El sueño eterno

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En Portada

La pequeña sala está despejada de muebles y con la tenue y única luz de una lámpara dorada en forma de sol que parece incrustada en el techo.

En el centro está el ataúd en el que yace el difunto, con vestido y corbata oscuros, custodiado por cuatro cirios encendidos pero que se ven con ganas de apagarse. Hace un calor inusual. El balcón está abierto, dejando que entren el aire, las luces de las farolas de la calle y el ruido de los clientes de la salsamentaría de doña Rosita. Colombia está jugando la final del Campeonato del Mundo de fútbol ante la selección alemana y el establecimiento está lleno a reventar.

Alrededor del túmulo, y adosadas a las paredes, varias mujeres enlutadas, sentadas en sillas de distintas familias, están rezando el rosario. Las dirige Carmela, una mujer vestida de hábito que domina el ejercicio de hacer avanzar las cuentas con una gran habilidad. Su puesto de mando está bajo una Última Cena de estaño. Al lado de Carmela figura la viuda, en el papel de desconsolada, que es aliviada en su pesar por los huesos de una anciana con mueca de concurso. Al corro se une Edgar Antonio, un caballero mutilado de un brazo que oculta su mirada tras unas gafas negras y que se sienta en la única silla vacía.

Carmela, sumida en el rezo, sube el tono de la voz. Tiene la mirada resignada y perdida en las baldosas del suelo, por las que se pierde una mosca sin vela en ese entierro. Mientras, el partido de la selección que está viendo casi todo el vecindario hace trepar a la estancia murmullos sobre lo que acontece en un televisor que parece subido en un púlpito.

—Tercer Misterio: la coronación de espinas. Padre Nuestro que estás…

—¡Gol!¡Goool! —se escucha gritar a los televidentes de la salsamentaría.

Colombia ha marcado y el gol —cómo no— de Radomel Falcao retumba en las paredes haciendo mover las llamas de los cirios, al tiempo que Edgar Antonio aprieta los dientes por el que se le escapa un incontenible “Bien…” mientras aprieta su único puño.

Una mujer que está junto a Carmela dirige la vista al ataúd y queda con un gesto descompuesto, tocándola con su mano y con cierto apuro mientras señala con su mirada el cajón. Carmela mira el ataúd después de haber reprobado a distancia pero con energía la incontinencia de Edgar Antonio.

Al difunto se le han abierto los ojos, como si saliera de un sueño, como si lo hubiera despertado el gol de Colombia. La viuda también lo ve y mira a Carmela, quien con el rosario en la mano y sin abandonar el rezo se levanta, va al ataúd y cierra con una mano los ojos del muerto, al que envía de nuevo al descanso eterno. Luego, se sienta y sigue mascullando las oraciones y vuelve a perder la mirada en el suelo con el mismo aire de resignación mientras sus dedos mueven con destreza las cuentas del rosario.

Desde el local de doña Rosita se continúan escuchando las voces de los que están viendo el partido. Una de las mujeres trata de detener el griterío chistando con cierta timidez desde la baranda de un balcón repleto de macetas que cubre de respeto un plástico negro.

— ¡Huyyyy…! —se lamentan los seguidores por un gol que casi mete la selección Colombia.

En ese instante, la anciana que está al lado de Carmela vuelve a fijar sus ojos espantados, como dos bolas de billar de color marfil, en dirección al ataúd y toca de nuevo el brazo de la directora del rosario, quien dirige su vista al cajón y frunce el ceño: los ojos del difunto se han vuelto a abrir. Todas las miradas, incluida la de la viuda —que ya tenía bien aprendido su papel y teme perderlo— se clavan en Carmela, que sin dejar de hacerse cargo del rezo se para y llega como flotando hasta Edgar Antonio. Luego le quita las gafas y se las coloca al difunto, encajando las patillas como si le estuviera anclando en el más allá. El grupo continúa la retahíla del rosario.

En el ataúd, al muerto se le reflejan en los cristales de luto de las gafas la lámpara en forma de sol y la viuda recuerda su viaje de luna de miel, cuando su pobre esposo y ella se echaron por primera vez en su vida en la arena de una playa, allá en Santa Marta. Carmela, mientras, vuelve a subir su entonación, al tiempo que respira en profundidad y el muerto parece ir tomando un mejor color y se le asoma un rictus que muestra un diente dorado.

—Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria a Radamel Falcao…

En la calle suenan acompasados los cláxones de los carros del médico y del señor alcalde y desde la estancia se oyen de pasada los gritos de “¡Colombia!, ¡Colombia!”. La tricolor ha ganado su primer Mundial de fútbol. Los velones parecen alumbrar más, derritiendo esperma a borbotones.

—Quinto Misterio…

La viuda se acerca a una de las mujeres que forman el coro de enlutadas y le susurra al oído: “Lo que habría disfrutado mi Álvaro Andrés por ver a Colombia campeona; fue su sueño toda la vida”.

—Por los siglos de los siglos…

—Amén.

Nota: Jesús Méndez es editor de la revista Bacánika. También es el autor de los libros Miénteme, dime que me amas y de Caño abajo.