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El espacio era de unos 60 centímetros por 85. Era café y tenía tintes de cedro. No era un retablo sencillo, ni era esa lámina formada por un número impar de capas de madera superpuestas que a veces usamos para tapar la ira cuando de un puño dimos un golpe a las paredes. Tenía un marco envuelto en un dorado ordinario y una manivela de ese mismo dorado por la cual podía ser jalado.

Si de números se trataba se podían contar entre 35 y 47 chucherías. De profundidad tenía de unos 10 a 17 centímetros. Ahí estaban las pastillas del abuelo porque siempre tienen que estar las pastillas del abuelo o en su defecto de la abuela. Estaban las joyas de la tía, pues la tía había dejado de usar joyas desde aquel día en que su esposo se había ido de la casa por una mujer más joven.

Estaba el cepillo de la niña, pues desde hacía días no había vuelto a peinarse; incluso, no había vuelto y punto final a la cosa. Desde su cumpleaños número 14 había conocido unas cuantas malas influencias. La niña tenía una cabellera roja que se podía evidenciar en aquel cepillo.

Sí. Podía decirse que el lugar estaba vacío. Que sólo quedaban las numerosas chucherías de una familia que no había sobrevivido a la modernidad.

En dichos 60 por 85 centímetros, estaba un pañuelo que tenía unos 10 años de haber dejado de cumplir su función. Quien cuenta la historia dice y está seguro que no había sido lavado. Que los fluidos que provenían de la nariz de su dueño, aún seguían ahí. Que si bien se podía hacer un análisis, las conclusiones serían las que son hoy en día: un Ibuprofeno y reposo por un día (el dueño del pañuelo tenía Sisbén). Si su mucosa llegase a reflejar alguna consecuencia de algún cáncer, todos sabemos que no habría pasado nada. Que entonces no habría nada que hacer.

Quien estuvo buscando en dichos 60 con 85 centímetros prosiguió. Con la mano más al fondo estaban unos papeles. Unos papeles viejos con letra vieja hecha en pluma antigua. Era dizque la mística de una tradición escrita. Hoy en día son tan solo vejestorios teñidos de sepia que pueden, o no, contener información relevante. Los papeles guardaban una historia que nunca fue publicada. En consecuencia, guardaban la historia de un escritor que escribía sólo para no asesinar a la niña, a la tía, al abuelo o la abuela.

Quien cuenta la historia, pudo seguir y, de hecho, siguió nombrando lo que encontraba en dichos 60 con 85. Sin embargo, decidió apuntarlo todo. Decidió salir de la casa muerta para esta posmodernidad y se quedó con tres cosas. La manía de esculcar, la manía de guardar y la manía de contar cuántas manías encontraba por su camino.