Desinterpretando pesadillas

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Un falso análisis de ficciones nocturnas y diurnas en seis cortos párrafos.

Aquí estoy mirando una y otra vez para atrás mientras escribo este artículo. Debo decirlo: tengo miedo. Y lo tengo porque ya está de noche y porque el tic tac del reloj no hace más que sonar. Detrás de mí hay un corredor vacío y oscuro; el lugar perfecto para que los demonios hagan su entrada triunfal al mundo de los vivos. Y no es que yo sea uno de aquellos ingenuos que ha visto tantas películas de terror que cree que Míster Belcebú está merodeando los hogares con el propósito de poseernos y deleitarse con nosotros como lo hizo con la niña del Exorcista. Esta especie de paranoia no tuvo su origen en el mundo de la vigilia. Nació mientras dormía. Una película dirigida por mi subconsciente y protagonizada por un servidor tuvo el poder de hacerme vivir el verdadero terror. 

He tenido miles de pesadillas, tal vez producto de una sobre-ingesta de comida a altas horas de la noche o a causa de imágenes perturbadoras, pero el mal sueño que quisiera contarles no está ligado con estas situaciones; simplemente apareció y se quedó conmigo durante varias noches. 

La cosa empezaba así: en un cinematográfico plano general de un mundo parecido al de la película del Señor de los anillos. Allí, en medio de la oscuridad, el sueño se dirigía a un castillo semidestruido: paredes de piedra desquebrajadas y tenebrosos pasadizos. Yo, o la persona que imaginaba ser, caminaba lentamente por aquel espacio que también era habitado por sonidos inquietantes. Mi propósito era encontrar la salida. Caminaba y abría las puertas que se me atravesaban. Lo que hallaba en su interior era vacío. Casi al final de la travesía, llegaba al cuarto principal, que se encontraba en la torre más alta del castillo. Allí, al abrir la puerta, me esperaban miles de ratas negras de ojos rojos que me atacaban con sus dientes amarillos. Para defenderme use un trozo alargado de madera que tenía a la mano y las aplasté una a una con rabia. Luego de acabar con la plaga, di media vuelta y lo vi: era un hombre que vestía un hábito negro y una capucha del mismo color. Se acercó (hasta quedar en primer plano) y extendió la mano para tocarme. Vi un huesudo y azul dedo índice que me señalaba. Justo en ese momento abrí los ojos. 

Ahí lo tienen, ese es el demonio (o monstruo) al que le temo. Le temo a que venga para desollarme, le temo a que se aparezca y quiera freírme en aceite hirviendo y, sobretodo, le temo porque no sé lo que significa. A veces me persigue esa maldita obsesión de buscarle significado a todo lo que me pasa, por eso revolví Internet buscando posibles respuestas a las imágenes que me acosaban. Encontré, por ejemplo, que las ratas eran representaciones de mis enemigos y que vencerlos en mi sueño significaba que los derrotaría en la vida real. Sin embargo, nunca llegué a entender qué hacía aquel hombre en mi mente. ¿Era acaso un deseo reprimido, miedo a la muerte o un llamado a la anorexia? No, no había respuestas. ¿Y para qué carajos buscamos respuestas? Eso debería darnos más pánico que los Freddy Kruegers imaginarios: los constantes quizás-sea-tal-o-tal-cosa-o-tal-otra que tanto nos atormentan a diario. 

Miro para atrás y en el espacio negro imagino al hombre de mi pesadilla. No hay nada que temer, pero temo. Creo que esas ansias que siento son tan sólo el resultado de una cosa: nuestra necesitad constante de drama. Por eso leemos lo que leemos y vemos las películas que vemos. Por eso, además, alguna vez le dimos un último sorbo al whisky que nos hizo vomitar frente a nuestros jefes, nos metimos en esa relación en la que sabíamos que íbamos a salir mal librados o nos quedamos hipnotizados observando una a una las fotos que nuestra ex pareja montó en Facebook con su nuevo amor. Eso es, tal vez, lo que nos hace vivir las verdaderas pesadillas: esas que construimos en nuestro día a día. 

Es completamente inútil seguir buscando significados. Es tan absurdo como ver en una flauta una representación fálica de la música (con el perdón de todos los morbo-psico-semiólogos). Además, es igual de inútil seguir dándole a la mente preocupaciones oníricas cuando ni siquiera puede lidiar con las preocupaciones de la vida diaria. Por eso decidí empezar a pensar que aquel hombre es sólo el resultado de una imaginación muy activa. Ya dejé de preguntarme por qué hay una huesuda mano azul acercándose a mi escritorio mientras sigo escribiendo. 

Nota: Andrés Mauricio Riveros es copywriter en Leo Burnett. Amante de las letras y de lo que se pueda crear a partir de ellas. Torpe, neurótico y “gastrítico” buscando siempre la mejor forma de demostrar que siempre he estado equivocado. @Sin_adjetivos