CONTROL/CMD Z

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¡Qué pobre memoria es aquélla que sólo funciona hacia atrás!
Lewis Carroll.

Domingo, 11 p.m. Hago una ilustración para el texto Memoria de Elefantes en el Congo, un texto ficcional del siglo XVIII, escrito por el visionario y desconocido Sir Víctor Lustig-Ralocke. Las páginas narran en clave de futurismo apocalíptico, el cruce entre los “ecos globales” de la extinción paquidérmica y el desplazamiento progresivo de la memoria humana hacia ultramegamáquinas que serían las depositarias del pasado archivable del planeta. Traza -el ilustrado Lustig-Ralocke- un relato comparativo sobre la distopía que denominamos sociedad occidental y el premonitorio fin de los elefantes.

Me gustó y asombró la perspectiva de la ficción: no por vaticinar conexiones entre mega animales e hipermáquinas, sino por su fabulosa  y concisa  alusión a unos “ecos globales”. Consideraba yo que el mundo era todavía una dimensión “planetaria” en el siglo XVIII y que la “globalidad” pertenecía como privilegio descriptivo en exclusiva al siglo XX: aparecía acá una sutileza literaria, un relevo atemporal que me recordó al ciego Borges y su “odiosa su tendencia a  falsear y magnificar”.

Por supuesto, mi ilustración llevaría elefantes, era una tentación casi innegable. Resultaba una imagen bastante evidente: se basaba en la idea entre mítica y verídica, de los cementerios de elefantes; según la cual, familias enteras de gigantes van a morir a sitios concretos cuando presienten sus días contados, apilando montañas de huesos, recuerdos, marfil y avaricia colonial.

De repente, desde la pantalla del computador una ventanita de “error” se quedo mirándome, como sin parpadear, como quien descubre a otro en un acto inmoral donde brota ese silencio incómodo que deriva necesariamente en  catástrofe. En el cuadrito naranja pendía una sentencia que me abortaba de la memoria:

 “Ha ocurrido un error tipo (….).El error no es mío. Tu puto sistema operativo es la cagada. Yo necesito un descanso. Ahí te dejo.”

Control+Z: intenté retomar el diálogo. Control+Z: le pedí con múltiples y sucesivos Control+Z que no se cortara, no ahora: llevaba una hora sin grabar. La ilustración quedo sin nombrar, no hay tramo en la memoria que la contenga. La memoria a corto plazo presupone un empujón diametral de la memoria a largo plazo. Había descuidado el protocolo y ahora mis elefantes se disolvían al ritmo esquizofrénico de Philip Glass y un taxativo “reiniciar”, último puente entre la futura entrega de la ilustración y un tiempo cuando los elefantes eran solo  metáfora de un inverosímil colono inglés. Este era un memento de lo más criollo: una tropa de elefantes imperializados esfumada, un Control+Z desperdiciado e inoperante y una arepa quemándose en la parrilla de mi estufa fruto de otro olvido torpe y recurrente.

La memoria a largo plazo es un guión frágil: una red de recuerdos en regresión donde el pasado -como director de una banda que siempre se oye a lo lejos-, arrastra en su fuga todas las imágenes, aromas y sombras. La memoria a corto plazo, es en cambio, un reparto que actúa la vigencia: borrones entre píxeles deseables e indeseables. Sin embargo, algunas cosas se esfuman entre la memoria a largo plazo y a corto plazo: en mi caso la estepa subtropical africana se disolvió con un simple “reiniciar” en el limbo espectral de los cementerios de marfil y las lobotomías cibernéticas de Microsoft, ese viscoso purgatorio donde van todos los píxeles sin bautizar (Los ingenieros que diseñaron la máquina que ahora puteo sabían lo segundo, Leopoldo II de Bélgica, lo primero).

Entre recuerdos, borradores y píxeles perdidos, recordé que Mauro, me decía ayer, entre cervezas, dragones, papas fritas, música y amigos, que no tiene mucho sentido hablar, pues la mayoría de las personas, -el 95 por ciento del tiempo- borran todo lo demás y hablan sólo de  ellas mismas. Yo le repliqué: “Entonces, ¿de nosotros mismos?...” Me miró con cara de ventanita de “error”. En el fondo, creo que  tiene razón: mientras boto la arepa quemada y pienso en comenzar de nuevo la imagen que invariablemente llevará elefantes, sé con certeza que en el Congo la gente se está muriendo brutalmente muy a costa de que yo ponga gigantes domesticados en mis ilustraciones. No hay Control+Z para el remordimiento. Pero el Control+Z es un cómodo estado de plenitud cínica. De África (La Negra, la lejana…), escuchamos sobre sus masacres; sobre la extensión indescriptible de sus llanuras, la para-estatalidad de algunos de sus estados  y la resignación brutal de las mujeres violadas mientras traficantes descuartizan elefantes para joderles la memoria  y robar su marfil.  

¡Que haya algunos Lustig-Ralocke en territorios más cercanos presintiendo los olvidos!

 (Apostilla: cosas parecidas suceden en Mac). cierre

Nota: Julián Velásquez es especialista en Estudios Culturales, diseñador gráfico, docente universitario e ilustrador por convicción teórica antes que práctica.