Bogotá sin trancones

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Enero de 2013. Estoy a punto de ser parte de un proyecto que partirá la historia de la ciencia colombiana en dos. Seré el conejillo de Indias del primer viaje interdimensional de la CASA (Colombian Aeronautics and Space Administration), que en realidad es una versión recargada de la desaparecida Colciencias, pero con ínfulas de programa espacial del primer mundo.

Estoy impedido legalmente para revelarles el origen de este revolucionario programa, por eso pido discreción cuando les diga que todo empezó por un satélite norteamericano que aparentemente cayó en Villeta, a unos kilómetros del balneario donde me hallaba sufriendo el rigor del insomnio en una noche de estrellas y guaros fugaces. Fui el único que tuvo la osadía, o la estupidez, de acercarme a investigar.

En resumidas cuentas, el ejército y yo fuimos los primeros en llegar. Para evitar fugas de información, me hicieron parte del programa y tuve que firmar varios papeles que nunca leí. ¡Ah! y me dieron mi propio balneario a cambio: eso compró mi silencio. El gobierno, sintiendo que era la forma correcta de proseguir, le devolvió al presidente Obama su satélite, aunque eso fue después de haberlo analizado lo suficiente y descubrir que se trataba de una máquina para viajar entre universos paralelos. Así fue que pudieron copiar ―ay, como si fuera nuevo copiarnos de lo de afuera― y fabricar su propia maquinita.

Ahora estamos a punto de dar inicio al primer viaje. Necesitaban un ciudadano del común para realizarlo o más bien necesitaban algún incauto que se le midiera y… bueno, mucho gusto, “el incauto”. Solo sabemos que la máquina envía una persona a una versión distinta del lugar de partida, en este caso Bogotá, pero desconozco a cuál de todas estas versiones me dirijo. Podría terminar en una Bogotá donde las calles y avenidas intimidan a las de Tokio, a una ciudad donde el metro es una realidad o a una en donde Pablito, el de Padres e hijos, es el alcalde: todo es posible.

Mi viaje está a punto de comenzar. Se inicia la secuencia, cierro los ojos, aprieto los glúteos y… ¡suáquete!, despierto en mi carro, en el parqueadero del edificio. Alcanzo a creer que fue un sueño pero no, un adminículo, que más bien parece un reloj Casio imitación, me indica mi misión. Así que enciendo el motor y salgo a la calle en la que sería mi rutina diaria en la capital.

Por el momento, nada raro. No veo graffitis en contra del alcalde Pablito. Algo llama mi atención: el tráfico es exageradamente tolerable y no escucho pitos, debe de ser domingo. Enciendo la radio para informarme un poco. Me sorprendo cuando el locutor menciona que es martes, ocho de la mañana. Supongo que estamos en la temporada vacacional de los culicagados, impúberes y adolescentes, pero no, esto va más allá, no parece Bogotá. La gente conduce como si hubiera consumido alguna pepa de alto poder fabricada de forma clandestina por un osito cariñosito: todo es alegría y paciencia. De repente, veo que un Renault 4 se queda varado en plena vía. Lo sigue un vehículo de gama alta. Su conductor debe detenerse y abre el vidrio con cierto afán. Ya veo venir un madrazo, y, como es tradición en nuestro país, amplificado por un prefijo (“doble”, “triple”, “catre”), pero solo escucho un delicado: “¿Necesita una recarga, buen hombre? ; tengo cables”. En ese instante entro en pánico: esta no es la Bogotá coqueta que yo conozco. ¿Qué está pasando?, ¿dónde está mi gente linda, mi gente estresada?

Es difícil continuar, pero debo hacerlo. Así que salgo a la autopista Norte, la tomo hacia el centro y me encuentro con ese paraíso de concreto y líneas discontinuas con el que todos hemos soñado, pero que solo se deja ver en los días vacacionales, cuando uno ya está en Anapoima sobre un cocodrilo inflable. Entro en shock. Debo buscar información, así que me detengo en un café Internet y a través de un googlazo descubro el origen de esta utopía. Hace cuatro años fue elegido alcalde Nerú, el destacado coreógrafo que, en una era en la que la alimentación sana y el ejercicio se han convertido en política, logró alcanzar el cargo con el eslogan Comiendo y corriendo, que buscaba convertir a los bogotanos en gente más consciente al comer y, ante todo, más activa. Así que instaló el famoso Pico y Nada, una especie de Pico y Placa en el que prácticamente nada vale para sacar el carro más de 24 horas por semana. El libre tránsito de vehículos depende del número con el que termina la placa, de la segunda letra con la que empieza la placa, del color del carro, del número de calcomanías que tiene, del color del pelo del conductor, etc. Básicamente, Nerú la puso difícil. En su momento, los bogotanos se rebotaron y salieron a las calles, pero Nerú tenía el apoyo del presidente Higuita, así que la norma había llegado para quedarse.

Ya con esta información en mano, decido retomar mi ruta por la autopista. Algo extraño sucede cuando en el espejo retrovisor diviso una serie de personajes en patines en línea moviéndose a gran velocidad entre los carros y utilizándolos para impulsarse. Uno de ellos llega en cuestión de segundos y lanza algo hacia el interior de mi carro, luego sale disparado hacia el siguiente vehículo. Mi corazón se acelera, por primera vez en este viaje siento que estoy en peligro, imagino lo peor, pero luego veo que lo que el patinador lanzó fue una gomita con sabor a fresa. Mis pensamientos no alcanzan a organizarse cuando el patinador regresa, se aferra a la puerta de mi carro y me dice “Una en doscientos, tres en quinientos ¿La va a llevar a mono?”. Veo su rostro: el patinador en realidad es una señora temeraria que lo arriesga todo por sus ventas.

Ahora lo entiendo: los vendedores se han adaptado. En mi realidad no solo se reconoce al vendedor de semáforo sino a aquellos que caminan entre los vehículos a la hora del trancón y aprovechan la inmovilidad para hacer sus ventas.

Continúo. Veo las sonrisas de quienes llegan a tiempo a sus trabajos, veo magia, veo civismo, veo una luz, veo esperanza, veo… veo una valla que dice Transmilenio, avenida 68, inicio de obras: junio de 2013. Fin de obra: junio 2025. Algo no encaja aquí, vivimos en una utopía vial y ¿las obras duran, oficialmente, más que la 26 en Bogotá?

La magia desaparece y me siento a la deriva hasta que finalmente lo entiendo todo. Al parecer, la falta de trancón también ha logrado que algunos políticos y contratistas sientan menos presión y se tomen su tiempo para entregar. Es así como concluyo que, en esta realidad, muchas cosas cambiaron en Bogotá, pero que algunas otras no las cambia nadie.

Nota: León Corkidi es creativo en Sancho BBDO. Creció en Cali a punta de chontaduro. Se equivocó de carrera, corrigió el rumbo y cree que el metal es lo máximo. @leonalbeiro (leoneitor en YouTube)