eran así. La sangre del cadáver está coagulada. Camino sin hacer mucho ruido, estoy muy cerca de ellas y lanzo mis dos manos sobre los costados de una de las desgraciadas. Me alejo, no miro el cadáver, sus compañeras se pierden en la oscuridad. La escucho chillar mientras mueve sus patas frenéticamente. Saben más rico mientras perciben el peligro por los jugos que segregan. La sostengo en el aire, la miro durante unos segundos y por alguna razón recuerdo cuando tuve en hombros a mi hijo el día de su bautizo. Con gran esfuerzo la sostengo con una mano, miro sus ojos compuestos, ella mueve frenéticamente sus antenas, sus mandíbulas, sus maxilares llenos de vellos sensitivos. Con la otra mano me alzo la máscara hasta dejar descubierta mi nariz. Siento arena en la lengua, alrededor de la boca. El aire es frío, sabe y huele como a azufre, empiezo a tener dificultad para respirar. Sin importarme si el animal me puede morder, si está plagado de enfermedades que causarían mi muerte, lanzo mi boca hacia su cabeza. Siento una capa dura pero velluda. Las antenas chocan contra la máscara, presiono con fuerza lo que queda de mis dientes y estos se encuentran con los de abajo, penetran las pocas partes suaves del animal. Una sección de mi cara se llena de un líquido negro. Me siento mal. El animal chilla y yo hago más fuerza, termino de decapitarla. Trato de cerrar la boca, no lo consigo, empiezo a masticar frenéticamente. Tengo ganas de quitarme toda la máscara pero no me atrevo. Las antenas y maxilares me hacen cosquillas en el paladar. Como todo humano la cucaracha no me sabe feo. Como cualquier humano me acostumbré a vivir en la porquería. Mientras voy engullendo pedazos de la cabeza de la cucaracha, arrojo el cuerpo a varios metros. Recuerdo que aquellos animales pueden vivir muchos días sin esta parte de su organismo. Lo que queda de la cucaracha está boca arriba y mueve sus patas con desesperación, intentando reincorporarse mientras parte de la calle adquiere un color oscuro. Yo sigo masticando con dificultad. Trago tratando de no ahogarme. El líquido negro sigue saliendo por mi boca, mancha mi traje, pero me ha ayudado a tragar. Respiro con fuerza, me arden las fosas nasales, boto un poco de aire por la boca, sigo masticando y me bajo la máscara. Me volteo, alzo la mirada y de nuevo la mujer de la ventana del edificio me observa. Te lo tengo que aceptar, lo siguiente en el menú, es ella.

Nota: Daniel Vivas es periodista de la revista Bocas. Nació en Cali y jamás volvió a encontrar una película mejor que Fight Club. @dani_Matamoros. Encuentre su blog en bogota.vive.in