El amor en los tiempos del BlackBerry

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Sex on fire, la canción de Kings of Leon, suena en mi BlackBerry. Me siento relajada, tranquila. A los pocos minutos veo en la pantalla un ícono verde que se enciende. Y mi mente divaga entre recuerdos, expectativas y algo más. No sé si será él. Si todo lo que hablamos podrá definirse como real o solo como un simple y fugaz romance.

 Palabras titilantes e intermitentes entre los días se van convirtiendo en señal de desinterés o en una forma de conquista muy masoquista —tanto para el que la hace como para el que la recibe—. Y me preguntó: ¿en qué momento lo que tecleamos en un celular, las caritas que ponemos y las figuras nuevas que inventamos, se convirtieron en nuestro mapa de guía?

Como pudimos imaginar en cualquier cuento de ficción, las relaciones se van tornando cada vez más en mensajes a la distancia. Y no porque estemos a miles de kilómetros de distancia —como en realidad ocurría antes—, sino que sentimos que estos aparatos nos acercan más y que ya no necesitamos ni vernos. Diario, instantáneo, todo tiene que estar al alcance de la mano. Buscamos pruebas cotidianas como rastros para saber hacia dónde va una nueva relación o la que ya llevamos con alguien.

Recuerdo tanto a Florentino Ariza —en El amor en los tiempos del cólera— enamorado de Fermina Daza. De esas eternas cartas que la lograron enamorar después de 53 años, 7 meses y 11 días. Lento, pero certero. Ahora solo nos debatimos sinceramente en pequeños mensajes, dígitos, emoticons y pines

Volviendo a mi cuento, y como era de esperarse, el sujeto —mi sujeto— aparece con un simple “hola” a secas. Lo repite más tarde, con un “cómo vas” y yo voy respondiendo, pero parece que todo lo que vivimos en “en directo” se borra en dos segundos. De repente siento que lo que llegamos a tener en el mundo de “carne y hueso” se desvanece en un universo de bits. El sujeto de nuevo desaparece de mi celular por varios días.

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Es lunes de nuevo y, como en una rutina que se repite sin cesar, entró en mi habitación. Parece que hubiera pasado un huracán. Me siento a pensar, pero mi cuerpo comienza a sentirse muy pesado, hasta que caigo en un sueño profundo. 

Me despierta una sed tremenda, un calor intenso. Abro los ojos y el sol me marea. El viento pasa espeso. Y enfrente mío se para una mulata de unos 70 años. Tiene los ojos verdes grillo y un vestido blanco que le queda suelto.

-¿En dónde estoy?

-¡Cómo así, muchacha…! En tu casa. 

Miro a mí alrededor y veo un patio inmenso con un árbol de mangos en la mitad y una red de pasillos a los lados. Enseguida me percato de que la mujer me ha hablado con acento caribeño. 

El calor me asonsa y recibo en mis manos una limonada. Todavía no me atrevo a hacer preguntas sobre lo qué está ocurriendo. Creo que esta persona debe de ser mi nana o algo por el estilo. Me mira con una risita cómplice, de esas de ladito, medio esbozada en su rostro. 

-Esta niña cada vez esta más loca. Hoy se despertó y no sabe ni dónde está- le dice a alguien que va entrando.

Me doy cuenta de que me rodean varias flores ecuatoriales y un montón de pájaros enjaulados. A un lado se encuentran dos perros dálmatas que están tirados en el suelo sin la más mínima intención de pararse. 

En ese momento lo veo. Está impecable, con su traje y un maletín de cuero finísimo. 

Se quita el sombrero y, como jugando, me toca la frente para ver si tengo fiebre. Lo reconozco: es mi padre, el médico del pueblo. Siento que me inspira un gran respeto. 

Mientras tanto, una mujer con la tez muy blanca —que lleva un abanico con rosas pintadas en cada lado— sale de la sala. Un gato persa de ojos anaranjados va acompasando su paso. Él, mi padre, la mira primero y como por instinto ella reconoce su olor y le sonríe. 

Ahora lo comprendo todo y no sé si es solo un sueño, pero en realidad lo estoy disfrutando.

En cuanto llego al regazo de esta madre de fantasía, de la literatura misma, me siento en paz. Quiero ganarme su confianza para que me muestre todas esas cartas de amor que le envió hace muchos años ese hombre, al que amó antes que a mi padre.

En el jardín de mi casa se arma una partida de dominó y yo, que siempre he soñado con vivir en el caribe, me siento dichosa. Olvido esa otra realidad, el aparato del que me volví dependiente y también al sujeto del que esperaba unos cuantos bits

Por ahora, me dedicaré a mirarla a ella, a Fermina Daza. Tan callada, tan elegante. Anda pendiente de nuestro gigante comedor de caoba —mientras las empleadas acomodan los cubiertos para la cena— y también tiene el ojo puesto en el traje de mi padre, Juvenal Urbino. 

Ella y él aún son jóvenes, o, mejor dicho, de mediana edad. Se nota que entre ellos hay un cariño más que entrañable. Pero de antemano yo conozco la historia completa por lo que me dedico a observarla, a tratar de descubrir en su mirada un secreto y por eso me empeño en encontrar las cartas de Florentino. Presiento que me queda poco tiempo.

Escalo en medio de su armario y puedo sentir entre mis manos la seda de sus pijamas, y huelo todos los perfumes regados por el tocador. Cuando escudriño en su ropa para encontrar ese paquete de cartas de amor, no aparece por ningún lado. En su lugar, un pañuelo se cae al suelo. Desde arriba leo en perfecta caligrafía una nota:

El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno. J

Me siento en su cama y cuando la veo entrar no me dice nada. Toma su cepillo y comienza a peinarme. Me siento una princesa en aquel universo caribeño y de repente comienzo a hacerle miles de preguntas. Le hablo sobre el primer amor, indago sobre cómo descubrir las verdaderas intenciones de un hombre y le pido consejos. Llegamos a la conclusión de que las palabras o los gestos son importantes para cualquier relación.

-Es sencillo, nena: o te escribe o no.

Salgo de su cuarto y entiendo todo el tiempo que perdí en preguntas estúpidas: las relaciones de esa otra realidad, de la mía, se basan en mensajes y, por supuesto, en esta también. Mi padre, el médico, le dejaba a ella no cartas como Florentino, pero sí mensajes plagados por todo el lugar. Frases y pinturas o, incluso, el hecho de dejarla tener todo lo que quisiera desde aquellos primeros años de matrimonio donde le permitió comprar cualquier tipo de animal para la casa: perros y gatos —de todas las razas— cuervos, culebras y monos. Todas esas eran pruebas más que fehacientes de un amor diario, no de un idilio pasional momentáneo. 

Me subo al techo de la casa y puedo ver el atardecer con un mar de fondo. El sol se explaya con un anaranjado cegador por todo el cielo, en donde comienzan a aparecer las primeras estrellas. Me siento afortunada, pero en ese justo momento un sonido me electriza. Tengo en el bolsillo algo que vibra. Fue como encontrar el monstruo en el sueño más hermoso para saber que era una pesadilla. El sonido continúa. Y yo no quiero volver a ver a ese bicho absurdo que me obsesionó antes. 

Por un roto de las tejas veo a aquella anciana que me cuidaba y me trataba como su “muchachita loca”. Mientras tanto, mi padre, Juvenal Urbino, se afeita con una navaja barbera. Ella ya está dormida y Florentino muy seguramente andará muy lejos, pero yo le agradecí por haberla amado tanto. Por la espera y las más de 100 cartas de amor eterno para la “Diosa Coronada”. 

El sonido seguía interrumpiendo mi visión. Finalmente, me despierto. Estoy del otro lado, en medio del desorden de mi cuarto. Todos esos sonidos eran alertas de mensajes de aquel sujeto. Después de varios días, apareció. Sin embargo, yo ya había viajado hasta el cuento de la literatura que más quería. Decidí que no me interesaban más los mensajes intermitentes…

Nota: Juana Restrepo es jefe de redacción de la revista Bacánika. Se la pasa corriendo entre semana, para poder tener tiempo de leer y ver cine los fines de semana y no hacer más na´. Cree que caminar por la ciudad es la mejor forma de escribir una historia. Visite su blog en el periódico El Tiempo: ¿A quién le importa? . @JuanaRestrepo87