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El tipo de disciplina o de “normalización”, como se le llamaba en mi colegio, me producía espanto. No tanto por su figura, que era más bien ridícula, sino por las cosas tipo Gestapo que se inventaba para asustarnos y jodernos cuando quería.

Uno no sabía con qué excusa perversa iba a salir este señor la próxima vez que uno se lo cruzara en un pasillo. Por eso hoy en día me enorgullezco y admiro a los amigos que cuando nos graduamos  robaron la placa con su nombre de la puerta de su oficina.

Definitivamente mi colegio era un lugar terrorífico. A quién a los ocho años no le da miedo  levantarse a las 5 de la mañana (4 a.m. para ser exactos, por El apagón de Gaviria), montarse en un bus destartalado, lleno de desadaptados y montadores, y tener que llegar directo a una capilla verde, con las paredes peladas, oscura y fría, y con el man de disciplina rondando por cualquier parte. “Es que uno no va a misa, uno va a celebrar la eucaristía”, decían los curas...

Y si no era misa, era “izar bandera” a las 7 a.m. en el coliseo, esperando el regaño semanal del rector porque algún pendejo rayó un pupitre, porque dos güevones se agarraron en el patio o por una todavía legendaria pelea de los de Décimo en el Parque Nacional, en la que gritaban, según el tensó rector, “¡sangre, sangre!“.

Me imagino yo, no sé ahora, que plantel educativo católico tradicional colombiano que se respetara, era manejado por Franquistas y fachos nostálgicos. Aunque en ese momento no me asustaban “los camisas rojas” con brazalete de colores en el brazo, que merodeaban los límites de primaria para sapear a los desprevenidos que traspasaran esas tontas líneas imaginarias, ahora me causan el pánico de un régimen autoritario de los peores. ¿Qué hacía yo estudiando ahí? Mi mamá y sus decisiones educativas, parecidas a las de los papás de Mafalda. 

ii

Claro, no es justo tampoco darle tan duro al lugar donde conocí a mis amigos de siempre, ni a un par de excelentes profesores. Tampoco al que me sacó para siempre de la burbuja social en la que viven muchos y que forjó en mí una sensibilidad especial por la gente, la pobreza y la desigualdad.

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Pero eso no compensa la fobia, por ejemplo, a esos personajes que nos dictaban todo un día -¡todo!- de catequesis, religión y encuentros con Cristo. ¿Qué puede causar más temor y sospecha que un tipo aparentemente bonachón, con nombre de emperador romano, medio pastor —porque no era cura— a cargo de la educación de cientos de niños desprevenidos? Claro, exagero, nunca me pasó nada de lo que se están imaginando y siempre será más conveniente pasar por todo un día de “adoctrinamiento” que a uno de matemáticas. Pero no se puede negar que todo ese conjunto era jodidamente macabro.

Hoy mis amigos se ríen de mí y dicen que no fue tan terrible, que el del problema era yo, un cobarde consentido. Tal vez. Yo venía de un colegio hippie y “experimental”, de esos de Cedritos, en el que enseñaban danza y teatro, en el que nadie pasaba el ICFES y que tenía unos salones prefabricados y enclenques.

Y en algo estoy de acuerdo, pues reconozco en mí, desde siempre, una sensibilidad especial. De niño, por ejemplo, mi primer pánico intenso y descontrolado fue a un inminente ¡Holocausto nuclear! Mi conocimiento de que una sola bomba podría destruir todo lo que conocía me daba pavor.

Por esa misma época, recuerdo haber llorado literalmente de miedo y tristeza el día en que Estados Unidos invadió a Irak en 1991. Las imágenes de visión nocturna en un noticiero Crypton del medio día, con tanques deslizándose por el desierto, amenazantes, indestructibles, acompañados por ráfagas de metralla alumbrando el cielo nocturno —que siempre se me han parecido rayos láser— me afectaron de una manera intensa a los ocho años.

Esa sensibilidad fue la que me hizo sentir espanto de la realidad, antes que a lo desconocido, a la oscuridad, la gente extraña, o a ser abandonado: típicos temores de la infancia. Quizás mi miedo en ese momento fue a la inminente y absurda destrucción que podía causar una guerra que si bien estaba “lejos” —al ser la primera en ser transmitida en directo como espectáculo por televisión— la acercó a mi mundo impúber como una amenaza real y directa.

Creo que lo que estaba reconociendo en ese momento era la vulnerabilidad del mundo y la vida. Lo que me espantó fue darme cuenta de lo frágiles que somos todos frente a la locura y el poder de los más fuertes; un  miedo que tendré siempre.

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Nota: Andrés Elasmar  pertenece al equipo Web de Radiónica. Fue programador de rock en Javeriana Estéreo y por descuidos de varios editores ha podido colaborar en revistas como PlanB y Rolling Stone. @hellasmar