Escrito por 
  • Ilustración: Omar Ospina y Alejandro Arrubla

En Portada


Manía, extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada, sería la acepción del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

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Gabriel García Márquez
debe tener una determinada temperatura en su cuarto de trabajo para escribir, además de una flor amarilla encima de la mesa y siempre lo hace descalzo.

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Cuando estoy nervioso suelo comer todo lo que encuentre en la nevera. Además desordeno y dejó todo mal para limpiar y dejar todo perfecto. Eso me relaja.

Iván González,
estudiante de ingeniería de petróleos

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Mel Gibson
no come pollo porque le hace crecer el vello corporal.

Cinomanía: Entusiasmo y amor intenso por los perros. Esa es mi manía. Saludo y acaricio al perro que cruce mi camino; el del vecino, el del celador, el que espera afuera del restaurante, el que está paseando por el parque, el que se asomó por la ventana del auto. No importa cuál sea, el grande o el chiquito y también al feo y al bonito. Y por supuesto, tengo a mi perro en casa al que le hablo todo el día. 

Vannesa Cardona,
Lectora y colaboradora de Bacánika

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Fernando Alonso 

se calza siempre primero el pie izquierdo, no sube al coche por el lado siniestro, si antes de una carrera saluda a un técnico no gana.

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Si alguien me va a robar comida de mi plato, lo mínimo que espero es que tenga en cuenta el orden en el que estaba antes de hacerlo, porque no soporto que me desorden la comida.

Bibiana Cocheteux, directora revista Bacánika 

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A Bruce Willis

Le gusta montar fiestas en los hoteles, pero su manía por la limpieza le hace retirar los muebles y enrollar las alfombras para que no se manchen. 

FRIEDRICH SCHILLER;

sólo podía escribir si tenía los pies metidos en un balde de agua helada.

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El escritor

Mario Vargas Llosa 

tiene una manía por los  hipopótamos de todo tipo.

Elton John

siempre lleva un incinerador. Se ha dicho que va quemando todo lo que toca. No soporta que se comercialicen los objetos que usó.

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Empezó cuando tenía once o doce años, no recuerdo bien. Mi papá me llevaba casi que obligado a pescar ,y mientras no me miraba, por alguna razón que nunca entendí me metí a la boca un corazón de pollo que usábamos como carnada para los peces. Mordí con cuidado y me di cuenta que no me molestaba el sabor de la sangre. Durante años mi papá me preguntó que por qué se acababa tan rápido la carnada. Siempre le respondí que yo era mal pescador. Luego empecé a devorarme las bandejas de pollo que mi mamá compraba para el almuerzo, antes de que llegaran a la olla. Sé que es peligroso. La gente me dice asqueada que me puede dar salmonella y que hasta me puedo morir. La verdad nunca me ha importado. Ahora tampoco me importa agarrar las bandejas en cualquier supermercado y sacar un filete frío, suave y delicioso. Aunque las personas me miran horrorizadas, y los guardas de seguridad empiezan a hablar por sus radioteléfonos, preguntan que qué deben hacer en esta situación, pero es algo que no puedo controlar.

Olerme las manos después de haber tocado ajo, cebolla, botones y cremalleras de mi ropa.

Simón Posada,
Director de
Vive.in y autor de los libros Días de porno y Las barbies también sueñan con muertos.

Manía por recoger cosas de la calle, por encontrarle función a las cosas en desuso en la casa, oficina y en general en cualquier lugar. Disfruto y casi que me obsesiona darle un uso eficiente a las cosas que aún tienen un potencial por sus propiedades físicas, químicas o estéticas. Al fin una manía que el planeta agradecería si fuera contagiosa. 

Nixa Sierra, diseñadora industrial

He observado diversas manías en el transcurso de mi poca vida. Cada día lo notaba aun más en las personas que compartían conmigo un espacio, algunos de un momento a otro se dirigían a un sitio a realizar sus actividades cotidianas e impulsivamente comenzaban a  morder los esferas, sobar puntas de telas copiosamente, hacer gestos ridículos buscando hallar la concentración, comer desaforados justo antes de la hora del almuerzo. Llegué hasta percibir manías que se extralimitaban a las fronteras de lo usual; personas aferradas a estar regañando todo el día buscando el motivo o la ocasión precisa para entrar en escena y hacer su acto preferido con sevicia para luego marcharse con una sonrisa amarga en su rostro. Decidí en una ocasión, cansado por lo que enfrentaba a diario e intentar evitar caer en ellas, pararme frente a un espejo y  tratar de percibir estas manías en mí, pero el impetuoso ego que poseemos los seres humanos -colgado en nuestra nuca sujetado a los ojos- me lo impedía ver, por el hecho de que día a día descubría más a los que me rodeaban. Depronto apareció ante mí, sin más, y deduje que por mucho tiempo estaba alimentando con el seno de la crítica, un comportamiento involuntario, la conducta que hace poco se marchó, dejándome en paz. La manía de estar estudiando y analizando a todo aquel con el cual compartía un momento sin siquiera tomarme el trabajo de analizarme yo. 

Sebastián Reinosa, lector de Bacánika 

Siempre le miro las orejas a la gente para revisar que las tengan limpias. Para mí eso dice mucho de una persona y por supuesto yo me las limpio a diario.

Paula Andrea Agudelo, actriz y asesora financiera 

Doblar la ropa, antes de meterla en el canasto de la ropa sucia (lógico porque ocupa menos espacio).

Juan Felipe Vargas, Abogado

Marcar con rotulador la sábana para que quede bien tendida siempre.

Lina Romero, psicóloga