Y borrar…

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Soñé con la posibilidad de un borrador imaginario que pasaba como polvo mágico por entre los momentos más escabrosos, tristes, penosos, idiotas y crueles de mi vida.

Y ¿por qué no por los mejores para perfeccionarlos? Se borraba la palabra imprudente que recayó en alguien. La visión de un corazón roto cerca a los 20 años. Las veces en las que por pena u orgullo no quise decir las palabras atragantadas. Los momentos en los que debí actuar y por miedo preferí mentirme. Finalmente retoqué los mejores momentos: una noche exquisita, un olor añorado, el descanso en la playa, bailes infinitos, mis amigos. Borré algunos defectos de estos y destaqué sus mejores partes como en un lienzo creado a mí manera.

Y pensé que ese maravilloso invento (un borrador) nos ha dado la posibilidad real o metafórica de empezar de nuevo. De mejorar las cosas –o por qué no, de empeorarlas- pero siempre con la posibilidad de cambiar. Borrar el error detectado por los lectores en una revista digital, eliminar el comentario que nos delata en Facebook, deshacer la frase que no debía ir con un Ctrl + Z.

Tal vez el terror de una hoja en blanco puede ser comparable al terror de una hoja abarrota de palabras inútiles, sin sentido o erróneas que queremos borrar. Por eso ¿qué sería del mundo sin la posibilidad de borrar y volver a comenzar? Un infierno tal vez lleno de estupideces y mal entendidos o tal vez un lugar sincero, honesto, en el que algunos experimentos artísticos hubieran tenido un significado más bello y real que el que quedó como producto final.

Decido mirar al objeto como tal; un borrador abarrotado en medio de una estantería de San Victorino. Es blanco, con líneas rojas y pequeño. Comparte similitudes con los otros borradores, aunque se los haya en todas las formas, olores y colores. Veo cómo lo compra un niño y pienso en todo su trayecto. Tal vez lo llevó en sus sucias manos y comenzó a mordisquearlo de a poquitos. Lo estrujó contra un cuaderno amarillo, para poder continuar con las líneas de sus pintorescos garabatos. Después lo embutió en un morral con lápices y colores, en el que el olor a madera, hojas viejas y jugos de la lonchera se mezclan. Me imagino que pasa por la mano de sus padres… para ayudar a preparar las cuentas de la casa: el mercado, la leche, los pañales, el transporte, el colegio, la ropa, los servicios, el arriendo. El trazo lento y pausado de un padre cansado, sus pestañas subiendo y bajando…tan diferente a la forma enérgica en la que borra un niño.

Lo veo caer en medio de la prisa…porque son pocos los borradores que se quedan en la misma casa. Una mano gruesa y tosca que lo recoge del suelo lo lleva a su bolsillo de gamuza en medio del bullicio de la calle. De las manos de este hombre pasa a las de una bella mujer, quien, como si fuera un descubrimiento sublime, lo mira y lo lleva a su bolso. Allí este se funde con un olor exquisito y un reguero de polvos y maquillaje.

Pronto en un nuevo hogar; oscuro y acogedor, se queda en la mesa del comedor, mientras sirven una sopa de fideos. Una joven alta y delgada con su pelo recogido lo toma en sus manos. Sonríe. La hija de la hermosa mujer se desvela en una plantilla gigante. Sube y baja en trazos. La corriente de ideas creativas no se detiene. El borrador ha cobrado sentido, así como lo hace cuando pintamos, cuando escribimos, cuando diseñamos, cuando ideamos, cuando sumamos, cuando restamos. También lo hace en un computador mientras que presiono la tecla Delete para borrar frases sin sentido que fueron surgiendo en mi mente. El Ctrl + Z lo utilizo para un caso más urgente.

Y es que pensé en una vida sin borrar y volver a comenzar. La mente se iría atiborrando de sentimientos, personas, recuerdos e ideas inútiles o demasiado importantes. De trazos inmodificables, sin la creación leve, espontánea y la posibilidad de redefinir. Obtendríamos un arte diferente y por qué no, más difícil. Una Ilíada con un Aquiles menos furioso, un You are not alone de Michael Jackson por un You are alone (tal vez más realista), una Frida Kahlo sin autorretratos, un mundo totalmente diferente sin poder borrar. Y es que borrar, en medio de lo complejo que es crear, hace todo un poco más fácil. cierre

Nota del autor:
Solo para redactar este pequeño elogio se realizaron cuatro borradores; dos historias totalmente diferentes. 

*Juana Restrepo es jefe de redacción de la revista Bacánika. En sus ratos libres lee novelas romanticonas, disfruta de las comedias y escribe uno que otro intento de novela.