Mi manía: Bob construye

Escrito por 

En Portada

 Me veo sosteniendo un cable de alta tensión de señal televisiva por una ventana a las tres de la mañana mientras una gota de sudor se me escurre de la punta de la nariz en un intento desesperado, no de robar señal, sino de arreglar un canal que me entraban con friz.

He taladrado en medio de la noche con un grito en un ángulo de hierro de yo no sé cuantos milímetros con una broca de media pulgada procurando sujetar la tabla de la cama para que no se fuera desvaneciendo hasta caer. La tabla no tiene que haber caído, la mera posibilidad de que se fuera corriendo es suficiente para disparar mi manía: no soporto ese carácter paciente y persistente de los elementos que declinan. Me imagino que esa tendencia a la entropía de todo sistema físico es una forma elaborada de la Ley de Murphy, inexorable, inevitable. Pero yo he luchado con esta, mi manía, contra esa ley básica del universo y, a veces, he triunfado.

Quizá no lo entienda quien no comparte la obsesión por lo que escurre, por lo que se va torciendo. Pero prefiero una y mil veces que el vaso de leche en el borde de la mesa lo derribe yo y no el maldito hado. La sola idea de que los elementos actúen mientras el maestro duerme me puede enloquecer. Un tapete que misteriosamente navega por el piso me puede llevar al delirio, motivo por el cual me niego a tener alfombras sueltas en casa. Mi síndrome, mi extraña complexión psicológica hace que pueda entrar en abierta contienda con los elementos inanimados, odiarlos, pensar en ellos cuando estoy lejos, crear esquemas progresivamente complejos e improbables para controlarlos: clavaré el tapete al piso por medio de unos chazos de expansión. Sí eso es, expansión a ver quién diablos se ríe de ultimas; el tapete inmovilizado y amordazado mientras yo tranquilo río a las carcajadas y me tomo un Nestea. No soy un handyman, no siento especial predilección por el mundo de los útiles pero mi obsesión me ha llevado a aprender de herramientas como un asesino aprende de venenos. El hogar es el sitio en donde todos los elementos han sido cruelmente sometidos de esta manera. Lo demás, lo de afuera, bueno, no lo puedo controlar.

Mi obsesión va mucho más allá de bolear un suéter en la noche para que aparezca el molesto zancudo. Prefiero las soluciones totales así pongan en riesgo mi vida; hay que levantarse y fumigar con Glifosato de ser posible. Muero, sí, pero me lo llevo conmigo. Y, por supuesto, que este tipo de embestidas no dan espera. Si no dispongo de Glifosato, si Monsanto no tiene abiertas sus oficinas a las tres de la madrugada, me veré obligado a buscar una tienda 24 horas. Improbable que en Carulla vendan Glifosato o DDT, o Cursate o Mansate, aunque debo confesar que la decisión de tener sucursales que no cierran me produjo alivio. Será preciso entonces fabricarlo. Cuando aún vivía en la casa paterna, una de las frases que más recuerdo de mi madre era “¿Y por qué no te aguantas hasta mañana para hacer eso?” ¿Mañana? No hay riesgo; para entonces el zancudo en la charca tibia amamantará a una nueva camada de zancudos con mi sangre. Y no la cama debe reposar tranquila con todas sus durmientes, ella misma durmiendo. Para mañana la obsesión se habrá desvanecido y habremos fracasado estrepitosamente en nuestra lucha contra los elementos.

Mi manía se ramifica y se vuelve compleja de maneras imprevisibles: para arreglar la gotera hay que abrir un hueco, para abrir el hueco hay que tener un taladro, para manejar un buen taladro nada mejor que un juego de brocas y qué tal que el día de mañana  -quizá hoy mismo- necesite abrir un hueco en concreto sólido. Hay que conseguir una con cabeza de Tungsteno; el Tungsteno hará la tarea. No la hay en todas partes. Para conservar el Tungsteno venden unas bolsas al vacío, cero humedad. Es preciso alimentarlas con aire seco, para lo cual recomiendan una piedra de alúmina etc., y así al infinito. Mi obsesión, como toda manía, solo se detiene cuando algo dentro de mí grita que me empiezo a asemejar al protagonista de Una Mente Brillante, pero sin medicamento. Y ciertamente sin una mente brillante porque toda esta manía, toda esta enferma obsesión, la he puesto al servicio más de una vez de no tener que llegar al punto de pura y simplemente sentarme a trabajar.

Nota: Roberto Palacio es filósofo, columnista de la revista Carrusel y autor de los libros Pecar como Dios manda y Sin pene no hay gloria. Le recomendamos su blog El pisapapel de pilas. @palacio_roberto.