Vida de poeta

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En portada Actualmente, en mi condición de outsider o marginal ilustrado, sobrevivo gracias al generoso billete de unos pocos amigos, al sablazo, a alguna lectura pública y, ocasionalmente, a la invitación a escribir un artículo para una revista. Vivo por y para la literatura...

En 1981, terminados mis estudios secundarios en el Instituto Técnico de Sonsón, viajé a Medellín a vivir con mi padre y a buscar empleo. La idea no me agradaba pero no tenía alternativa; mi único horizonte eran el trabajo y la emigración. Días después de mi llegada a la ciudad, papá me consiguió puesto de mensajero en el almacén de bicicletas donde él era dependiente. Aprovechaba las salidas para vagar por las calles, me detenía a mirar el incesante fluir de la gente, la intimidante multitud de los carros, las fachadas de los altos edificios, las marquesinas policromas de los cines, los vestíbulos de los grandes hoteles, las vitrinas de las librerías, de las tiendas de estampillas e instrumentos musicales, y permanecía largos ratos ante los escaparates de las joyerías con sus oscuros terciopelos refulgentes de temblorosos destellos. Recibí varios llamados de atención por mis demoras y al cumplir la primera quincena me despidieron. En los meses siguientes hice encuestas, fui mesero, vendedor de enciclopedias y otros puestos insignificantes y míseramente pagados, pero no duré más de una semana en ninguno, y al fin desistí. Había venido a la ciudad con el fin de emplearme, pero el trabajo, ¿no era la muerte para alguien sediento de placeres? Observaba a los jóvenes empleados afanándose en los mostradores de los comercios y pensaba que son como la planta que se marchita sin haber florecido, y consideraba lo trágico de estar pleno de vida y no vivir, de tener ojos penetrantes y no ver.

Empecé a frecuentar la Biblioteca Pública Piloto. Un miércoles en la tarde asistí en la biblioteca a la tertulia semanal del poeta y escritor Manuel Mejía Vallejo. De él escuché por primera vez de forma consciente la palabra poesía, que me sedujo con su sortilegio y su sonoridad. En esas seis letras está contenida para mí la alegría del mundo, su hermosura y su misterio. Hay un momento de la vida en que un hombre averigua quién es y se ve cara a cara con su destino. Oyendo a Mejía Vallejo, tuve la revelación de que el lenguaje no es solo un medio de comunicación sino que también puede ser música, pasión y gozo. Fue entonces cuando decidí que sería un poeta o no sería nada. Ser un poeta me parecía el más bello destino del mundo, aunque pronto descubrí que no daba para vivir. Pero mi decisión estaba tomada. Autodidacta por elección tanto como por la fuerza de la pobreza, no era en rigor un estudiante pero viviría como tal, viviría para la poesía, viviría peligrosamente, sin rechazar nada, soportando alegremente las penalidades de la pobreza, acumulando experiencias y dando testimonio del mundo en una obra.

Durante la década siguiente subsistí a costa de mis padres, leí con voracidad, estudié inglés y francés por mi cuenta y publiqué dos libros de poemas. Pero llegó el momento en que trabajar se hizo indispensable y me empleé primero como ayudante de librería y luego como profesor de literatura. Durante los doce o trece años en que trabajé no escribí prácticamente nada. Un poeta debe ser fiel ante todo a su imaginación y debe vivir una vida digna de un poeta, es decir que debe detenerse a mirarlo todo. Y el único modo de mirarlo todo es no haciendo nada. Pronto se volvió claro para mí que la poesía era incompatible con la camisa de fuerza del trabajo, y que mi propensión a los placeres, mi necesidad de libertad y mi aversión a la rutina se oponían a una vida monótona de jornadas laborales. Entonces renuncié a trabajar.

Actualmente, en mi condición de outsider o marginal ilustrado, sobrevivo gracias al generoso billete de unos pocos amigos, al sablazo, a alguna lectura pública y, ocasionalmente, a la invitación a escribir un artículo para una revista. Vivo por y para la literatura, sin romances, ni lazos de familia, ni animales domésticos, ni televisión; vivo en el campo, en una casa prestada, sin llaves porque puedo entrar y salir por la ventana, duermo en diagonal sobre la cama, me despiertan los pájaros del bosque, no tengo propiedades, ni tarjetas de crédito, no vendo nada, no estoy en la nómina de nadie, no cotizo, no declaro, no pago diezmos, vacunas o facturas. Estoy como quien dice financieramente muerto. Sé que disto de ser un ejemplo a seguir, sé que el trabajo es algo ineludible y que es hora de buscar alguna ocupación, pero ¿dónde se necesita un poeta?cierre