El misterio del tiempo

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Una de las nociones más intrigantes de la ciencia contemporánea es lo que los físicos nombran la Singularidad. 

Extraño cómo ver incluso a los ateos declarados como Stephen Hawking, por ejemplo, cuando intentan describir el estado de reposo del universo antes del Big Bang, comienzan también a rondar avergonzados los terrenos de la alta poesía que se roza siempre con lo teológico. Y apenas pueden calificar esa Nocosa invisible, que lo contenía todo en el Noespacio, el Ser y el Noser, con los calificativos que sirvieron a los teólogos de siempre para explicar a Dios. La Singularidad de donde todo brotó no residía en alguna parte, se contenía en sí misma en la invisibilidad de lo inextenso, en el silencio sin atributos, en lo indiferenciado. Pues no existía cosa alguna para establecer una diferencia, una relación distinta de la relación de la monstruosidad consigo misma. 

En mis tiempos los niños nos entreteníamos imaginando La Nada,  Lo Vacío, la soledad absoluta, la más sola, abyecta y misteriosa, por el gusto de saborear la angustia del sentimiento del abismo sin fondo. Lo inconcebible aterra y atrae. Y por eso nombramos las cosas que nos rodean para situarlas en una amistad simbólica, más allá de su ríspida esencia y de nuestra inestabilidad irredimible. Lo que carece de nombre amenaza. Nombrar es domar, domesticar. Y por eso inventamos la palabra tiempo. Aunque todos sabemos en el fondo del corazón que tal cosa no existe, o que es una magnitud innumerable que no nos incumbe en su grandeza. El tiempo marca un límite contra la tendencia a la dispersión que es una tentación inevitable de todo lo que se precia de pertenecer a la realidad.

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Recuerdo cómo temblaba mi niñez remota cuando me acercaba a esa cualidad del mundo siempre extensible de los números que nos permite añadir siempre otro y otro y otro, de modo que el último no se deja cazar. Hasta que incluso los nombres que los nombran se agotan. Otro y otro y otro. La palabra “nunca” es una idea negativa en sí misma por más que le guste espejear con la positiva palabra “siempre”. Teresa de Ávila, esa monja española que volaba y transverberaba solía regodearse en su infancia según cuenta su autobiografía, en la repetición de la palabra siempre, referida a la duración extraordinaria del infierno. Y repetía siempre, siempre, siempre, hasta el vértigo, y entonces los ángeles venían a alancearla y ella enloquecía de dolor y de dicha. 

Siempre es una palabra tan espantosa como nunca. Y la imagen del Todo espanta como la Nada. Hasta la felicidad se vuelve anodina cuando la acosa la eternidad. Y el amor. Los amantes suelen prometerse que se querrán por siempre cuando pierden la razón en los primeros  abrazos. Pero el adorable desequilibrio oculta la certeza de la separación que se agazapa casi siempre en el suspiro del primer beso. Y también el sufrimiento se vuelve injusto e increíble. La idea del infierno es impía. O en todo caso parece imposible que nuestros pobres yerros, los pequeños resbalones de la lujuria o la gula, o la ira, basten para merecer un reproche eterno del  Dios que nos asiste, asomado desde la eternidad sobre sus hijos temporales. Pero, y si todo lo que existió una sola vez existió desde siempre y persistirá en adelante sin tregua, eso, nadie lo sabe. 

En los años de Santa Teresa, tan distintos de estos, aldeas polvorientas sembradas entre los arrogantes castillos y los cantarinos campanarios, alumbrados con velones hediondos y aceites combustibles que les concedían a las cosas estremecimientos inesperados, el tiempo tenía otras cualidades, era una cosa más perentoria y lenta y sosegada. La modernidad que nunca tiene tiempo ni siquiera para vivir y creyó descubrir que el tiempo es oro poco a poco se precipita en la confusión a causa del prejuicio, en una fatiga tumultuosa. En los años de Teresa un pintor bien podía tardar una década perfeccionando la jeta de un dragón o la boca de una Madona. Las cosas sucedían a otra velocidad, con otro ritmo, y hasta el cielo parecía más apacible siguiendo un orden discernible. Ese cielo, es incomparable con el que hoy revelan los astrofísicos, sumido en una vorágine espantosa, en una orgía perpetua de eventos de galaxias que se persiguen, se seducen, copulan purificándose, nacen y se devoran en medio de cataclismos de luces desgarradas y minerales descompuestos. Una cosa es verdad para nosotros: el cielo que vemos ahora ya no existe. Millones de estrellas viven y vibran ignorándonos. Y es mejor perder la esperanza de que su luz toque algún día tu casa. 

El tiempo es maleable. Entre el tiempo que tarda en agonizar una galaxia y el de la flor, y entre el tiempo de la flor y el de la mariposa que saquea su cáliz con su ávida lengua con pelos, apenas queda el consuelo de que todo participa del milagro de la duración. Y es muy distinto el tiempo muerto de la cárcel, del tiempo parsimonioso como el que rige el crecimiento de los hongos del hombre que espera una amante que no llega. Y el tiempo gris de los enfermos apenas se parece al de la charla con los amigos en la taberna acostumbrada. Y el tiempo de los relojes digitales al de los relojes de mis tiempos cuyos péndulos cabeceaban como sacerdotes borrachos en una caja que parecía una iglesia, y que catatónicos repetían tic,  tac, tic, tac en su cruel parsimonia. Yo no sé si me gustaba más el modo como transcurría el tiempo en los tiempos de mi crecimiento. Me acuerdo que las casas eran más anchas, más altas y más hondas y estaban amobladas con muebles más aparatosos, y que a veces,  solo a veces, venían los muertos queridos a descansar en los sillones, a escuchar el tic de los relojes, que no los afecta, y a aplaudir cuando estos hacían sonar la advertencia de la campana. Y no existía el televisor. Y los niños pasábamos los días en la observación de una babosa real cruzando un zaguán, no en Animal Planet, en busca de la humedad protectora de un patio. Y gozábamos la danza de las motas de polvo en el haz de luz de una ventana sobre una penumbra, la danza que imitaba la pantomima del universo. 

Hace días, en su ya larga decadencia, uno de los  líderes más conspicuos  del siglo XX, uno que desde la juventud se empeñó en participar en el viejo mito de la historia, que es el vano orgullo del tiempo, preguntaba a un grupo de estudiantes con voz apagada: quién podrá explicarme el tiempo. Yo quiero que alguien me explique en qué consiste el tiempo. Y había en Fidel Castro un temblor de espanto. Y una inmensa perplejidad donde hubiera cabido cualquier cosa: Dios, el tiempo, la Nada, el Todo, su hermano equivalente, el Nunca y el Siempre… 

Los antiguos sabios del Oriente remoto que escribieron los Upanishads y los Vedas creían que el universo bascula entre la expansión y lo múltiple, y la contracción del retorno en lo indiferenciado, o La Singularidad. Y llamaron su movimiento la respiración de Brahma. Pero también sostuvieron que nada existe, que todo es ilusión, Maya, fantasía. Incluido el tiempo y el espacio que Einstein relativizó, pero sin embargo se imponen. Porque también un artículo de prensa sobre el tiempo tiene un plazo de entrega. Y debe atenerse a una extensión que lo sostenga en los límites de lo abarcable, lo razonable, lo creíble. Ahora, querida señora, si me preguntarás en qué se distingue el tiempo de mi reloj digital del tiempo del reloj de arena, solo se me ocurre en mi humilde ignorar una impertinencia. En la arena, señora, en la arena.cierre