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En portada Es aquí donde emerge el concepto de Economía Creativa: la intersección entre los procesos creativos, la cultura, la economía y las  nuevas tecnologías. Es un concepto interdisciplinario que desborda a las industrias creativas y culturales puesto que genera innovación e impacto en otras industrias.

En 1999 Daves y Ford escriben un artículo visionario en el que formulan el concepto de Culturepreneur. Plantean que para el 2009, los artistas prescindirían de los managers, curadores e incluso las galerías. Gracias a los recortes en los subsidios para artes y a la necesidad de cubrir la brecha entre lo público y lo privado, los culturepreneurs se convertirían en profesionales híbridos encargados de crear, producir, distribuir, circular y comercializar productos y servicios culturales. Efectivamente, esto es lo que ha sucedido.

La movilidad laboral, la emergencia de internet, la cultura de Hazlo Tú Mismo, las posibilidades de distribución de las obras a bajo costo, así como la crisis económica global han cambiado las dinámicas del mercado laboral en la que se estudiaba una profesión para acceder a un trabajo “estable”.

Por otra parte, desde finales de los años 90 los gobiernos de países desarrollados comenzaron a volcar su mirada al potencial de la creatividad y la cultura en la generación de ingresos. Las mediciones arrojaron datos interesantes: en Inglaterra las Industrias provenientes de la creatividad aportaban aproximadamente el 5 por ciento al Producto Interno Bruto del país (en 1998). En Australia y China, entre el 3 y 5 por ciento, en Estados Unidos del 7 al 9 por ciento. Esto generó un boom de políticas orientadas a promover el desarrollo de las industrias culturales y creativas durante la primera década de este siglo.

Colombia, con un 1,78 por ciento del PIB (2001-2007), fue pionera en Latinoamérica frente a las mediciones del impacto económico de la cultura. Aunque existe una división de entes responsables del fomento de las industrias culturales por un lado (a cargo del Ministerio de Cultura), y de las industrias creativas (fomentado por el Ministerio de Comercio, y el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones), existe un gran interés político por el desarrollo de empresas que generan innovación desde la creatividad humana.

Es aquí donde emerge el concepto de Economía Creativa: la intersección entre los procesos creativos, la cultura, la economía y las  nuevas tecnologías. Es un concepto interdisciplinario que desborda a las industrias creativas y culturales puesto que genera innovación e impacto en otras industrias. En el mundo real, los jóvenes están emprendiendo desde la cultura, las TIC, la innovación social y sus propios procesos creativos. Y planteo jóvenes porque es en el sector de la población en el que más se evidencia el fenómeno del emprendimiento creativo: estudiantes de tecnología, profesionales entre los 25 y los 35 años dispuestos a arriesgar la comodidad de un trabajo estable por la satisfacción de tener su propia empresa. Algunos estudios plantean que los promotores de la Economía Creativa esta generación y, los milenarios o globalistas; los nacidos entre 1980 y la década de los 90. Son personas curiosas, arriesgadas, interesadas por la tecnología, orientadas a un consumo mediado por las experiencias y apasionadas por estilos de vida creativos. Representan 2.3 billones de la población mundial y según la Agencia Brasilera Box1824 el 54 por ciento de ellos ya ha creado empresa.  Igualmente, son quienes han sido más afectados por el desempleo producto de la crisis económica global del 2007 al 2012.

Aunque no existe un consenso entre la definición de Economía Creativa, es evidente que fomentarla es rentable y sostenible a largo plazo, ya que la creatividad es el recurso inagotable por excelencia. En Latinoamérica encontramos autores que hablan de una Economía de la Abundancia (Deheinzelin) regida por procesos de colaboración, co-creación y co-copetencia. De nada nos sirve guardarnos las ideas. Esto bloquea la creatividad y la posibilidad de generar ideas de mayor alcance. Aun más, si entendemos la innovación como la implementación del proceso creativo, necesitamos poner en práctica, emprender, ejecutar nuestras ideas para tener un real impacto en la sociedad. Conceptos como ciudades creativas, clusters creativos y ecosistemas creativos emergen como la posibilidad de nutrir y alimentar constantemente las ideas y la creatividad humana en todos los ámbitos.

Más allá de construir lugares “cool”, lúdicos y de esparcimiento en los que pretendamos vivir el estilo de vida “Google”, la Economía Creativa requiere de un nuevo estilo de pensamiento. Los emprendimientos creativos operan bajo el paradigma de la colaboración y la confianza. Los colaboradores rotan de proyectos, permitiendo alimentar su creatividad y evitar las zonas de confort. Todo aquel emprendedor creativo o cultural que pretenda tener una empresa bajo el paradigma organizacional del Siglo XX, esto es, desde el control y el miedo, está condenado a matar la creatividad, principal activo de su empresa. Puede que por unos años logre dominar el mercado; a largo plazo sólo llegará a producir desde los lugares comunes por los que se ha posicionado.

En Colombia las oportunidades están. La “locomotora de la innovación” ha generado premios, convocatorias, leyes para fomento del emprendimiento, así como beneficios tributarios y estímulos a quienes inviertan en cultura e innovación. Para la muestra la ley de cine que fue perfeccionada esta semana y que pretende promover a Colombia como escenario y co-productora de películas de mediana inversión. Así mismo, se han establecido varias entidades públicas y privadas promotoras del ecosistema del emprendimiento que le están apostando a la innovación, al intercambio de oportunidades de negocio entre países y empresas de distintos sectores. Quizá lo más importante es el valor y la pasión de creer en la propia idea sin esperar a tener el dinero para empezar a desarrollarla. Después de todo, la creatividad es lo único con lo que realmente contamos desde el inicio. Las mejores ideas son aquellas que nacen a partir de lo que ya tenemos, dejando de lado la preocupación por aquello que nos falta.  cierre